Era, en efecto, el sobre de su carta, pero el sobre solo, abierto y medio desgarrado. En uno de sus ángulos estaba escrita con lápiz esta única palabra: «Mañana.»
Hubo una pausa.
—¿No te ha dicho nada ella?—le preguntó Jacques a la niña.
—Nada.
—¿Te ha dado un beso?
—No.
Todos los que aman, o los que amaron, se imaginarán fácilmente las imaginaciones, la fiebre, los súbitos transportes de esperanza, los repentinos golpes de desaliento que atenazaron el alma de Jacques Fabrice en las eternas horas que le separaban del mañana. Aquella noche vio como de ordinario a Beatriz en el salón; pero no pudo sorprender ni en su fría actitud ni en sus ojos impasibles de esfinge el menor signo que pudiera ayudarle a descifrar el enigma que encerraba esa palabra: «Mañana.»
¿Le escribiría ella? ¿le respondería de viva voz cuando viniese, según costumbre, a tomar su lección de pintura?...
Al día siguiente, mucho antes de la hora habitual, Jacques se hallaba en el sitio de la cita, ocupando el banco que había escuchado la conversación de la víspera. Beatriz llegó, respondió a su saludo con un ligero movimiento de cabeza, sentóse y púsose a preparar sus colores sin pronunciar una sola palabra; después, haciéndole seña de que se sentara:
—Señor Fabrice—le dijo con voz contenida, dulce y triste—; señor Fabrice, le estoy reconocida... muy reconocida... pero no debo ni quiero engañarle... puedo acordarle mi mano... pero temo que mi corazón desgarrado, marchito, ulcerado por la desgracia, no pueda devolverle todo lo que el de usted le da... Temo que los sinceros sentimientos de estimación y simpatía que experimento hacia usted, no respondan sino imperfectamente a los que tiene a bien consagrarme... Temo también que este paso que da, no sea para usted una desgracia.