A estas palabras del intérprete, mi sangre huia de mi helado rostro, y ante mis ojos se extendia una profunda noche.

ELEGIA SEXTA.
ARGUMENTO.

Á un rio que crecía de repente de una manera prodigiosa, y se oponia al paso del poeta, ansioso de llegar cerca de su señora.

Rio cuyas cañas obstruian las riberas cenagosas, vuelo cerca de mi señora: deten un momento el curso de tus aguas. Tú no tienes ni puente, ni barca, que sin remero me lleve á la otra ribera, con ayuda solamente de un cable.

No há mucho, recuerdo que eras pequeño: no he temido vadearte á pié, y la superficie de tus aguas apenas mojaba mis talones. Hoy dia, has crecido por el deshielo de las nieves de la montaña vecina, te precipitas con furia, y por tu cauce cenagoso, arrastras profundas aguas.

¿Qué ventaja me trae ser tan apresurado, haber otorgado tan poco tiempo al sueño, haber hecho de la noche dia, si es preciso que me detenga aquí, si no hay medio para mí de poner el pié en la otra ribera? ¡No tener yo en este momento las alas del héroe hijo Danae, cuando llevaba la cabeza de Medusa, erizada de mil serpientes! ¡No tener yo aquí el carro de Triptoleme, quien, el primero, enseñó á los salvajes humanos el arte de confiar á la tierra las semillas de Céres! Estos prodigios, ¡ay! jamás han existido mas que en la imaginacion de los antiguos poetas: ni se han visto, ni se verán. Pero tú, rio desbordado, (¡ojalá en recompensa sea eterna tu corriente!), vuelve otra vez á tus primeros límites. No podrás, créeme, llevar el peso del ódio público, si se sabe que tú has detenido los pasos de un amante.

Los rios deberian secundar á los jóvenes enamorados; los mismos rios han sentido lo que es el amor. El pálido Inaco se prendó, segun dicen, de los encantos de Melia, ninfa de Bithinia, y se abrasó por ella, hasta en sus frias aguas. Troya no habia aun sostenido sus diez años de sitio, oh Xantho, cuando Nerea fijó tus miradas. ¿Qué hizo recorrer á Alfeo tantos países diversos? ¿no fué su amor por una vírgen de Arcadia? Y tú, Penea, cuando Créusa estaba prometida á Xantho, tú la tenias, se dice, escondida en los campos de la Phthiótida. ¿Hablaria yo de Asopo, prendado de los encantos de la guerrera Thebe, Thebe que debia dar á luz cinco hijos? Y tú, Acheloe, si te pregunto dónde están hoy tus cuernos, me dirás con dolor que la mano de Hércules con ira los ha cortado. Esto que no lo hubiese hecho Hércules por Calydon, que no lo hubiese hecho por Etolia misma, lo hizo por la sola Dejanira. El Nilo, ese rico rio que precipitándose por siete embocaduras, tan bien oculta el orígen de sus fecundas aguas, dicen que no pudo en sus profundos atolladeros, matar la llama que le consumia por Evadna, hija de Asopo. Enipea, para poder abrazar á la hija de Salmoneo sin inundarla, Enipea ordenó á sus aguas retirarse, y á su vez las aguas se retiraron. No te olvidaré tampoco, á tí que, huyendo á través de las rocas que has socavado, riegas con tus aguas espumosas los campos del argeo Tíber; ni á tí á quien agradó Ilia, toda descuidada como estaba en su compostura, después de haberse arrancado los cabellos y golpeado el rostro con sus uñas. Llorando el sacrilegio de su tio y el atentado de Marte, vagaba ella, con los piés desnudos, en los caminos solitarios. Del seno de sus rápidas ondas, el rio generoso la descubrió, y levantando la cabeza por encima de las olas, le dijo una voz sonora: «¿Por qué vagar en mis riberas, con un aire inquieto, Ilia, descendiente de la sangre del Ideo Laomedonte? ¿Qué has hecho de tus adornos? ¿dónde dirijes tus pasos solitarios? ¿por qué la blanca cintilla no retiene tus desordenados cabellos? ¿por qué llorar y ajar con esas lágrimas el brillo de tus ojos? ¿por qué, en tu delirio, te golpeas así el pecho? Tiene un corazon de roca ó bronce, quien puede ver, sin conmoverse, un rostro encantador regado por las lágrimas. Ilia, cesa de temer; mi palacio estará abierto para tí: mis ondas te protejerán: Ilia, cesa de temer. En medio de más de cien ninfas, tú sola serás reina; porque más de cien ninfas habitan en el fondo de mis aguas. No me desdeñes, es todo lo que te pido, ilustre vástago de Troya. Mis presentes serán superiores á mis promesas.»

Así habia dicho; é Ilia, con los ojos dirigidos humildemente hácia tierra, bañaba con lágrimas su conmovido seno. Tres veces trató de huir; tres veces se detuvo en el borde de las profundas aguas, el temor le quitó la fuerza para correr. Por último, sin embargo, arrancándose los cabellos con mano enemiga, dejó escapar de su boca balbuciente estas lamentables palabras: «¡Oh! pluguiese al cielo que mis huesos hubiesen sido recogidos y encerrados en el sepulcro de mi familia, cuando eran aun los de una vírgen! ¿Por qué invitarme al himeneo, á mí, vestal ayer, hija infame hoy dia, indigna en adelante de velar el fuego sagrado de Ilion? ¿Qué espero aun? Ya se me señala con el dedo como á una adúltera. ¡Perezca conmigo el pudor que no me permite levantar los ojos sin sonrojarme!» Dijo, y cubriendo con su ropa sus hermosos ojos llenos de lágrimas, se precipitó desesperadamente en medio de las olas. El rio, dicen, la sostuvo, llevando amorosamente la mano bajo su pecho, y la admitió en su lecho, como á esposa.

Tú mismo, es probable que te hayas tambien consumido por alguna bella: pero los bosques, las selvas, están allá para ocultar tus crímenes. Mientras que hablo, tus olas van engrosando siempre, y tu lecho, tan largo como es, no basta para contener las aguas que á él afluyen de todas partes. ¿Qué he de disputar contigo, rio furioso? ¿Por qué diferir los placeres de dos amantes? ¿Por qué detenerme tan brutalmente en medio de mi camino? Si á lo menos tú corrieras, no debiendo más que á tí tus olas orgullosas, y envanecido de un nombre conocido por el universo entero. Un nombre... tú no tienes: tus ondas, las debes á miserables arroyos. Tú no has tenido nunca ni orígen, ni morada cierta. Tu orígen, en tí, son las lluvias y las nieves derretidas; riquezas que debes al perezoso invierno. O llevas espumosas aguas durante la estacion de las escarchas, ó tu lecho no es durante el estío más que un sulco ávido y pútrido. ¿Qué viajero ha podido entonces encontrar en él jamás bastante agua para extinguir su sed, y decirte en su reconocimiento: «¡Sea eterno tu curso!»

Tu curso es funesto á los rebaños, más funesto aun á los campos. Otros, quizá, serán sensibles á estos males: yo no lo soy más que á los que sufro. ¡Qué insensato soy! ¡Le he contado los amores de los rios! Tengo vergüenza de haber pronunciado tan grandes nombres delante de un tan pobre arroyo. ¿En qué pensaba yo, pues, al citar delante de él los nombres de Acheloon é Inaco y el tuyo, Nilo de dilatadas ondas?