¡Pero tú, torrente cenagoso, bien lo mereces, ojalá no veas más que estíos abrasadores é inviernos siempre secos!

ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.

Contra él mismo, por haber caido en falta con su querida.

Pero esta muchacha no es bella, ni atractiva. ¡Por eso no ha sido pues bastante largo tiempo el objeto de mis deseos! ¡Oh vergüenza! la he tenido en mis brazos, perdiendo el tiempo: en su lecho me he quedado, como una masa inerte, sin fuerza y sin accion. A pesar de todos mis deseos, á pesar de los deseos de mi bella, no he podido despertar mi extenuado órgano del placer. Ella tuvo cuidado en pasar con tiento al rededor de mi cuello sus brazos de marfil, más blancos que la nieve de Tracia; ella tuvo cuidado en luchar su lengua amorosa contra la mia ávida, y meter bajo mi muslo su muslo lascivo; por más que me prodigaba los nombres más tiernos, me llamaba su vencedor, añadia todo lo que se repite en semejante caso para excitar la pasion, mi órgano adormecido, como si hubiera sido frotado con la fria cicuta, no supo llenar su deber. Quedé como un tronco sin vigor, como una estátua, como una masa inútil, al punto que ella ha podido dudar si yo era un cuerpo ó una sombra.

¿Qué haré cuando viejo, suponiendo que llegue, si mi juventud cae en tal defecto? ¡ay! tengo vergüenza de mi edad: soy jóven, soy hombre, y no he podido probar á mi señora que soy jóven, que soy hombre. Ella ha abandonado su lecho como la piadosa sacerdotisa que vela por la conservacion del fuego eterno de Vesta, tal cual una casta hermana abandonando á un hermano querido. Poco antes, sin embargo, dos veces pagaba mi débito con la rubia Chie, tres veces con la blanca Pitho, tres veces tambien con Libas; y, acosado por Corina, en una corta noche, nueve veces, recuerdo, tengo librado el combate.

¿Es la virtud mágica de un veneno Thessálico el que embota hoy dia mis miembros? ¿es un encantamiento, una yerba venenosa, lo que me reduce á un tan triste estado? ¿ó bien una hechicera habrá grabado mi nombre sobre la cera roja, y me habrá hundido una aguja en el hígado? Los tesoros de Céres, golpeados por un encantamiento, no son más que una yerba estéril; golpeados por un encantamiento los manantiales de agua viva se secaron; bajo el peso de un encantamiento la bellota se desune del roble, el racimo cae de la viña, y los frutos abandonan el árbol sin que se les sacuda. ¿Quién niega que el arte mágico paralice tambien los nervios? Quizá á él debo haber sido de hielo. A esto añadid la vergüenza; la misma vergüenza me quitaba mis medios; ella fué la segunda causa de mi impotencia.

¡Qué belleza, en tanto, se ofrecia á mis miradas, á mis tocamientos! Porque la toqué como la túnica que la cubre. El rey de Pilos, á este dulce contacto, habria podido rejuvenecer, y Tithon se sentiria con fuerzas superiores de su edad. Encontré en ella una mujer: ella no encontró en mí un hombre. ¿A qué nuevos votos, á qué súplica recurrir hoy dia? Sin duda despues del vergonzoso uso que tengo hecho, los dioses están arrepentidos de haberme otorgado un tan raro presente. Me deshacia por ser admitido cerca de aquella bella; y he sido admitido; por darla besos, y se los he dado; por obtener todos sus favores, y los he obtenido. ¿De qué me ha servido ser tan dichoso? ¿De ser rey sin reinar? ¡Avaro en medio de las riquezas, no he tenido de tantos tesoros más que la posesion y no el goce! Así abrasa de sed, en medio de las aguas, al indiscreto Tántalo; así vé al rededor suyo frutos que no obtendrá jamás; así el marido deja en la madrugada á su cariñosa esposa, para aproximarse santamente al altar de los dioses.

Pero quizá ella no me ha prodigado sus más dulces y ardientes besos; quizá ella no lo ha puesto todo en obra para estimularme. Los más robustos robles, el diamante más duro, los más escabrosos peñascos, hubiese podido ella animarlos con sus caricias. Hubiese podido mover todo sér dotado de vida, todo lo que es hombre; pero entonces yo no era un sér vivo, ni un hombre. ¿Qué placer producirian á un sordo los cantos de Femio? ¿qué placer causaria un cuadro al desgraciado Thamyras?

¡Qué deleites, empero, no me tenia yo prometidos en secreto! ¡qué série de placeres, qué variedad de goces no habia imaginado! y mis miembros, ¡oh vergüenza! han quedado como muertos, más lánguidos que la rosa cogida de la víspera. Al presente hé ahí que intempestivamente se reaccionan y vuelven á la vida; hélos ahí que piden obrar y prestar de nuevo su servicio. ¿No quedas confundida de vergüenza, oh parte la más vil de mí mismo? así es como he sido juguete de tus promesas. Por tí mi señora ha sido engañada, por tí me encuentro caido en falta, por tí he probado la más sensible afrenta, el más grave daño.

Y no obstante mi bella no desdeñó aguijonear con su mano delicada; pero, viendo que todo su arte no puede nada, que el órgano, olvidando su antigua arrogancia, se obstina en recaer impotente sobre sí mismo. «¿Por qué, dice ella, te burlas de mí? ¿Quién te forzaba, insensato, á venir, á pesar tuyo, á acostarte en mi cama? ó bien un mágico de Ea, con su aguja y su lana, te ha hechizado: ó tú vienes enervado de los brazos de otra.»