Al instante se arrojó de la cama, apenas vestida con su túnica lijera, y no titubeó en escaparse con los piés desnudos; y no queriendo que sus camareras dudaran de si salia intacta del combate, tomó agua, para disimular la afrenta.
ELEGIA OCTAVA.
ARGUMENTO.
A su señora, que habia preferido un amante más rico que Ovidio.
¿Y quién contará ahora con las bellas artes para cosa alguna? ¿Quién otorgará algun valor á tiernos versos? El génio era en otro tiempo más precioso que el oro: hoy dia es más bárbaro que el no tener nada. Mis libros han tenido la dicha de gustar á mi señora: la ventaja de ser admitidos cerca de la misma han tenido ellos; yo no la tengo. Despues de haber prodigado elogios al poeta, ella le tiene, á pesar de estos elogios, cerrada su puerta. Con todo el ingenio que se me concede, se me deja, confuso, vagar á la ventura. Vese un rico advenedizo que debe su fortuna á sus heridas, y su título de caballero á la sangre de que está mantenido, y se le antepone á mí.
¿Puedes, insensata, abrazarle con tus bellos brazos? ¿Puedes, insensata, echarte en los suyos? si tú lo ignoras, un casco cubria no mucho esa cabeza; una espada pendía de ese costado que te es tan adicto. Su mano izquierda, en la cual sienta mal ese anillo de oro, ha llevado un escudo: toca su mano derecha, está bañada en sangre. Esa mano homicida ¿puedes bien tocarla? ¿Qué se ha hecho ¡ay! la ternura de tu corazon? Cuenta aquellas cicatrices, señales de sus antiguos combates: cuanto posee lo ha adquirido con el precio de su sangre. ¡Quizá te cuente cuántos hombres ha degollado; y tú, avara, tocas manos tan crueles! ¡Y yo, sacerdote inocente de Apolo y de las Musas, dirijo inútilmente versos á tu inflexible puerta!
Aprended, vosotros que sois sábios, no á saber lo que nosotros sabemos para nuestro mal, sino á seguir los ejércitos tumultuosos y el curso de los combates. En lugar de ser un poeta de génio, sed primer centurion. Con este título solamente, podrias, si quisieses, Homero, obtener los favores de la belleza. Júpiter que sabia que nada es tan poderoso como el oro, fué bajo la forma del mismo el precio de una vírgen seducida. En tanto que no dió nada, encontró un padre intratable, una hija inflexible, puertas de hierro, una torre de metal; pero cuando el seductor, mejor enterado, se mostró bajo la forma de un presente, la bella descubrió su seno, é invitada á someterse, se sometió.
En otro caso se encontraba bajo el reinado del viejo Saturno: todos los metales estaban profundamente sepultados en las entrañas de la tierra; el cobre como la plata, y el oro como el hierro, tocaban al imperio de los Manes; no se veian tesoros amontonados; pero los que daba la tierra eran más preciosos; habian ricas mieses sin cultivar, frutos en abundancia y miel pura depositada en los huecos de los robles. Nadie se fatigaba en surcar los campos con el arado: no habia agrimensor que viniese allí á trazar los lindes: no habia remeros que azotasen las embravecidas olas del mar: sus riberas eran para los mortales, los limites intransitables del mundo.
¡Oh hombre! contra tí has vuelto tu industria; has sido demasiado ingenioso para crearte mil males. ¿Qué has ganado en cercar las ciudades de murallas y torres? ¿Qué has ganado en armar la una contra la otra, enemigas manos? Dí, ¿qué tenias que debatir con el mar? la tierra podia bastarte. El cielo es un tercer reino por conquistar. ¿Por qué no lo atacas? ¿Qué digo? tú aspiras tanto cuanto de tí pende, á alcanzarlo. Quirino, Baco, Alcides y César tras ellos, tienen cada uno su templo.
Nosotros cavamos la tierra para sacar el oro macizo en lugar de mieses. El soldado posee los tesoros adquiridos al precio de su sangre. El Senado está cerrado para los pobres; la riqueza dá los honores. Ella es tambien la que dá tanta gravedad al juez, tanta arrogancia al caballero. ¡En hora buena que solo ellos lo posean todo; que dispongan como soberanos del campo de Marte y del Foro; que guarden para sí el derecho de decidir la paz ó la guerra! A lo menos su concupiscencia no llegue hasta el extremo de arrebatarnos nuestros amores. Todo lo que se les pide, es que permitan á los pobres tener alguna cosa.
Pero hoy dia una mujer, aunque fuese tan inflexible como las Sabinas, es tratada como pais conquistado por cualquiera que está en el caso de dar mucho. El guardian de la bella me rechaza; ella misma teme por mí á su marido. Si enseño oro, ya no hay guardian, ya no hay marido en toda la casa. ¡Oh! si existe un Dios vengador de las afrentas del amante, que reduzca á polvo riquezas tan mal adquiridas!