ELEGIA NOVENA.
ARGUMENTO.
Sobre la muerte de Tíbulo.
Si la madre de Memnon, si la madre de Aquiles han llorado la muerte de sus hijos; si las más grandes diosas no son insensibles á los golpes de la suerte, tú tambien, plañidera Elegía, deja caer tus cabellos en desórden. Tu nombre, ¡ay! no te convendrá nunca mejor que en este momento.
Este poeta que tú inspirabas y que fue tu gloria, Tíbulo, no es más que un cuerpo sin vida, que la llama de la pira vá á consumir. Mira, el hijo de Venus lleva su carcax derribado, los restos de su arco y sus hachas apagadas. Ved cómo marcha triste con las alas caidas; cómo hiere con su mano cruel su desnudo pecho. Sus lágrimas se derraman sobre los cabellos esparcidos que flotan sobre su cuello; su boca deja oir sollozos entrecortados. Tal, para asistir á los funerales de su hermano Eneas, salió de tu palacio, encantadora Jule. La misma Vénus no se conmovió menos por la muerte de Tíbulo que por la de su jóven amante, cuando le vió desgarrado por un feroz jabalí.
Y no obstante, á los poetas, se nos llama séres sagrados, favoritos de los dioses. No falta quien nos mira como si hubiera en nosotros algo divino. Mas ¡ay! la despiadada muerte profana todo lo sagrado, á todos alcanza su invisible mano. ¿Qué sirvieron á Orfeo el Ismario, ni su padre ni su madre? ¿Qué le sirvió haber domado y hecho sensibles á sus cantos los animales más feroces? Lino debia la vida al mismo padre, y Lino fue, dicen, llorado sobre la lyra en lo más retirado de las selvas. Añadid al cantor de Meonia, ese manantial inagotable donde vienen á beber y á inspirarse los poetas. Tambien ha tenido su último dia, que le ha precipitado al fondo del negro Averno. Solo los versos escapan á la llama de la ávida pira. La obra del poeta es imperecedera: siempre se hablará del sitio de Ilion y de aquella tela famosa, que, gracias á una astucia nocturna, duró tan largo tiempo sin concluir. Así el nombre de Némesis, así el nombre de Delia será eterno: la una, última amante de Tíbulo, y la otra, su primer amor.
¿De qué os sirven los sacrificios ofrecidos á los dioses? ¿De qué os sirven los sistros[11] de los egipcios? ¿De qué os sirve no haber admitido á nadie en vuestra cama? Cuando veo á los más virtuosos arrastrados por un destino cruel, perdonadme esta idea, estoy tentado de creer que no existen dioses. Vivid piadosamente; á pesar de vuestra piedad, morireis; honrad la religion; la despiadada muerte os arrancará de los templos, tan religiosos como sois, para precipitaros en el sepulcro. Contad con vuestro génio poético; hé ahi á Tíbulo muerto: de un tan grande poeta, apenas queda con qué llenar la más pequeña urna.
¡Qué! ¡es á tí, poeta sagrado, á quien acaba de consumir la llama de la pira, y no teme alimentarse de tus entrañas! Habrá podido consumir los templos dorados de los más augustos dioses esa llama que fue para tí tan culpable. La diosa del monte Erycis desvió sus miradas; tambien dicen que ella no pudo retener sus lágrimas.
Y sin embargo, la suerte del poeta era menos de lamentar que si, muerto en el pais de los Feacianos, hubiese sido enterrado sin honor y sin nombre. Aquí al menos una madre ha cerrado sus ojos cubiertos de las sombras de la muerte, y llevado sus últimos dones á las cenizas de su hijo. Aquí al menos una hermana ha partido el dolor de su desgraciada madre, y, agarrándose los cabellos, ha venido á llorar junto á él. Némesis y Delia han dado ambas á tus lábios un último beso, y no han dejado un instante tu pira abandonada. Delia decia alejándose: «Yo soy la que ha hecho tu amor más dichosa: tú vivias cuando yo era el objeto de tu llama.»«—¿Qué dices tú? replica Némesis. ¿Te toca llorar la pérdida que yo he experimentado? Á mí es á quien al morir ha estrechado la mano con la suya desfallecida.»
Si no obstante queda de nosotros alguna otra cosa que un nombre y una sombra, Tíbulo habitará en los risueños valles de Elíseo. Ven á su encuentro, con la frente coronada de yedra, ven aquí con tu querido Calvo, jóven y docto Catulo. Y tú tambien, si te acusan injustamente de haber ofendido á un amigo, ven aquí, Galo, pródigo de tu sangre y de tu vida.
Vé ahí las sombras que deben juntarse á la tuya, si todavía la sombra de un cuerpo es alguna cosa; porque á sus cantos de amor tú has unido los tuyos, elegante Tíbulo. ¡Que tus huesos descansen tranquilos y á salvo en la urna! ¡Que la tierra sea lijera á tu ceniza!