(18) Dafne perseguida de Apolo y convertida
en laurel por su padre.
„Tu arco, Febo, respondió á este el Amor, hiera á quantos te agrade; mas tú no has de poder huir del mio: y así tu gloria es menor que la mia en razon de lo inferiores que son á un Dios los animales que matas.” Esto dixo, y volando ligero surcó batiendo las alas el ayre, y se paró en la umbrosa cumbre del Parnaso. Allí sacó de su carcax dos flechas, cuyos efectos son tan contrarios, que la una enciende el amor, y la otra le apaga. La que enciende el amor es dorada y puntiaguda, y la que le apaga embotada y con la punta de plomo. Con esta tiró Cupido al corazon de Dafne, hija del rio Penéo, y con la otra hirió á Apolo, traspasándole hasta los huesos. Al punto este ama, y aquella huye hasta del nombre del amante; y queriendo imitar á Diana, tiene sus delicias en lo oculto de las selvas, y en las pieles de las fieras que cazaba. Se ataba desaliñadamente los cabellos con una cinta. Muchos la habian pedido por muger; pero ella despreciándoles, pasea impaciente, y libre de marido, los escabrosos bosques, sin cuidarse de qué cosa sean himeneo, amor y casamiento. Su padre repetidas veces la dixo: Hija mia, debes darme un yerno: debes darme algunos nietos. Mas ella, aborreciendo la tea nupcial[55] como un delito, y cubriendo sus mexillas un modesto rubor, se arroja á los brazos de su padre, y le habla de esta manera: „Concédeme, padre mio, guardar perpetua virginidad: esta gracia ha concedido ya ántes Júpiter á Diana.” Otorga su padre la peticion; pero tu hermosura, añade, repugna á tus deseos, y es un obstáculo para verificarlos. Apolo la ve, la ama, y desea poseerla: él lo espera; pero sus oráculos le engañan. Y así como arden las livianas pajas quitadas las aristas, ó se quema un vallado, al que el caminante aplica demasiado la tea, ó la dexa junto á él por descuido al rayar el dia, del mismo modo arde en llamas aquel Dios; así se abrasa el corazon de Febo; y con la esperanza va dando fomento á un amor vano y estéril. Mira los cabellos de la Ninfa, que sin adorno alguno caen por su cuello, y dice: ¿qué seria si estuviesen rizados? Ve sus ojos tan resplandecientes, que se asemejaban á las estrellas: observa su delicada boca; pero no se contenta con verla: alaba sus dedos y manos y los brazos medio desnudos; pero aun le parece mejor lo que oculta. Ella huye mas ligera que el ayre, ni se detiene siquiera á estas palabras que la dirige Apolo. „Espera, la dice, te suplico, bella Ninfa de Penéo, detente; no te sigo como enemigo. Aguarda Ninfa: así huye del lobo la oveja, del leon la cierva, y del águila la sencilla paloma, agitando tímidamente sus alas: todo animal huye de sus enemigos; pero á mí me obliga á seguirte el amor. ¡Ay desdichado de mí! Temo no sea que inclinada caygas sobre las espinas, y estas hieran tus rodillas, que no merecen ser maltratadas, y entónces sea yo la causa de tu dolor. Ásperos son los lugares por donde discurres; te suplico no corras tan precipitadamente, que yo moderaré el ardor con que te sigo. Considera sin embargo á quien ha sorprehendido tu hermosura. No habito yo en el monte; no soy pastor; no guardo aquí desaliñado ganados y rebaños. Ignoras, temeraria, ignoras de quien huyes, y esta es la causa de tu fuga. La tierra de Delfos, de Claros, Ténedos y los Reynos Patareos me rinden los debidos honores. Júpiter es mi padre; por mí se declara lo presente, pasado y venidero; á mí se debe el ingenioso arte de unir la voz al son de la lira; soy diestro en tirar las flechas; pero ¡ah! aquel que con la suya me hirió el corazon, libre de todo amor, es mucho mas que yo: mia es la invencion de la medicina, y el universo me mira como un Dios auxîliador y benéfico: conozco la virtud de las plantas; pero ¡ay de mí! no hay ninguna que pueda curar el amor; y mis inventos, tan favorables á todos, no pueden aprovechar al inventor.” Apolo quisiera hablar mas, quando Dafne, redoblando temerosa su paso, le interrumpe, y le dexa con las palabras á medio pronunciar. Parece mas hermosa con la precipitacion de la fuga. Los vientos descubren su cuerpo,[56] y los soplos contrarios tremolan sus vestidos: el ayre echa sus cabellos con una graciosa descompostura sobre las espaldas, y quanto mas huia, tanto mas se acrecentaba su belleza. Pero el jóven Dios ya no puede sufrir producirse en inútiles cariños; y segun le aconsejaba el amor, sigue sus huellas con precipitados pasos. Y á la manera que el galgo quando ve á la liebre en campo raso solicita la presa, al tiempo que ella su libertad, fiados ámbos en la ligereza de sus pies, y aquel como si estuviera cerca espera ya cogerla, y acelera sus pasos alargando el hocico, y ésta dudando estar cogida escapa de las mordeduras, y dexa burlada la boca que le va á los alcances; del mismo modo corrian Apolo y la hermosa Dafne; aquel ligero con la esperanza, y ésta con el temor. Parece que vuela Apolo animado de las alas del amor; y sin tomar descanso la va ya tan á los alcances, que hace mover con su aliento los cabellos esparcidos sobre los hombros de la fugitiva Ninfa. Fatigada ésta de tan veloz carrera, ve en fin que sus fuerzas la abandonan, y mirando las olas de Penéo con rostro pálido: „Amado padre, le dice, si es cierto que los rios gozan del privilegio de divinidades, socórreme: ó tú, tierra, en donde tanto agradó mi hermosura, recíbeme en tu seno, ó haz que yo pierda esta figura tan encantadora que tanto mal me causa.” Apénas habia concluido la súplica, quando todos los miembros se la entorpecen, sus entrañas se cubren de una tierna corteza: los cabellos se convierten en hojas: los brazos en ramas: los pies, que ántes eran tan ligeros, se transforman en retorcidas raices: ocupa finalmente el rostro la altura, y solo queda en ella la belleza.[57] Este nuevo árbol es no obstante el objeto del amor de Apolo; y puesta su mano derecha en el tronco, advierte que aun palpita el corazon de su amada dentro de la nueva corteza; y abrazando las ramas como miembros de su cariño, besa aquel árbol, que parece rehusa sus ósculos. Por último la dice: „Pues veo que ya no puedes ser mi esposa, á lo ménos serás un árbol consagrado á mi deidad. Mis cabellos, mi lira y mi aljaba se adornarán de laureles. Tú ceñirás las sienes de los alegres Capitanes, quando el alborozo publique su triunfo, y suban hasta el capitolio con los despojos que hayan ganado á sus enemigos. Serás fidelísima guarda de las puertas de los Emperadores, cubriendo con tus ramas la encina que está en medio;[58] y así como mis cabellos se conservan en su estado juvenil, tus hojas permanecerán siempre verdes.” Luego que Apolo dexó de hablar, hizo demostracion el laurel de aceptar la oferta, moviendo sus nuevas ramas; y como si tuviera cabeza, meneó tambien su erguida copa.
(19) Júpiter cubre la Tierra de nubes
para gozar de Iö.
FÁBULA XIV.
JÚPITER ENAMORADO DE IÖ.
Hay en Tesalia un bosque llamado Tempe, á quien rodea por todas partes una eminente selva. El Penéo, que nace de las raices del Pindo, se desenvuelve por estos lugares con espumosa corriente. Con su precipitado curso levanta una especie de nubes, que causan ligeras nieblas; con cuyo rocío parece riega las encumbradas selvas, y su ruido se oye hasta en los sitios mas distantes. Esta es la casa, este el asiento, y estos los recintos del gran rio Penéo, que habita en una cueva tajada de peñascos, desde donde gobierna las aguas, y á las Ninfas que veneran las olas. Todos los rios de ménos nombre vecinos se juntáron en este sitio, dudosos de si habian de dar el parabien á Penéo, ó le habian de consolar por la pérdida de su hija. Viene el rio Esperquio, cuyas riberas estan cubiertas de álamos, el inquieto Enipéo, que tiene siempre sus aguas agitadas, el anciano Apidano, el blando Anfriso, el rápido Aeas, y últimamente todos los demas rios, que llevan al mar las aguas golpeadas con los grandes rodeos por donde el ímpetu los arrebata. Solo entre estos falta Inaco, que encerrado en su profunda caverna acrecienta las aguas con sus lágrimas. Este desgraciado padre llora la pérdida de su hija Iö: ignora si es viva ó muerta; pero no hallándola por ningun lado, se persuade que ya en ninguna parte exîste, siempre inclinado á sospechar los sucesos mas desgraciados. Habia visto Júpiter á Iö, que salia del gremio de su padre, y la dice: „Ó doncella, digna de ser amada del mismo Júpiter, y que con tu mano harás feliz á no sé quien de los mortales: busca las sombras ó en estos ó en aquellos bosques (la señalaba las de derecha é izquierda) para evitar el ardor del sol, miéntras está en lo mas alto del cielo;[59] pero si temes entrar sola en los albergues de las fieras, no temas; penetrarás segura hasta lo mas oculto de los bosques, pues te acompaña un Dios, y no de los vulgares, sino el que tiene en su poder el imperio del cielo, y vibra los rayos. Ni huyas de mí (porque ya empezaba á hacerlo).” Habia pasado las majadas de Lerna y los campos Lircéos, poblados de árboles, quando cubriendo Júpiter con una espesa nube la tierra, la hizo obscurecer, detuvo á Iö en su precipitada fuga, y la robó el pudor. Entre tanto dió Juno[60] vuelta á la tierra con su vista, y admirándose de que las nieblas hubiesen convertido en noche la claridad y resplandor del dia, conoció que estas no provenian ni de los rios, ni de las humedades de la tierra. Busca pues á su marido, como que ya sospechaba sus adulterios, en que le habia cogido tantas veces, y no hallándole en el cielo: „Ó yo me engaño, dixo, ó se me hace traycion.” Y baxando á la tierra, mandó retirar las nubes.
FÁBULA XV.
IÖ CONVERTIDA EN VACA.