„En los bien frescos montes de la Arcadia hubo entre las Amadriades[67] una Nayade[68] muy celebrada, á quien las Ninfas llamáron Siringa. Muchas veces habia esta burlado á los Sátiros[69] que la perseguian, y despreciado los homenages que la tributaron todas las Deidades que habitan, ó en los umbrosos bosques, ó en la fértil tierra. Veneraba á Diana, y la imitaba en los mismos exercicios de la caza y en su virginidad; de modo que vestida con el trage de aquella, podia engañar á qualquiera, y ser tenida por la misma Diana,[70] si no fuera su arco de cuerno, y el de la Diosa de oro. Pero á pesar de esta diferencia, no dexaban algunas veces de equivocarse. Pan,[71] coronada su cabeza con hojas de pino, la encontró un dia que baxaba del monte Licéo, y la habló en estos términos: cede, bella Ninfa, á los deseos de un Dios que quiere ser tu esposo. Aun le quedaba que referir otras palabras; y la Ninfa, poco sensible á sus discursos, huyó por caminos extraviados hasta llegar al rio Ladon; pero hallándose detenida por las aguas, rogó á las Ninfas, sus hermanas, que la transformasen: tampoco refirió que Pan habia corrido tras ella, y que creyendo tenerla asida, se halló abrazado con unas cañas; y que miéntras él suspiraba, las agitó el viento, resultando un sonido muy parecido á los ayes de quien se queja: que entónces, habiendo quedado suspenso Pan con el nuevo arte y dulzura de aquella voz, dixo: ha de haber sin embargo entre nosotros una estrecha conexîon; y tomando algunas cañas desiguales, las unió con cera, y de ellas formó la flauta que se llama Siringa, conservando en ella el nombre de la Ninfa.”

FÁBULA XVII.

MERCURIO CORTA LA CABEZA Á ARGOS.

Al ir á referir todo esto Mercurio, observó que todos los ojos de Argos se habian quedado vencidos del sueño: al momento calla; y tocando suavemente los ojos con la vara inficionada, les adormece mas, y sin detenerse divide de su cuello con una corva espada la titubante cabeza, que arrojó bañada en sangre sobre un alto peñasco, contaminándole con la misma sangre. ¡De esta manera yaces Argos! ¡Así se extinguió toda la luz que en tantos ojos tenias! ¡Una sola noche[72] envuelve entre sus sombras tus cien ojos! Entónces Juno, condolida de la muerte de Argos, recoge todas aquellas lumbreras, y las coloca en las alas del Pavo real, ave que le era consagrada, esmaltando su soberbia cola con tan resplandecientes piedras preciosas.

(22) Argos guarda de lo adormecido por
Mercurio que le corta la cabeza.

(23) Júpiter ruega á Juno mude la suerte de Iö.

FÁBULA XVIII.

JÚPITER APLACA Á JUNO.