Dichoso Peleo con este himeneo y con el nacimiento de un hijo tan ilustre, hubiera gozado de una felicidad perfecta, á no haberla turbado el fratricidio de su hermano Foco, por cuyo delito fue desterrado de la casa de su padre, y se acogió á Trachinia, region de la Tesalia, donde pacíficamente reinaba Ceix, hijo de Lúcifer, que en su rostro ostentaba muy bien el resplandor de su padre; pero en aquel tiempo le tenia oscurecido por el dolor de la muerte de su hermano Dedalion. Luego que Peleo, fatigado del camino y de la pena de su destierro, llegó á Trachinia, y entró en la ciudad con poco acompañamiento, dejando antes en un sombrío valle no lejos de sus muros los rebaños y vacadas que traia consigo, se presentó al Rey, y haciéndole una grande reverencia con las manos tendidas, en las que llevaba una señal de paz,[208] le refirió quien era, quien era su padre, y la causa que pretextó de la fuga de su casa, callando y ocultando el fratricidio que habia cometido, pidiéndole que le acogiese en la ciudad ó en algun otro lugar de sus estados. Ceix le respondió con rostro apacible en estos términos: „Mis estados estan abiertos á cualquiera persona por humilde que sea, y mi reino hace gala de esmerarse en la hospitalidad; mi ánimo benigno se inflama mas á egercerla, y le son poderosos impulsos tu esclarecido nombre, y el ser descendiente de Júpiter. No pierdas el tiempo en plegarias: cuanto pidas te será concedido; elige lo que te acomode entre todo lo que ves, y ¡ojalá hubieras llegado y lo hubieras visto en mejor estado!” En este punto comenzó Ceix á llorar, y Peleo y sus compañeros le preguntaron cual era la causa de tanto sentimiento, á los cuales respondió asi: „Acaso creereis que la ave[209] que vive de rapiñas, y es el terror de las demas aves, lo fue siempre, y estuvo vestida de plumas como ahora; pues no es asi: hace poco tiempo que era hombre, y ha conservado despues de su transformacion el ánimo, ferocidad y violencia que tenia antes. Llamábase Dedalion, y tuvo por padre al astro precursor de la Aurora, y que desaparece el último.[210] Como yo siempre he amado la paz, he empleado todos mis cuidados por conservarla en mis estados y familia; mi hermano por el contrario tenia toda su complacencia en las sangrientas guerras. El valor con que desde su transformacion persigue á las palomas tisbeas, lo empleó antes en sujetar naciones enteras y Reyes poderosos. Tenia una hija dotada de gran belleza llamada Quione, que á la edad de catorce años era pretendida de muchos amantes. Volviendo un dia acaso Febo y Mercurio, aquel de Delfos, y este del monte Cileno, la vieron ambos, y ambos se enamoraron de ella. El primero quiso esperar la noche para declararla su pasion; pero Mercurio, sin diferir mas tiempo, tocó el rostro de la doncella con su caduceo, que tiene la virtud de infundir sueño: ella se duerme con el contacto poderoso, y en el sueño fue violentada por él. Luego que llegó la noche Apolo toma la figura de vieja, y bajo de esta apariencia tomó lo que ya otro habia disfrutado. Al cabo de nueve meses parió dos hijos: el uno fue Autólico, que parecido en todo á su padre Mercurio, y de su misma índole y astucia, era ingenioso, é inclinado á todo robo, y sabia hacer de lo negro blanco y de lo blanco negro. De Febo nació Filamon, hombre aventajado por su voz y lira. Pero ¿qué aprovecha á Quione haber agradado á dos Dioses, haber tenido dos hijos tan célebres, ser hija de un padre tan valiente, y nieta del dueño y Soberano de los Dioses? Hay muchos á quienes son dañosos la gloria y los honores, y esto le sucedió á Quione, pues se atrevió á preferirse á Diana y á llamarla fea,[211] poniendo faltas á su hermosura; de lo que ofendida la Diosa, se dejó arrebatar de la vehemente pasion de la ira contra ella, diciendo: „Ya que no le agrada mi rostro, tendrá que sufrir mis hechos;” y al momento encorvó el arco, y de un flechazo atravesó la lengua sacrílega. Herida Quione mortalmente, hace vanos esfuerzos por hablar; su voz la abandona, y pierde la vida envuelta en su misma sangre. Yo entonces abrazándola tiernamente, sufrí en obsequio de la piedad todo el dolor que cabe en el corazon de un tio, y procuré consolar á mi hermano; pero este, como padre, recibió el consuelo no de otro modo que los peñascos insensibles la agitacion estrepitosa de las olas del mar, y se abandonó á los lamentos por la pérdida de su hija. Pero luego que la vió en la pira, cuatro veces tuvo ímpetus de arrojarse á ella, é impedido otras tantas de que lo egecutase, echó á huir con precipitacion, y á la manera que lo hace un novillo, que estimulado del aguijon de los tábanos ó moscardones, se arroja por las asperezas y por donde no hay senda ni camino. En la precipitacion de su carrera me parecia que iba aumentándose su velocidad mas que la que puede tener un hombre: quien le viese juzgaria que tenia alas en los pies. Nos fue imposible alcanzarlo, y veloz con el deseo de perder la vida, llegó á la altura del Parnaso; y habiéndose precipitado de un alto peñasco, tuvo Apolo misericordia de él, convirtiéndole en ave, y sosteniéndolo en el aire con alas repentinas que le dió al tiempo de caer. Su boca fue mudada en un pico corvo, y sus uñas se encorvaron igualmente como lo estan los anzuelos. Conservó en su transformacion su antigua inclinacion, y unas fuerzas superiores al tamaño de su cuerpo. En fin vuelto gavilan, es enemigo de todas las aves, y les hace sentir una parte de los males que él mismo sufre.”
Ceix continuaba aun refiriendo las calamidades de su hermano, cuando Anetor, pastor de los ganados de Peleo, llegó apresurado con el aliento anhelante, y dijo: „¡Ay Peleo, Peleo, vengo á anunciarte una gran desgracia!” Peleo le manda se la diga, y el Rey de Trachinia queda suspenso y temblando del miedo. „Yo habia conducido, respondió Anetor, tus novillos á las playas cuando[212] el sol altísimo en medio de la esfera habia subido tanto cuanto le faltaba para descender á su ocaso: unos echados sobre la roja arena miraban desde alli las cristalinas llanuras del mar; otros con paso perezoso andaban errantes en aquellas cercanías, y otros en fin se habian metido en el agua para refrescarse, y solo se les veia el cuello. Cerca del mar hay un templo, en cuya construccion no se empleó oro ni mármol, sino unas toscas vigas, é inmediato á él un antiguo bosque sombrío con la espesura de sus árboles, dedicado todo á Nereo[213] y á las Nereidas. Un pescador que estaba en la playa enjugando sus redes me informó de que el templo estaba dedicado á aquellos Dioses. Inmediato á este templo hay una laguna cercada de espesos sauces, la que se formó con el agua que rebosa del mar. Del fondo de este pantano sale de repente un lobo fiero de un tamaño enorme, haciendo un estruendo tan espantoso, que amedrentó á todos los lugares comarcanos. Una espuma mezclada con sangre negra le salia de la boca, y sus ojos centelleaban llamas. Mas impelido de la rabia que de la hambre, no tanto por satisfacer á esta cuanto por saciar á aquella con la muerte de los bueyes, á unos hiere, y á otros derriba causándoles la muerte. Algunos de mis compañeros, heridos del lobo por querer defender al ganado, perdieron su vida. La playa y las primeras olas se tiñen de sangre, y en todas las lagunas comarcanas resuenan los bramidos de las reses heridas. No perdamos tiempo, continúa; la menor dilacion nos será perniciosa. Armémonos todos, que es el recurso único que nos queda para ir á salvar lo que se pueda escapar del furor de este monstruo.” Asi habló Anetor. Peleo, menos movido por esta pérdida que por la memoria de su delito, comprendió que la Nereida queria que estas calamidades fuesen venganza y sacrificio á un tiempo en alivio de Foco su hijo. Ceix manda que todos tomen sus armas, y él se disponia á ir con ellos; pero su muger Alcione, que lo entendió por el ruido que habia en palacio, salió precipitada de su cuarto á medio peinar, y abandonando al aire sus cabellos, se arrojó al cuello de su marido, y con persuasiones y lágrimas le rogaba que no fuese él á aquella empresa, y que procurase guardar su vida, en la que consistia la suya propia. „Deja, ó Reina, la dijo Peleo, tus honestos y piadosos temores. La oferta que Ceix me ha hecho prueba su bondad y generosidad; pero no es mi ánimo aprovecharme de ella, ni perseguir con las armas á tan nuevo monstruo, sino adorar y suplicar á la Deidad del mar que me ha afligido con tal desgracia.” Cerca de la playa habia una elevada torre, y un fanal en lo mas alto de ella para direccion y regocijo de los navegantes. Suben á ella, y miran con dolor á los toros muertos y tendidos en la playa, y al monstruo que habia causado tantos estragos con la piel toda teñida de sangre. Entonces Peleo, tendiendo las manos hácia la ribera del dilatado mar, ruega á la cerúlea Psamate[214] que deponiendo su saña, les sea propicia. La Nereida no se ablandó con las palabras y súplicas de Peleo. Tetis, su muger, la suplicó por su marido, y consiguió el perdon; pero el lobo, cebado en la dulzura de la sangre, perseveraba en la cruel matanza, hasta que en la accion de estar despedazando la cerviz de una novilla fue transformado en piedra por la Diosa: el color indicaba que ya no era lobo, ni habia ya para qué temerle, aunque el cuerpo conservaba la forma y figura de fiera. El destino no permitió á Peleo permanecer mas tiempo prófugo en los estados de Ceix: errante y fugitivo aportó á Tesalia, y alli tomó venganza de Acasto, dándole la muerte por la traicion[215] que en otro tiempo habia intentado contra él.
FÁBULA V.
NAUFRAGIO DE CEIX.
Perturbado Ceix con las calamidades de su hermano y las que siguieron á estas, dispone ir á consultar al oráculo de Apolo, que existia en la ciudad de Claros, porque el bandido Forbas,[216] unido con los Phlegios, tenia interceptados los caminos del templo de Delfos. Comunicó anticipadamente esta su resolucion Ceix á su querida muger, que al oirla se quedó helada, y su semblante pálido á la manera del box, corriéndole las lágrimas por las mejillas. Tres veces procuró hablar, y tres veces se lo impidió el llanto y los sollozos, que interrumpian sus amantes quejas.
(117) Ceix, que va á consultar el oráculo
de Apolo, se despide de Alcione.
„¿Qué culpa, decia, he cometido yo, carísimo esposo mio, que asi ha trocado tu cariño? ¿Donde está aquel cuidado y desvelo que solias tener por mí? Ya no te es dificil el ausentarte y dejar á tu Alcione.[217] Ya te agrada el hacer un largo viage; y ya quieres mas bien tenerme ausente que en tu compañía. Si tu viage lo hicieras por tierra, solo me causaria pena y dolor, pero no sobresalto. Los mares me amedrentan: solo el pensar en él me causa horror. Poco há que he visto sobre la playa los tristes fragmentos de un naufragio; y muchas veces he leido los epitafios[218] de los túmulos que no ocultaban los cadáveres. No te dejes llevar de la falaz confianza de que tienes por suegro á Eolo, que egerce su imperio sobre los vientos, reprimiendo su impetuosidad en una cárcel, y cuando le place con esta sujecion queda el mar en calma; porque una vez sueltos se apoderan de todo el Océano; nada hay que se les oponga; toda la tierra y todo el mar quedan á su arbitrio. Tambien agitan las nubes del cielo con fieros torbellinos, y las hacen vibrar los resplandecientes rayos y centellas. Cuanto mas bien los conozco (y los conozco muy bien, porque los ví muchas veces cuando era niña en la casa de mi padre), tanto mas estoy persuadida de que deben ser temidos. Pero si tu resolucion, carísimo esposo, no se puede alterar con mis plegarias, y estás constantemente determinado á hacer este viage, llévame contigo, y correremos ambos una misma suerte: entonces no tendré que temer lo que me vea precisada á sufrir: ambos en union mutua toleraremos lo que sobreviniese, y entrambos en union correremos los riesgos de los extendidos mares.” Con estos ruegos y lágrimas de Alcione se conmovió Ceix, porque no era inferior su cariño hácia su esposa; pero ni se resolvia á mudar de propósito, ni se atrevia á llevar consigo á Alcione, y exponerla á que fuese participante de los peligros. Díjole muchas cosas tiernas que consolasen su tímido corazon; pero no por esto se aquietó Alcione, ni aprobó la causa del viage. En fin para disminuir en lo posible el dolor que iba á causarle esta funesta separacion, añadió este lenitivo, con el cual tranquilizó el espíritu de su muger. „Cualquiera detencion será larga y enfadosa para mí; pero te juro por los brillantes resplandores de mi padre que si el destino no se opone á mi vuelta, me verás antes que la luna por dos veces llene de luz su hermosa faz.”[219] Luego que con estas promesas la aseguró de su pronta vuelta, mandó al punto botar al agua una nave, y equiparla con todas sus jarcias y demas utensilios.
Al momento que la vió aparejada Alcione se llenó de horror, como adivinando lo que habia de suceder; dejó correr algunas lágrimas, le abrazó tiernísimamente, y al tiempo de decirle con voz triste el último á Dios cayó desmayada. Los marineros, aunque Ceix buscaba pretextos para detenerse, aplicaron á sus fuertes pechos las dos órdenes de remos, y con golpes comparados empiezan á remar. Alcione, algo recobrada de su desmayo, levantó sus llorosos ojos, y vió á su marido que estaba de pie en la encorvada popa, y desde ella le hacia señas con la mano, á las que ella correspondia con otras tantas. Cuando ya se habia alejado, y la vista no alcanzaba á distinguirle y conocerle, se contentaba con ver la nave fugitiva, y cuando ya esta no podia distinguirse por la gran distancia, miraba las velas tremoladas del viento en lo alto de los mástiles. Luego que se perdieron de vista de todo punto las velas, se volvió afligida á su aposento, y se echa en la cama, la cual le renueva sus lágrimas, acordándose de lo que faltaba en ella. En tanto se alejaba la nave; y como el viento daba en popa, dejaron de remar, y extendiendo todas las velas, las hinchaban los vientos favorables que soplaban.
Habrian hecho poco menos de la mitad de la travesía, alejados de una y otra playa, cuando á la entrada de la noche empezó el viento á soplar con mas fuerza, y á ponerse el mar blanco con las encrespadas olas.[220] Inmediatamente ordena el piloto que se recojan las velas, y que las aten á las antenas; pero la contraria tempestad impide la egecucion de lo mandado, y el estrépito del mar agitado impedia que las voces llegasen á los oidos. Todos andaban diligentes: unos se apresuran á quitar los remos, otros á cubrir el costado para impedir que el agua entrase, otros á recoger las velas: estos sacan el agua que habia hecho la nave, y la vierten en el mar, aquellos bajan las antenas; pero todo se egecuta con desórden y atropellamiento. Entre tanto se aumenta la deshecha tempestad, y los desenfrenados vientos, soplando á un tiempo de partes contrarias, se enfurecen en una terrible guerra, y agitan las olas, confundiéndolas unas con otras. El mismo piloto se pasma, y confiesa que ni está en sí, ni sabe el estado en que se halla la nave, ni qué mande, ni qué prohiba en tanta confusion y apuro, en el que ya es inútil toda la destreza de su arte. Confúndense, formando el mayor estrépito, los clamores de los marineros, los crujidos de las cuerdas y masteleros, el bramido de las olas que se baten unas con otras, y los espantosos truenos en que las nubes se desgajan. El mar, embravecido por los vientos, levanta sus olas hasta el cielo, y rocía con ellas las nubes: unas veces cuando el agua barre las rojas arenas se vuelve del color de ellas, y otras es mas negra que la de la laguna Estigia: algunas veces se allana y emblanquece con las espumas que suenan, y la nave es juguete de todas estas causas impelentes: ya parece que elevada sobre las olas como montañas mira desde alli á la profundidad de un valle y al mismo Aqueronte; y ya abatida á lo ínfimo por las mismas olas las ve desde la profundidad tocar en el cielo. Azotada por ellas la nave en sus costados, hace un ruido semejante al del ariete cuando derriba los muros de una guarnecida ciudad. Y á la manera que dos fieros leones, tomando fuerza con la carrera, suelen acometer con furor á los venablos que les presentan, asi las olas, confundidas con los vientos que las alteran, atacan la tablazon de la nave, sobre la cual se levantaban. Ya se aflojan y desencajan los clavos, y despegándose la brea, se descubren aberturas, que dan entrada á las ondas que amenazan con la muerte. Las nubes se resuelven en copiosas lluvias, y parecia que sobre el mar caia todo el cielo, ó que aquel entumecido subia á ocupar el asiento de este. Las velas se empapan con la lluvia, y las aguas del mar se mezclan con las del cielo. Ningun astro se ve brillar en él, antes bien por el contrario la oscuridad de la tempestad, junta con la de la noche, aumenta el horror de las tinieblas. Si se ve alguna claridad es la de los relámpagos y rayos, que parecia abrasaban las aguas. Las olas tambien saltan á las corvas junturas de la nave; y como el soldado que se aventaja á todos los demas cuando repetidas veces asalta á los muros de una ciudad defendida, y por último consigue entre mil combatientes trepar á ellos estimulado del deseo de la gloria; del mismo modo, despues que las violentas olas batieron mucho tiempo los altos costados de la nave, los sobrepuja el ímpetu de la ola décima,[221] que es la mayor y mas terrible, y combatiendo á aquella ya quebrantada, no desiste de la empresa hasta apoderarse de ella, y venir á llenar todo el buque, á la manera de la toma de una plaza de armas. No interrumpen las olas el asalto; y habiendo entrado muchas veces en la nave, empiezan todos á temblar, del mismo modo que sucede en una plaza cuando ven que de los enemigos unos toman ya posesion de sus muros desde adentro, despues de haberla los otros batido y minado por de fuera. Desfallece el arte; los ánimos desmayan, y todas las olas que se ven venir se temen como causadoras de otras tantas muertes. De los marineros unos no pueden contener las lágrimas, otros se llenan de estupor, otros llaman felices á los que mueren y son sepultados con fúnebre aparato en tierra,[222] otros hacen promesas á los Dioses, y levantando en vano los brazos, piden socorro al cielo que no ven:[223] acuérdase aquel de su padre y hermanos; este de sus hijos, de su casa y de lo que dejó en ella: Ceix solo se acuerda de Alcione: de su boca no sale otra palabra que Alcione; y siendo ella sola el objeto de su amor, se alegra de que no se halle en su compañía. Querria mirar hácia las playas de su patria, y dirigir hácia su casa las últimas ojeadas; pero no puede discernir en qué sitio se halla por la terrible agitacion del mar, por la oscuridad que causan las negras nubes, por estar cargado de ellas todo el cielo, y por ser por la misma causa dobladamente oscura la noche. La impetuosidad de un llovioso torbellino derriba el mástil, y hace pedazos el timon; y animosa la ola con tales despojos, sobreponiéndose como vencedora, se eleva en forma de arco sobre todas las demas, y cayendo precipitada, no de otro modo que si se lanzasen el monte Atos y el Pindo arrancados de sus estables asientos en medio del mar, con su peso y con su impulso sumerge hasta lo profundo la nave, en la cual se ahogó gran parte de los marineros, quedando solo los pocos que pudieron asirse á las tablas y fragmentos de ella: Ceix, asido á uno con la mano que solia empuñar el cetro, invocaba en vano á Eolo y Lúcifer, su suegro y padre; pero mas frecuentemente repetia cuando nadaba el nombre de su esposa Alcione. De esta sola se acuerda, á esta sola llama, deseando que despues de su muerte las olas llevasen á su presencia su cadaver, y que este fuese enterrado por ella. Cuando asi zozobraba entre las olas, y estas le dejaban respirar, pronunciaba claro el nombre de Alcione, y confusamente y entre dientes cuando le cubrian la cabeza. Mientras estaba en esta disposicion, una encrespada y negra ola, que formaba un grande arco, se rompe, cae á plomo sobre él, y cubriéndole de agua le sumerge.