Mr. de Molinari, contestando á este mismo argumento de Mr. Rœderer, como lo hacemos nosotros con el cólega, despues de demostrar que los proteccionistas jamàs han podido fijar el tiempo que ha de durar esa proteccion limitada y temporaria, agrega:

“Pero suponiendo que lo fuese realmente, sería conveniente para una nacion imponerse esos sacrificios? ¿Convendria recargar con un impuesto á toda la produccion de una nacion en beneficio de una industria particular? No sería preferible que esa industria se pudiese implantar por sí misma en el pais, y mientras llegase este caso, procurarse los productos del esterior? Si una nacion no puede fabricar paño sino á razon de 30 francos y puede obtenerlo á 20 fuera, haria un buen negocio prohibiendo los paños extrangeros? ¿No sería esta una pérdida sin compensacion que se le hacia sufrir?”

Demostrada ya la inutilidad, y aun lo perjudicial del sistema proteccionista ó prohibitivo bajo sus diferentes faces, veamos de que lenguage se valen sus sectarios para encubrir el verdadero movil que lleva consigo la proteccion: Mr. de Seneuil nos lo esplica de una manera elocuente, en las siguientes líneas:—

“No pudiendo decirse á una nacion—Levantad un impuesto á mi favor, sobre cada uno de mis conciudadanos, á fin de darme los medios escepcionales de hacer fortuna.”—Se dice—“Tenemos un interes inmenso en no ser tributarios de los estrangeros, y en fabricar nosotros mismos todos los efectos manufacturados de que podemos tener necesidad. Que cada uno se imponga un sacrificio con este fin patriótico, y yo voy á consagrarme á libertar el pais de esta dependencia. Este lenguage es infinitamente mas sostenible que el primero, pero tiene el defecto de tender al mismo fin, y de disimularlo.”

Tal es el verdadero objeto que se proponen los proteccionistas, y no creemos que pueda ser considerado de otro modo por los que entren á juzgar con calma y refleccion los resultados á que conduce este sistema.

Dejando ahora otras muchas cuestiones, intimamente enlazadas con el punto en cuestion, que serán tratadas en su lugar correspondiente, seguiremos las demas objeciones que se nos han hecho.

Vos nos citais, se nos dice, la Inglaterra. Pero la Inglaterra no ha llegado á esa doctrina del libre cambio sino cuando hubo arribado á un punto de perfeccion industrial en que podia desafiar altamente la concurrencia.

La reforma que ha sufrido últimamente su sistema comercial, ha dado orígen á que por todas partes hayan levantado la voz contra la perfida Albion: quien ha visto una asechanza insidiosa; quien una estratagema contra las demas naciones. Nuestro cólega ha sido mas modesto, pues solo ha considerado haberle llegado la hora, despues de pasar por el tamis regenerador de la proteccion.

Es esta tambien, en su última parte, la opinion del proteccionista Mr. Carey, quien acepta ese sistema como el medio de llegar mas pronto á la libertad de comercio, lo cual segun observa Mr. de Molinari, es como si se digese que se queria restablecer la inquisicion para llegar mas pronto á la libertad de los cultos.

Pero no opina del mismo modo Mr. Carey respecto á lo primero, pues él no atribuye el cambio, en el sistema comercial de la Inglaterra, á haberle llegado la hora como supone nuestro cólega. Mr. Carey vé ahì una trama diabólica urdida contra la industria Americana y así dice:—