—Lope, basta lo dicho: Alí debe desaparecer de León; y yo no quiero que muera.

—Vueseñoría dispondrá lo que haya de hacerse.

—Arrebatarlo y conducirlo a uno de mis castillos.

—¿Y si se resiste?

—Si se resiste..., entonces... se obra según las circunstancias.

—Ya entiendo: lo que el señor conde quiere es que toda la odiosidad pese sobre mí. No importa; yo sabré servir a mi amo.

—Marcha. Y lo que haya de hacerse, cuanto antes.

—Será.

Con tan saludables designios se separaron aquellos monstruos; pero Lara no podía ahogar enteramente el grito de su conciencia. En vano procuró calmar su agitación con el sueño; el poco tiempo que durmió creía ver a sus nobles abuelos alzar del sepulcro las frentes venerables, y que ardiendo en ira le reprendían por el nefando crimen que intentaba. «¡Asesino, asesino!», era el grito que resonaba en sus oídos; y así pasó una de las noches más crueles de su vida. Sin embargo, el nuevo día reanimó sus fuerzas, y como ya la propensión al mal era en él invencible, no desistió de su infame proyecto, dejando a Lope continuar en sus infernales maquinaciones.