CAPÍTULO XII
La tranquilidad se había ya restablecido enteramente en León dos días después de la llegada de Alí; y el moro, como si al cabo de un corto plazo no le esperara un cruelísimo combate, se ocupaba alegremente en examinar las curiosidades del pueblo en compañía de alguno de los parciales de Candespina; pues ni el conde, ocupado en negocios de la mayor entidad, ni Hernando, que como buen novio no desamparaba el lado de su esposa, tenían espacio para ello. Las mañanas las dedicaba Alí a la ciudad; mas por las tardes salía solo y a caballo a recorrer los alrededores de la capital, en los cuales echaba muy de menos la fertilidad y hermosura de las márgenes del Guadalquivir.
Una tarde que ya puesto el sol se retiraba, según costumbre, de su paseo para regresar a León, se vio de improviso atacado por cuatro hombres montados como él, pero cubiertos de hierro de los pies a la cabeza; y a pesar de su inferioridad, lejos de pensar en huir echó mano a su cimitarra y acometió denodadamente a los asesinos, siendo tal la furia con que descargó los primeros golpes, que sin valerle a uno de ellos el temple de su casco, cayó redondo a los pies del sevillano. Aún le quedaban, sin embargo, tres adversarios que no perdían estocada, pues no llevando Alí escudo ni coraza, no tenía con qué defenderse. Duró aquella lucha tan desigual algunos minutos, gracias a la extremada destreza y valor del agareno; pero al fin, acribillado, como suele decirse, de heridas, cayó sin sentido del caballo. No estaban sus enemigos muy bien parados; pues uno había muerto y otro se hallaba herido; pero satisfechos con haber conseguido su malvado designio, se retiraron llevando el cadáver de su compañero, sin duda para ocultarle en paraje en donde nunca se supiera de él.
Zulema vivía con Leonor. La hermosa mora había encontrado una verdadera amiga en la esposa de Hernando; y doña Leonor, por su parte, cada día amaba y compadecía más a aquella inocente víctima de la maldad de Lara. Hasta entonces se había visto Zulema precisada no solo a no hablar de sus penas, sino hasta a ocultarlas; pues aunque su hermano Alí la amaba tiernamente, sin embargo, recordarle de cualquier modo que fuese la desgracia y deshonra de su familia era medio seguro de enojarle; y nada temía más Zulema que apesadumbrar al único protector que en el mundo tenía; pero Leonor, sensible, discreta y afable, era una confidente de un valor inestimable. Como mujer tomaba más interés por una persona de su sexo tan vilmente tratada que ningún hombre hubiera podido tomarlo; como amante comprendía y participaba de los sentimientos de la pobre Zulema; y con su talento logró reanimar las fuerzas de aquel espíritu abatido más de lo que se hubiera creído posible. La hermana de Alí no estaba alegre, porque esto ya no podía darse en ella; pero la calma de la resignación empezaba a manifestarse en su frente cuando el hado impío vino a descargar sobre ella el último, el más cruel de los golpes.
Había ya pasado, y con mucho, la hora en que Alí acostumbraba a regresar de su paseo, y Zulema procuró en vano disimular su temor, hasta que conociéndolo la esposa de Olea, le dijo:
—No os inquietéis, pronto estará Alí de vuelta.
—Mi corazón, bella Leonor, no sabe más que temer desdichas —contestó la mora.
—¡Pobre niña! Yo espero que por esta vez serán infundados tus temores.
—¡Ojalá!, amada amiga, ¡ojalá!
—Vamos, sosegaos; la menor circunstancia, la más insignificante basta para que Alí se haya detenido...