—No lo creas. Mi hermano no altera fácilmente sus costumbres: es niño en los años, viejo en las acciones.
—Bueno, pero a veces...
—Mirad, me parece que siento pasos, a ver si es Alí...
—No es Alí —contestó Hernando—, no es Alí, señora mía.
—¡Ah!, ¿vos sois, señor caballero? —le dijo su esposa—, ¿y vos también, señor conde?, norabuena, me alegro; venid a ver si podéis tranquilizar a esta pobre niña, ya llena de temor porque aún no ha vuelto su hermano.
—¡Bah, bah, señora! —exclamó Hernando—, ¿queréis que Alí viva como un ermitaño? ¿Quién sabe si alguna cristiana habrá sabido amansar su corazón?
—Tranquilizaos, amable Zulema —dijo el conde—, si Alí tarda, saldremos a buscarle.
Zulema se aquietó en efecto, al menos en la apariencia, y la conversación rodó algún tiempo sobre materias indiferentes; pero los ojos de la mora no se separaban de la puerta, y el mismo Candespina no estaba muy tranquilo tampoco, porque había llegado a conocer a fondo al conde de Lara. Tanto tiempo pasó que al cabo la inquietud por Alí fue general. Zulema lloraba; Leonor procuraba consolarla, pero también sufría; Hernando votaba; y el conde mandó ensillar algunos caballos para él, su amigo, y varios criados, que en dos tropas diferentes salieron en busca del moro por dos distintas puertas de la ciudad. Hernando rodó en vano largo tiempo por la campiña, pero don Gómez tardó poco en encontrar el cuerpo de Alí, inmóvil, cubierto de sangre, y con todas las señales de la muerte. Sería inútil decir la pena que le causó aquel espectáculo y las sospechas que le hizo concebir, porque son fáciles de suponer; y por lo mismo solo diremos que, recogiendo al infeliz moro, marchó con él a su casa, con intención de ocultar por algún tiempo tan funesto acontecimiento a la pobre Zulema; pero fue en vano. Apenas sintió la hermana de Alí las pisadas de los caballos en el zaguán, cuando, soltándose de los brazos de doña Leonor, se precipitó a la escalera y salió al encuentro de los que conducían a su hermano. Fue imposible evitar que arrojándose sobre el helado mancebo le abrazase estrechamente.
—Alí, hermano mío —decía, como si pudiera oírla—, vuelve en ti, escucha los lamentos de tu Zulema. —Y luego, soltándolo de repente—: pero no; no me escuches: he dado la muerte a mi padre, soy causa de la tuya. La maldición de Dios me persigue, soy un monstruo indigno de compasión. Huid de mí, huid, ¿no veis la sangre de que estoy cubierta? Es la de mi padre, es la de mi hermano: huid de Zulema... ¡Ah!... ¡Hamet!... ¡Asesinos! —aquí perdió el sentido la desdichada.
Condujéronla sus afligidos huéspedes a su lecho, y también a su hermano se le depositó en otro, en donde observaron con la mayor satisfacción que aún se descubrían en él señales de no haberse extinguido enteramente la vida. Cuantos socorros fueron posibles se suministraron al malherido moro, y merced a ellos logró recobrar el sentido; pero los facultativos no se atrevían a responder de su vida.