Alí había abierto los ojos, mas no profería una palabra. Su vista examinaba el aposento, y al parecer no comprendía cómo era que se hallaba en tal situación; y ninguno de los circunstantes se atrevió tampoco a romper el silencio.
Pero Hernando vino a poner fin a aquella escena muda. Cansado de sus inútiles pesquisas, había regresado a su casa impaciente ya por saber del moro:
—¿Ha padecido? —preguntó al primer criado que halló al paso.
—Sí, señor —contestó este—, y...
—Pues no lo decía yo, que al cabo..., pero nada, las mujeres parece que son las mismas entre moros y cristianos.
—Pero, señor, si...
Hernando, sin escuchar más, subió apresuradamente las escaleras y se fue derecho al cuarto de su esposa, que encontró vacío; otro tanto le sucedió en el estrado y habitación del conde, a que en seguida se dirigió; hasta que, por fin, entrando en la de Alí halló en ella reunida la mayor parte de las gentes de la casa.
—¡Qué diablos! —dijo al entrar—, creí que no había nadie en la casa; pero... ¡El cielo me valga! ¿Qué ha sucedido? ¿Qué tenéis, Alí? Decidme, conde, por San Pedro...
—Callad, caballero —le interrumpió uno de los cirujanos—, porque...
—¿Y quién sois vos, pese a mi vida, para mandarme callar?