Y diciendo esto enarboló el puño sobre la cabeza del cirujano, que lo hubiera pasado muy mal a no haber el conde de Candespina asido del brazo al impaciente Olea, y explicádole en breves razones lo sucedido. El enfermo, que desde luego había fijado la vista en la parte de su aposento en que pasaba la escena referida, prestó la mayor atención a las palabras del conde, y después de haberlas oído hizo seña con la mano a los dos caballeros para que se acercasen, lo que en efecto hicieron.
Viendo el facultativo que Alí trataba de incorporarse y se disponía a hablar, le dijo que era preciso que se estuviera quieto si no quería exponerse a graves riesgos; mas el moro le contestó:
—Cristiano, los días del hombre están contados, y tu ciencia no es bastante a parar el golpe de la espada de Azrael; déjame pues morir en paz. —Y después, dirigiéndose a don Gómez—: Conde, a ti solo y a tu amigo tengo que hacer una revelación importante.
—Despejad; y a nadie se permita la entrada hasta nueva orden —dijo a sus criados Candespina, y en un momento quedó el cuarto vacío.
Alí se incorporó en la cama: sus ojos, algunos minutos antes lánguidos y abatidos, recobraron al parecer el antiguo fuego, y aun el rostro algún tanto de los colores; el conde y su amigo le contemplaban atentamente. En la fisonomía de don Gómez se dejaba ver una expresión melancólica y profunda: miraba al moro con ternura y compasión, y con una especie de desconsuelo indefinible; pero Hernando brotaba centellas por los ojos: su arrugado ceño, el arrebatado color del rostro y la mano izquierda apoyada en el pomo de la espada, al paso que con la derecha enjugaba el sudor continuo de su frente, eran indicios de lo violentamente que padecía.
El hijo de Hamet habló por fin de esta manera:
—El tiempo es precioso para mí, caballeros: antes de muchas horas habré comparecido en presencia del Padre de los verdaderos creyentes; así, no seré largo. Me habéis visto retar a Lara: ignoráis por qué; y no debo bajar al sepulcro sin confiaros mi afrenta, tanto en muestra de mi agradecimiento, como para dejar asegurada la suerte de la triste Zulema.
—Deponed en ese punto todo temor, noble Alí —le respondió el conde—, si la desgracia hace, (que no lo creo), que perdáis la vida, vuestra hermana será la mía. Para contar con mi amparo no hay necesidad de que reveléis vuestro secreto.
—Conde de Candespina, Alí podrá morir, pero su gratitud a vos le seguirá aun más allá del sepulcro; pero escuchadme en silencio, porque siento faltarme las fuerzas. El conde de Lara ha seducido a mi hermana, violando las leyes de la hospitalidad y abusando de su inocencia.
—¡Malvado! Yo le juro... —exclamó Hernando; pero el conde le interrumpió.