—Dejadlo por ahora; escuchemos a este joven.

—Yo he venido —continuó Alí— a vengar mi afrenta; el cobarde, desconfiando de vencerme, me ha hecho asesinar.

—¡Santo cielo! —dijo ocultándose el rostro entre ambas manos Candespina.

—Por el alma de mi padre, que si eso es así, no ha de escaparse de las manos de Hernando.

—Sí —volvió a decir Alí, visiblemente complacido del interés que las exclamaciones del conde y Hernando manifestaban—, sí, me ha hecho asesinar y no puedo dudarlo.

—¿Cómo pues lo sabéis? —preguntó don Gómez.

—De la boca de los ministros de su crimen.

—¿Y han osado...?

—Creían que Alí ya no existía; pero aún alentaba y conservaba sus sentidos, cuando, viéndome caer del caballo, uno de aquellos perversos les dijo a los otros dos: «Esto se ha concluido». «Sí», le contestaron, «sí se ha concluido; pero hemos perdido un compañero». «A ese se le enterrará, y su parte en la recompensa prometida por Lope en nombre del conde de Lara...», le replicó el primero, y no pude oír más porque perdí el conocimiento. Conde de Candespina, guardaos del de Lara, o podréis tener mi suerte.

—No hará muchas más felonías, amigo Alí, yo os lo prometo a fe de caballero.