—Noble Hernando, vuestra amistad endulza mis últimos momentos; pero renuncio a vengarme; ¡no permita Alá que por causa mía haya de derramar una sola lágrima la bella Leonor!
—Imitad, Hernando, la cordura y generosidad de este valeroso caballero. Atacar vos al conde de Lara no sería glorioso ni conveniente en las circunstancias presentes de la patria; pero dejando esto aparte, Alí, yo os prometo a fe de caballero servir de padre a vuestra hermana si vos morís; y Hernando...
—Yo también lo juro sobre la cruz de mi espada; Zulema será mi hermana.
—¡Azrael, Azrael! Ven cuando quieras, el decreto del destino puede ejecutarse ya sin causarme temor.
Las manos del moro estaban cada una en las de los dos cristianos; Alí recostó la cabeza sobre la almohada; pronunció en voz baja algunas palabras en árabe, que se presumió ser de oración a su falso profeta, y como si la naturaleza no hubiera aguardado más que a que hubiese revelado su secreto para poner término a su vida, exhaló el último suspiro en brazos de los dos nobles castellanos, cuya tristeza concebirá el lector.
CAPÍTULO XIII
La muerte del joven y malogrado Alí produjo una consternación general en la casa del conde de Candespina, pues sus pocos años, el valor que demostraba y su mucha cortesía le habían granjeado en breve tiempo el afecto de cuantos le habían tratado. ¿Pero qué pluma sería capaz de describir el dolor de la inconsolable Zulema al perder el último de sus protectores naturales? No será la nuestra la que lo intente; quien no tenga un corazón de diamante comprenderá fácilmente la angustia de la desvalida mora. Mas aquel funesto acontecimiento dio al parecer nuevo vigor a su espíritu: la palabra venganza salió, por primera vez acaso, de sus labios; y absolutamente insistió en que se había de presentar a la reina a pedir justicia. El conde de Candespina no se opuso a que parte tan interesada como ella diera semejante paso; pero sí a que su amigo Hernando retase públicamente por traidor al conde de Lara, como quería hacerlo.
Tuvieron sobre esta materia Hernando y don Gómez un largo altercado, y lo único que el último consiguió del primero, fue que le prometiera abstenerse de hacer mención del hecho del asesinato, que no estaba enteramente probado se hubiese ejecutado por orden de Lara; porque si bien no era creíble que Alí en los últimos instantes de su vida, y desmintiendo su acrisolada virtud, hubiera inventado tan negra calumnia contra su enemigo, sin embargo parecía posible que, debilitado por la mucha sangre que había perdido, hubiese delirado la conversación que refirió pocos minutos antes de expirar. Este raciocinio, que logró calmar algún tanto la cólera del de Olea, no carecía de verosimilitud; mas por desgracia el infeliz Alí no había delirado.
Ya se ha visto en la última conversación que del conde de Lara con su confidente hemos referido, que el infame Lope había tomado a su cargo arrebatar al hermano de Zulema para llevarlo a uno de los castillos del conde, y evitar así que se opusiera a sus designios; pero Lope estaba avezado al crimen: todos sus horrores le eran familiares, y hubiera podido rivalizar con los espíritus infernales en la perversidad de corazón. La vida de sus semejantes era para aquel monstruo el objeto más indiferente: desgraciado de aquel cuya existencia le era bajo cualquier aspecto temible, porque poco tardaba en perderla. El proyecto de encarcelar a Alí le disgustó desde luego, «porque puede una casualidad», decía, «presentar al moro una ocasión de romper sus hierros, y entonces, ¡ay de nosotros! No, señor, no; cuando el conde vea muerto a su enemigo yo sé que se alegrará; y el perro además no ha de volver del otro mundo a contar quién lo ha despachado. Por mi cuenta sea: pocas horas le quedan de vida».