Formado este designio no pensó más que en su ejecución, principiando por espiar las acciones de Alí. Poco tardó en averiguar la costumbre que tenía de salir a paseo a caballo por las tardes, retirándose a su casa ya entrada la noche; y pareciéndole que no podía ofrecerse circunstancia más oportuna para su objeto, pagó a peso de oro los servicios de los cuatro malvados que dieron muerte al malhadado hijo de Hamet. Así que Lope supo que el crimen se había consumado, se apresuró a buscar a su amo para noticiárselo.
—Señor —dijo al presentarse.
—¿Qué hay, Lope? —contestó el conde—, dos solos días faltan para el de mi duelo, y Alí...
—No podrá presentarse en la palestra.
—¿Cómo? ¿Ya está preso?
—No, señor, pero..., Alí..., Alí no existe...
—¡Monstruo! ¿Qué has hecho?
—Yo nada: cumplir las órdenes de Vueseñoría.
—¡Miserable!, ¿y te he mandado yo por ventura que...?
—Vueseñoría me mandó que se le prendiese; pero que si se resistía se obrase según las circunstancias. Cuatro hombres seguros y decididos fueron a sorprenderle; en vez de rendirse, Alí dejó muerto en el campo a uno; otro expira tal vez en este instante de las heridas de su tremenda cimitarra...