—Bien, déjame ahora; ya hablaremos en otro momento en que esté más sosegado. Vete... Pero no: antes dime si estás seguro del silencio de esos...

—Sí, señor: dos de ellos, merced al sevillano, cerraron ya su boca para no volverla abrir. En cuanto a los otros dos, no querrán arriesgar sus cabezas...

—Y si se les ofreciera la vida y por ella nos vendiesen...

—No es creíble; pero en todo caso...

—¡No más sangre! ¡No más sangre!

—Unas yerbas bien preparadas...

—No, Lope, no. Recompénsalos liberalmente; y sea después lo que el destino ordene. Adiós.

Lara estaba realmente abrumado con el peso del crimen. Por una parte, nunca había tenido intención de privar de la vida a Alí; y por otra, veía que si el autor de aquel delito llegaba a descubrirse, no habría quien, al saber que era Lope, dejase de creer que se había cometido por orden suya. A todas estas reflexiones debe agregarse que la insolencia con que su criado acababa de tratarle, le hizo conocer, aunque tarde, que aquel malvado era capaz de venderle, siempre que sus intereses se lo dictaran, y por lo mismo se decidió a deshacerse de él sin tardanza.

La media noche sería, cuando seguido de varios de sus hombres de armas se dirigió al cuarto de Lope, que se hallaba durmiendo; despertáronle al entrar el conde y sus soldados; incorporose en el lecho, no sin algún sobresalto, y después de haber considerado atentamente a los que le rodeaban, se encaró con su amo preguntándole qué se le ofrecía.

—Levántate, sígueme y lo sabrás —respondió desabridamente Lara.