—¡Miserable! ¿Osas resistir?

—Comprendo vuestro designio: queréis que desaparezca todo vestigio...

—Silencio, o te cuesta la vida.

—Ingrato, antes morirás tú —gritó furioso.

Y hubiera ejecutado su designio si los soldados, arrojándose sobre él, no le hubiesen detenido; mas viéndose próximo a caer indefenso en poder del conde, dirigió contra su propio corazón el puñal homicida, y terminó de un solo golpe una vida que toda había sido un tejido de maldades.

Pero separemos la vista de este cuadro de horrores, y trasladémonos por un instante al alcázar.

La reina se ocupaba aún en su tocado, la mañana siguiente a la muerte de Alí, cuando se le anunció que el conde de Candespina pedía audiencia para él y una enlutada dama que le acompañaba. Sorprendió no poco a doña Urraca que el conde viniese con tal acompañamiento, pues debe advertirse que Zulema había vivido con tal sigilo en compañía de Leonor que nadie en la corte sabía que hubiese venido con su hermano.

—¿Conocéis a esa dama? —preguntó la reina a quien le entró el recado.

—No, señora; su rostro me es enteramente desconocido.

—Cosa rara. ¿Es joven?