—Una niña, si pueden creerse las apariencias.
—¿Hermosa?
—Sí, señora; pero su semblante indica alguna pena extraordinaria.
—El bueno del conde es el paño de lágrimas universal; mas no importa: que entre.
Obedeciose la orden de la reina, y a pocos instantes se presentó ante sus ojos la afligida mora, que para evitar las miradas de la curiosa plebe vistió un traje negro de su amiga Leonor, y no parecía sino que jamás había llevado otro. Como quiera que sea, la reina saludó graciosamente al conde con la mano y una inclinación de cabeza, y en seguida con una mirada, rápida y penetrante, examinó a la que le acompañaba. Zulema era hermosa, la reina mujer, y acostumbrada a ser el objeto exclusivo de las adoraciones: así, no es de extrañar que ver venir a uno de sus amantes con una joven de tan singular belleza causase en ella cierta sensación desagradable, que como a pesar suyo transpiraba en la manera con que se dirigió a don Gómez:
—¿Qué nuevo misterio es este, conde de Candespina?
—Un misterio horrible, señora; pero la desdichada que Vuestra Alteza ve a sus pies es quien debe hablar, no yo.
—¿Y quién es esta dama?
—Yo soy —dijo sollozando Zulema—, yo soy la infeliz hermana de Alí.
—¿Del moro que ha venido a retar al conde de Lara?