—Sí, señora —contestó el conde—, su hermana es.

—¿Y viene, por ventura —volvió a decir doña Urraca—, a desafiar por su parte a alguna dama de mi corte, o es tal vez a mí?...

—Señora —interrumpió con notable severidad Candespina—, dígnese Vuestra Alteza oírla hasta el fin, y después me parece que verá que esta desdichada merece al menos toda su compasión.

—Sois un celoso protector de la belleza, conde. Alzad vos, niña mía; alzad, y explicaos sin melindres ni rodeos.

Zulema no sabía qué era lo que pasaba por ella. El tono de la reina, sus miradas alternativamente irónicas y severas, y la aspereza con que sin causa la trataba, turbaron enteramente a aquella alma cándida e inexperta; pero el conde, cuyo carácter no era de temple que pudiese tolerar en su presencia tan notoria injusticia, tomó por ella la palabra, explicándose en los términos siguientes:

—Vuestra Alteza me permitirá que sea yo quien la explique la causa del dolor demasiado justo, demasiado verdadero de esta joven; de cuya veracidad parece que mi reina duda, aunque sin causa. La desdichada que ve Vuestra Alteza llora la muerte de su hermano...

—¿Qué decís? ¿Ha muerto Alí?

—Sí, señora, ha muerto.

—¿Y qué remedio puedo yo dar a ese mal?

—Remedio ninguno —interrumpió Zulema, cobrando aliento—; ninguno porque no hay poder humano capaz de darlo.