—Tú misma lo dices, mora. Te compadezco; mas nada puedo hacer por ti.

—Vengarme, señora, o por mejor decir, hacerme justicia.

—¿De qué?

—De sus asesinos.

—¿De los asesinos de quién?

—De los de mi hermano.

—Mujer, ¿qué dices? El dolor te ha trastornado el juicio.

—No, señora —dijo don Gómez—, no ha perdido el juicio. ¡Ojalá se engañase!, pero Alí ha muerto asesinado.

—¿Vos también, conde?

—Años ha, señora, que Vuestra Alteza me conoce, y debe saber que el conde de Candespina no ha faltado jamás a la verdad.