—¡El cielo me valga! ¿Conque asesinado, decís?

—¡Asesinado, asesinado! —exclamó dolorosamente Zulema: yo he visto las profundas heridas de su pecho: su sangre me cubre aún. ¡Justicia, reina de Castilla, justicia!

—Sosiégate, infeliz, sosiégate —respondió doña Urraca visiblemente enternecida—, y habla: ¿quién le ha muerto?

—Lo ignoro.

—¿Cómo pues se sabe que fue asesinado? Conde, explicádmelo.

El conde refirió a la reina el suceso de la muerte de Alí, omitiendo sin embargo la revelación hecha por el moribundo con respecto a Lara, en virtud de las razones que se han dicho. Doña Urraca le escuchó atentamente, y después, volviéndose a Zulema, le preguntó:

—¿Tenía tu difunto hermano algún enemigo en León?

—Sí, señora —contestó la mora—, uno y muy poderoso.

—¿Quién es?

—El conde de Lara.