—¡Virgen Santísima! ¿Cómo puede ser el conde su enemigo si no le conocía siquiera?

—Jamás había Lara visto a Alí hasta que vino a vuestra corte; pero la desgraciada Zulema, señora, no le es desconocida.

—No eran pues infundadas mis sospechas; tú has sido la causa...

—Sí lo he sido, aunque inocente.

—¡Traidor!... Al momento refiéreme cuanto haya pasado entre los dos.

Zulema se vio en la precisión de referir de nuevo la historia de sus tristes amores a doña Urraca, a quien solo la presencia del conde de Candespina era capaz de contener para que no prorrumpiera en amargas quejas contra el de Lara por haberla engañado. Mas a pesar de todo, la inclinación que tenía a don Pedro le hablaba aún a su favor: dudaba de la verdad de Zulema; y resolvió salir finalmente de su inquietud. Así que la hermana de Alí terminó su breve y dolorosa narración, dijo:

—Yo he de apurar la verdad de este asunto. Pasad, conde, con esta niña a la cámara inmediata, y esperad allí mis órdenes.

El conde obedeció y Zulema con él; y doña Urraca dio sus disposiciones para salir en efecto de dudas.

CAPÍTULO XIV