Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante entre los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes visitadores argentinos habrán visto mejor que yo los lados fuertes y débiles de la organización chilena, no prescindiré de unir mi testimonio al de los que se han producido por ambos lados de la Cordillera. Sinceramente, Chile quiere la paz. Mi condición de extranjero y, acaso, alguna facilidad mayor para gastar franqueza con algunos viejos amigos chilenos, me han dado la plena convicción de que, en la actualidad, todo peligro de guerra ha desaparecido—puesto que es harto evidente que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pensamiento de agresión. La grandeza de la República Argentina no se funda en las anexiones, ni perturban su sueño las glorias ajenas: nuestra verdadera anexión fecunda é irresistible de un fragmento de Chile, será la avenida de chilenos que pedirán el bienestar y la abundancia á las territorios del sud de Mendoza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada la agitación estéril que la cuestión de límites entretuviera entre pueblos de índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo asegurada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, tan pronto como Chile deseó que sucediera. ¿Completaré mi pensamiento? Creo que, al indicarlo siquiera, cumplo con un deber: lo que ha fomentado en Chile el deseo de la paz, es el convencimiento evidente, irrefragable de su necesidad.
Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de las situaciones respectivas, habríamos comprendido que, á pesar de las faltas, de las deficiencias, de las llagas visibles de nuestra organización militar, la partida era desigual y, á la corta ó á la larga, no podía su resultado ser dudoso. El «boa constrictor» que se pintara alargado en el Pacífico hasta tener su boca en Tarapacá, podía mover hacia la Tierra del Fuego su cola aprehensora: tiempo ha que los dardos caudales pertenecen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino era ya muy difícil, aun para un boa constrictor ¿cuánto más lo sería su digestión?—Los embarazos financieros y las inquietudes de la situación política justifican plenamente la actitud contenida del gobierno argentino. Pero, mejor informado, acaso hubiera juzgado que sus responsabilidades patrióticas no eran tan solemnes como se presentaban en la apariencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria, en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente pudo ser la entrega de sus pasaportes á un ministro imprudente ... En suma, todo ha concluido bien: all’s well that ends well.
Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha revestido esa vieja «túnica de Neso», empapada en sangre ponzoñosa y que se adhiere á sus carnes inoculándoles el virus funesto. Lejos de ser un remedio, las engañosas riquezas de Iquique son la fuente del mal. El Perú le ha contagiado el germen de su propia decadencia: la riqueza fiscal, desmoralizadora y corruptora, cuyos corolarios son la prodigalidad disolvente en los presupuestos, los premios ofrecidos al condottierismo electoral, la empleomanía, el militarismo que, no encontrando presa por fuera, la busca por dentro y se torna elemento agitador. Coincidiendo con la baja de su producción industrial y la depreciación de su moneda, la repleción de las arcas fiscales no sería un síntoma de salud, sino de apoplegía cerebral. Balmaceda no habrá muerto en vano si su partido vive ó debe renacer. La instabilidad del gobierno se acentúa, y la anarquía empieza á manifestarse en las formas terribles del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que los países nuevos sufran una vez en su vida esta viruela epidémica y febril: la anarquía social, ¿quién sabe si no ha sido mejor conocerla en los años juveniles de fácil curación y pronto restablecimiento? ¿Quién sabe si el estado presente del Brasil y el próximo de Chile no deben hacer llevadera para la República Argentina la larga prueba sangrienta que enluta su historia y que ya no puede volver?[2]
III
DE VALPARAÍSO Á LIMA
LA SERENA.—CALDERA.—ANTOFAGASTA.—IQUIQUE
Á bordo del Laja.
Aquí desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente por el viaje, que antes es tonificante y vigorizador, pero muy impregnado aún de vida argentina y casera; sobre todo, con el alma dolorida, magullada por los sacudimientos de la separación ... Al pronto, Valparaíso me pareció bastante mediocre de extensión y neutro de carácter. Á pesar del clima delicioso en este mes (abril) y del relativo confort de la vida física, el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni amplitud, la inevitable monotonía de una actividad, para mí exterior y ajena, me saturaron en seguida. Temí entonces mostrarme injusto para con el primer puerto de Chile, si me detenía en él tan mal «acondicionado», en la brusca soledad del extrañamiento, y tomé el portante para Santiago, donde me esperaban algunos amigos de juventud ...