Vuelvo hoy al «puerto» para tomar el vapor de Lima. No me encuentro tan aislado como en los primeros días. Gracias á la benevolencia de los diarios y al viento favorable que sopla de la Cordillera—¡todo de paz y fraternidad!—me han salido al paso nuevas relaciones, más fáciles y numerosas de lo que pude sospechar. Frecuento dos ó tres clubs, algunas casas de familia, visito establecimientos públicos. Por supuesto que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordiales ó simplemente corteses, que constituyen la conquista menos discutible de la civilización y, como si dijéramos, la moneda fiduciaria de la amistad. Me aprovecho de todo ello para mirar de cerca lo que antes entreví.
Mi primera impresión general se modifica muy poco. El verdadero Chile está en Santiago, no en Valparaíso.—Con sus barrios populosos del Puerto y el Almendral, sus muelles y docks de vaivén poco vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias de aceras europeas, medianamente agitadas, y cortadas por callejuelas que escalan al pronto los cerros rojizos; su población cosmopolita desarraigada, sus plazas é iglesias de imitación, sus tiendas previstas y sus monumentos modernos (el erigido á la «Marina Nacional» es interesante, si bien de efecto algo teatral),—Valparaíso es el puerto de comercio en sí, que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los menos vastos y pintorescos: el Rosario ó el Callao, Bahía y sus ascensores—menos el espléndido aderezo tropical,—una Veracruz más amplia y limpia, un Montevideo reducido á la mitad ... Pues, á pesar de las diferencias íntimas y el contraste de las latitudes, todos los puertos marítimos se parecen insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consigue nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, y, donde quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderos y aduanas, de los malecones ó wharfs, refleja la agitada monotonía del Océano.
Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros (Vicuña Mackenna) quien bautizó á Valparaíso. Extremeño ó castellano, el padrino llegado á Chile por el desierto de Atacama no sería descontentadizo en materia de paisaje. La boca del Aconcagua con algunos bañados verdecientes, acá y allá; el ondulado horizonte y la dulzura del clima pudieron darle la ilusión de un «valle del paraíso». Con todo, ¡fué mucho bautizar! El «paraíso» de Chile está en otra parte: en el rico valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las encantadoras florestas de Concepción y Arauco.
En lo tocante á Valparaiso, hoy mismo, después de transcurridos tres siglos de apropiación humana,—desde los altos barrancos que dominan la bahía hasta la playa de Viña del Mar y los esteros de Quilpué, la árida roca revienta donde quiera la capa delgada del humus, por entre los bosquecillos de vegetación artificial y las malezas de pencas y aliagas. Del glauco mar dormido hasta los próximos declives, la ciudad se alarga en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado Cerro, con sus casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en hilera, revuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquería de Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la cuesta y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque que leva anclas y vira lentamente, desfilan á flor de agua las fortificaciones que defienden la entrada; luego el arrabal del Barón, al norte, con su caserío pintorescamente escalonado en aparador sobre las blandas colinas. Se pone el sol tras la Escuela naval, en el extremo opuesto de la bahía; la ciudad se enciende poco á poco; las últimas chalanas vacías se escurren hacia la tierra; pasamos delante de un buque de guerra chileno, cuya banda nos despide con el God save the Queen ... Estamos en marcha, con rumbo á los países calientes.
No es este Laja el mejor steamer de la Compañía sudamericana, pero es estable y bien distribuído; todo el personal, del capitán al marmitón, parece gastar humor tan manejable como el mismo mar Pacífico. Cierto manque de tenue, y aun de real confortable, me parece ampliamente compensado por esta facilidad del trato, esta francachela de las relaciones personales que es el atractivo potente, aunque rara vez confesado, de la existencia «criolla»—contra la cual se murmura sin tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más tarde, en Londres ó París. Todo se arregla: tal es la divisa hispano-americana, que bien vale á muchas otras. En viaje, sobre todo, llegan pronto á cansarnos los reglamentos angulosos, las minuciosas prescripciones y prohibiciones contra cuyos artículos nos golpeamos á cada instante, cual contra el techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. Á trueque de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por las cosas, gustaríamos de sentirnos menos protegidos. Es lo que se logra sin esfuerzo en todas nuestras administraciones nacionales ...
Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera condición es estar solo en el camarote; la segunda, no estarlo en la mesa ó sobre cubierta. Cuando digo «solo», bien comprendéis que es remedio peor que el mal, esa larga mesa del comandante en que se inserta uno á la aventura, encontrándose demasiado tarde con vis-à-vis grotescos ó antipáticos, con vecinos extravagantes y fastidiosos que os cuentan cada día su historia con tal de averiguar la vuestra.—Yo tenía anuncio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador infatigable y geólogo sin par entre Catamarca y Copiapó,—¡l’homme de la montagne!—muy capaz, por otra parte, de interrumpir un análisis al soplete para escuchar un lied de Schumann, y hasta acompañarlo en el piano. Dotado de humor inalterable y estómago ejemplar, está en su casa á bordo como en un pozo de mina: enganchado á sus informes y correspondencias desde el alba, manipulando libros y planos, despachando en cada escala docenas de cartas á los innumerables comités, congresos y sindicatos de que forma parte; pues entra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan en el Pacífico,—sobre todo en las que se liquidan con estampillas y telegramas.—Compañero precioso bajo cualquier aspecto, pero muy ocupado entre sus comidas para no requerir un sustituto. Él mismo me le busca y le trae al día siguiente.
Ha tenido buena mano: el recién venido, que completa nuestra petite table reservada, es aún más interesante que el cateador. Es un alemán de aspecto simpático, espíritu fino y modales correctos, que no me atrae perdidamente el primer día, pero que gana con el trato: love me little, love me long.—Junto con la madurez, ha conseguido el bienestar material, es decir la independencia: habita parte del año en Berlín, parte en París, desde donde administra sin fatiga su casa de Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien instalado, recibiendo á literatos y artistas,—íntimo amigo de Sarasate,—saboreando la existencia en su otoño, cuando exenta de pasiones y excesos se torna en realidad pacífica y buena.
Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con frecuencia, después de una fuerte educación universitaria ha librado la batalla de la vida material, ganándola en quince ó veinte años. Los negocios no eran para él un fin, sino un medio: los ha plantado allí, tan pronto como pudiera. Es un sabio; y el gusto de las cosas del espíritu le ha preservado en parte del egoísmo de los solterones. Está de vuelta de muchas cosas, como bien pensáis,—entre otras, de la intransigencia patriótica que perturba la digestión,—pero no de la ciencia, del arte, de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, los dos muelles de la moderna filosofía; ama nuestros libros, nuestros salones, nuestro teatro: ni fariseo ni filisteo, aspira con delicia esa flor suprema de la civilización que se llama París. Algunas veces, por la siesta, en la toldilla donde relee á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir versos del Fausto, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisito Intermezzo:
Mir träumte wieder der alte Traum...
Pero, lo que siente profundamente, como todos sus compatriotas, es la música, el arte sagrado y nacional. La conoce en todas sus obras maestras, de Bach á Wagner y Grieg; se expresa sin necia preocupación acerca de los matices de la interpretación contemporánea, desde nuestra orquesta del Conservatorio—perfecta por la maestría y la habilidad técnica—hasta la ejecución de Bayreuth, incomparable por el fervor religioso y lo concienzudo de la iniciación ... Y todo esto, en el enredo de las maniobras, en el vaivén de los pasajeros chilenos, peruanos, bolivianos, que enarbolan gorras bordadas y trajes extravagantes para jugar al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta el anochecer, tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos» de bananas y canastos de aguacates.—Me ofrezco el placer de observar á mi germano que, al principio tan frio y reservado, se entibia poco á poco en este roce familiar de cada hora, de cada instante. Por varios días, ha estado indeciso y, como decimos, tanteando el agua, adelantándose con mesura y precaución. Á la altura de Mollendo, está completo el deshielo; en Lima, donde tendremos que separarnos,—pues él sigue camino para Nueva-York y Europa, en tanto que me detengo en el Perú,—me exige la promesa de volvernos á ver en París ó Berlín: y todo ello muy seriamente, con una insistencia, un cálculo meticuloso de las direcciones y épocas probables, en que siento el deseo sincero de estrechar esta amistad de chiripa. Nos separaremos con íntimo pesar.—Y forman la dulzura triste de los viajes, estas efímeras simpatías tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo como amorces sin empleo: esas tentativas de mutuo ingerto, de espíritu á espíritu, cuyo destino se acaba allí, sin que sepamos jamás si, con el tiempo, hubieran prendido y prosperado ... Disimule el lector la complacencia con que he referido mi única conquista en el Pacífico.