Dolce far niente!
Esta navegación del Pacífico, entre Valparaíso y Panamá, es de una serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el aire fresco ó tibio, el mar apenas arrugado por la brisa del largo, que llega débil, como cansada, del lejano fondo occidental: todo conserva un aspecto tan sosegado y apacible, que ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el comisario que, en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave está distribuída casi como un barco de río, con la fila de camarotes sobre cubierta; á partir de Guayaquil, los pasajeros duermen al aire libre, sin la aprensión más lejana de un golpe de mar: los mismos camareros sacan los colchones de las camillas y los tienden sobre el puente; y á medianoche, cuando vagan los ojos en el estrellado cielo, buscando el «camino de Santiago», óyese el flic-flac de las sábanas bajo la brisa deliciosa.—Los pasadizos, hacia popa, están obstruídos por los vendedores de frutas y legumbres, que exponen su mercancía en escaparate, como en el mercado, sin cuidado por el balance imperceptible; renuévanlas en cada escala, cambiando sus verduras del sud por las bananas, piñas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa nos llega por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado en todos los puertos de la costa: las ovejas tiradas en montón, hechas ya fardos de lana; las mulas chúcaras que cocean hasta en las chatas; los pobres bueyes pasivos que se dejan izar de las astas, sacando afuera sus ojazos despavoridos ... Uno de los tráficos importantes de la línea es este abastecimiento de algunas poblaciones y salitreras del litoral, en que no crece una mata de pasto,—donde sólo puede vivir el hombre empujado por la sacra fames: allí está, miserable y grandioso, encarnizado, invencible, desventrando la montaña metálica, escarbando aquel ingrato suelo, para extraer el nitrato que, en otro parte, engordará los surcos extenuados y hará brotar las mieses opulentas, ¡gracias á este mismo polvo blanquecino cuya presencia es aquí un indicio de incurable esterilidad!
Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste del horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, es el inmenso mar, el vacío infinito del Gran Océano que desarrolla en la luz sus anchas olas quietas, apenas onduladas por su misma amplitud, mucho más alla de esa línea esfumada donde el sol rojo se hunde cada tarde: hasta la Polinesia, las islas de coral vagamente presentidas; más lejos aún, á través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado Oriente. Por la derecha: la tierra próxima que no se pierde de vista; arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca que se costea sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los Andes, con su cabeza encanecida. De este lado, la ola corta, siempre estremecida y retozona, parece que se divierte eternamente en acudir á la orilla, en emprender el asalto del acantilado que nunca tomará. Se siente que es un juego,—el juego seductor y formidable del abismo. Estas son las glad waters de Byron, las olas ociosas y festivas que, sin tener nada que hacer, brincan independientes y ligeras, desgarrando en los dientes del escollo su collarín de espuma. Aquellas otras, pesadas y lentas, son «medios de transporte»: hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga, bajo los enormes navíos que deben soportar. Casi inspiran lástima; y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, las «cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles han bautizado con tanta gracia risueña ...
...Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las visiones evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os envuelven en las largas horas de mecedora monotonía que á bordo diluyen la vida. Fácilmente se volvería á las sensaciones primitivas, á las ilusiones ingénuas de los marinos griegos y los viejos pescadores bretones, que miraban deslizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal, ó revolotear en la cresta de las olas, alciones de plata que eran almas en pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, la siesta meridiana os aletarga en un delicioso entorpecimiento, abdicación gozosa del querer y pensar, en el vacío de una fantasía apenas esbozada, que flota abandonada y pasiva, bajo el aliento de este sopor más reposado que el mismo sueño.—Así deben sentirse vegetar los árboles tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, de las raíces carnosas á las ramas eternamente verdes, su sangre henchida de jugo nutricio, la rica savia exuberante que siglos de floración perenne no pueden agotar ...
Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, devolviéndome á la maquinal existencia de pasajero-encomienda nos 66-67, á estribor. Encuentro en el comedor, pegando sobres delante de la sopa servida, á mi infatigable compañero chileno, el corresponsal automático que me recuerda al personaje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse las cartas que él mismo se dirigía. Mi amigo alemán acaba de releer á Schopenhauer: me habla del Nirvâna budhista, que es el supremo bien, siendo el aniquilamiento absoluto, la consecución del no-vivir. Lo conozco su Nirvana: yo soy quien lo disfruta—mientras no me perturba la campana fatal ...
Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es cuando el mar recobra todos sus derechos. Por más que nos esforcemos en prolongar la velada, sufriendo interminables sesiones de ajedrez, agarrándonos de cualquier rama, aceptando las peores coartadas: es fuerza, al fin, como el Tircis de Racan, penser à faire sa retraite. Las primeras noches teníamos momentos exquisitos: una señora norteamericana, después de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabaptistas, algunas sonatas clásicas; se producía un amplio y saludable vacío á nuestro derredor, la gente huía á toda prisa: era un encanto. Pero nunca lo bueno es duradero. Un robusto mozo chileno, gobernador de un departamento del norte y muy prendado de una joven pasajera, le ha descubierto—prematuramente—talento musical. La pareja se apodera del piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los ascendientes; y es ¡un degranamiento delirante de habaneras, polkas y «perlas de salón» contemporáneas de la conquista! La dulce criatura toca según el precepto evangélico: ignorando su mano izquierda lo que hace la derecha. Pero se ensaña contra las teclas, vacilantes y amarillas como dientes de abuela, con una energía muy superior á su edad. Se estremece el piano secular bajo el asalto de esta furia juvenil, que parece tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo de proa donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplausos frenéticos.
Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á medias, en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que una caja de violín. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan el sueño arisco. El ritmo sordo de la máquina semeja la pulsación de un monstruo potente que nos arrebata en la noche y el vacío; se percibe contra el bordaje el continuo chorrear del hondo surco abierto, como por una reja de arado ciclópeo. Me siento fuera de la vida normal, muy lejos de las ciudades bulliciosas—más lejos aún del rincón familiar. La larga procesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y dulce. Se sufre con no poder retener delante de sí, en el campo de la imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, siempre: los seres amados, cuya memoria nos punza en cualquier hora cual invisible cilicio, se borran á los pocos segundos, sin saber cómo, bajo perfiles desconocidos de transeuntes entrevistos en un puerto, en un tren, que vuelven á renacer con estúpida insistencia y nos persiguen con un encarnizamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los que se adhieren al corazón por cada fibra: se recuerda una inflexión de voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, un gentil balbuceo de niño, que ayer nos hacía gracia y hoy nos da gana de llorar ... Y luego, otros resurgimientos involuntarios, más esfumados y lejanos, pero revividos por la sugestión del medio idéntico: la evocación de otros viajes por el mar, menos tranquilos y vacíos que éste, cuando érase joven y se abrían de par en par las puertas del porvenir, en la esperanza y el pleno orgullo de la vida ... En el silencio de un solo rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma como el agua de una esponja embebida; y ese perpetuo chorrear de la ola contra la borda parece la fuga rápida, la vuelta irrevocable de la existencia misma hacia los limbos del no ser.
Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que cae en el mar. Al pronto, produce cierta molestia la brusca inmovilidad; abierto el tragaluz, un puerto aparece: casas escalonadas en la costa, el penacho de una locomotora que trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y allá. Ello sucede aquí todos los días; y en un primer viaje, cuando no se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las mañanas en tierra y de las noches á bordo que duplica la travesía, produce agradables paréntesis en la navegación. Se pisa tierra con júbilo; se muda de régimen; se observa una nueva faceta de la pobre humanidad; se toman croquis y apuntes instantáneos. Hé aquí algunos.
Coquimbo.—La Serena.