En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un ribazo abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera de la Costa, Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de pintada madera ó zinc acanalado. Forman los techos ligeros, latas de alerce: lo mismo podrían ser de tela ó papel, pues entramos en la zona pétrea—que se prolonga más allá de Lima—donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el norte, La Serena, capital de la provincia, se depliega en abanico sobre una meseta que domina la bahía, dentro de un marco de verdura: es una verdadera ciudad, al lado del pequeño puerto de aspecto mezquino.
Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más seguro que el de Valparaiso,—batido, en invierno, por los vientos del norte. Los comandantes ingleses lo prefieren también por otras razones menos meteorológicas: no ofrece tantos peligros como el gran puerto chileno para las «andanadas» de las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que ahora, en la apacible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más que de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación, Warspite y Melpomene, arrojan la imprevista nota guerrera de sus erizadas torres y sus blindajes cuadrados que se reflejan duramente en el agua inmóvil.
Á la distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se desprendieran de los mismos nidos de la aldea marítima, adherida á la árida roca—igualmente obligadas, aves y gentes, á alimentarse de la mar. Se compadece desde lejos á los pobres seres humanos que, sin duda, han naufragado allí, manteniendo su existencia precaria á fuerza de pescados y mariscos; y por poco nuestra ignorancia esperaría que acudieran á la playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales á la nave que les volverá á su patria ... Desembarcamos, y tropezamos donde quiera con docks y almacenes, escritorios y tiendas: un vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, de señoras con gorras floreadas, de soldados ingleses con la estrecha casaca roja, el casquete minúsculo pegado á la coronilla—á guisa de cápsula-tapón de esas botellas ambulantes.—Los hilos telegráficos y telefónicos se cruzan en las bocacalles, los pianos en actividad acompañan los roncos cantares de las tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos el tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesante, cuenta á mi compañero chileno—quien, por supuesto, tiene parte en el negocio ¡por correspondencia!—las peripecias de no sé qué tramway eléctrico ya concedido ... Así visto de cerca, ¡encuentro que está bastante «en el tren» el nido de gaviotas!...
Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, va perdiendo su aspecto marítimo. En los repliegues ensanchados del terreno menos pobre empiezan á verdear algunas cañadas; los dormidos pantanos reflejan los juncales de sus orillas, pobladas de aves acuáticas. Unas cuantas vacas pacen en las praderas húmedas; casitas de campo y alquerías con labranzas de Liliput escalan los declives y parecen abrigarse bajo la cornisa rígida y desnuda de la montaña de granito. Uno que otro arroyo sinuoso corta la vía ... Casi creería cruzar la provincia de Córdoba, hacia Quilino ... cuando después de una curva, por una escotadura del talud, el mar reaparece, como un fragmento de pizarra con una punta de lápiz en su centro: es nuestro Laja imponente, la cárcel flotante que, dentro de dos horas, nos volverá á encerrar.
Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, y que no parece en vía de rejuvenecer: muchos edificios desmoronados y en ruínas; en otros se han calafateado con tabla ó con zinc las brechas del adobe. Al revés de Coquimbo, la hallamos medio vacía, y la habitación resulta muy ancha para el habitante. Por todas partes, caserones silenciosos, tiendas sin clientes, aceras sin transeuntes. Una bonita plaza bien sombreada, llena de flores, está desierta. La catedral—pues es cabeza de obispado—está sólidamente construída en sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allí sostienen, según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos conocidos, desde el pelásgico hasta el italiano de exportación. En mitad de la fachada más ó menos griega se yergue, asentado en el mismo entablamento, un complicado campanillo cubierto con el casco-tiara de Juan de Leyden.
Se nos pasea por las desahogadas calles; algunos naturales abren sus ventanas, perturbada su siesta por la herrería insólita de nuestro anciano vehículo.—En una esquina, saliendo de una capilla, un ramillete de muchachas nos hace recordar que á la poesía le basta un poco de espacio y de sol, un rayo de belleza y juventud, caído en cualquier rincón de la tierra, para despuntar y florecer: una de ellas, pálida y grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos más negros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como una Preciosilla extraviada entre cíngaros ... Y nunca sabrá, nunca jamás, que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, anda por el mundo, cristalizado en una frase, como gota de agua en un fragmento de cuarzo hialino.
Un conocido de mi geólogo—tiene en todas partes, ¡hasta en la China-town de San Francisco!—se empeña en llevarnos al club: el café, la posada, la confitería—sobre todo el mentidero del lugar. Por el momento, la sociedad está siguiendo una «guerra» lánguida—faute de combattants. Se nos recibe con tacos abiertos; ¡en el acto, una vuelta de vermut internacional! Me presentan á algunos notables; el redactor de la Reforma: un camarada jaranero y palmeador, de terno gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su hoja de col bi-semanal como de una cosa terrible, una máquina de guerra formidable que los «intrusos» de la Moneda miran con inquietud y temblor; un viejo «capitalista»: usurero probable, vestido á la moda serenista de hace treinta años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra un sablazo de Damocles; otro «literato»: una fuina rubia, amable en demasía, que escribe «también» y me trata como cofrade. J’en passe ... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de enfrente. Por lo demás, la provincia entera ha permanecido fiel á su antiguo senador que la enriqueció: es la razón de casi todas las convicciones políticas y el secreto de todas las popularidades,—do ut des.—Pero declina el día; por más que nos cueste, tenemos que romper ese círculo fascinador: el cocktail del estribo ¡y con brindis esta vez! Mi compañero brinda por La Serena, Coquimbo y Guayacán—¡esas tres Marías!—cuyo progreso y prosperidad, etc. ¡Viva Chile etc!... Acompañamiento triunfal hasta la estación. Esperaba un serenata que ha faltado: sin embargo era éste el caso—y el lugar.
Caldera.
Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicírculo, con la población en el fondo, formando anfiteatro; algunas casas de dos pisos,—recuerdos de pasado esplendor; la aduana, los docks, la estación del ferrocarril que baja de Copiapó y termina en el muelle. Algunas desvencijadas garitas de baño, esparcidas en la playa, acrecientan la impresión de decadencia y abandono.—En el momento de bajar á tierra, un muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero regalo y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, á cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, me las venderá más frescas y hasta las sacará en mi presencia.