Al dirigirnos allí, mi compañero inseparable me muestra una punta de verga que sale del mar, precisamente en la querencia de las sardinas: pertenece al Blanco Encalada, echado á pique por la torpedera Lynch, durante la campaña revolucionaria.—Recuerdo que en Europa, en dicha época, se pretendió extraer de este desastre un nuevo argumento en favor de los torpedos ... Por este ejemplo,—y otros análogos ó peores,—lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina de guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de aristocracia moral: una institución cuyas altas responsabilidades necesitan apoyarse en una larga y gloriosa tradición de honor, de abnegación heroica, de virtud varonil. La situación del marino embarcado, sobre todo en tiempo de guerra, es la vida jugada á cara ó cruz. Allí el deber no es materia divisible, que pueda cumplirse á medias, como en tierra alguna vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo todo, so pena de caer cien grados bajo cero. ¿Qué significaría una marina de parada, cuyos galoneados jefes no supieran resistir á la tentación de divertirse en tierra, mientras que el enemigo ronda en acecho al rededor de la desertada nave? ¿Qué oficial sería aquel que, en el supremo instante del peligro, no se acordara de su rango sino para separar su suerte de la de sus hombres, y, con tal de salvar el pellejo, abandonase la tripulación en su épave desahuciada? Sin duda, la alternativa es tremenda; pero eso mismo es el principio y el fin de la noble carrera. El navío de guerra es un claustro heroico: no entréis en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentís con la vocación sublime; pero, mientras estéis allí, depositario de la bandera patria, cualquiera debilidad humana, cualquier resabio de egoísmo puede arrastraros al deshonor.
Aquí, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las versiones varias que he recogido en Caldera y otras partes, parece resultar que la oficialidad del Blanco estaba en tierra esa noche, fraternizando con los voluntarios de Copiapó, cubiertos de flores por las señoras entusiastas. Se dice que fueron omitidas las precauciones más elementales; la Lynch pudo acercarse para disponer su ataque. Sólo puso en alerta el primer torpedo lanzado: era demasiado tarde; con el sexto, que dió en el centro, la nave se fué á pique. Me hablan de ciento ochenta muertos, fuera de la pérdida del acorazado que, entonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los congresistas ... Pero no tomemos microscopio para mirar la paja en el ojo ajeno.
El bote llega sobre el Blanco á pique. La admirable transparencia del agua deja ver, á tres metros, todos los detalles del coloso volcado en el flanco: el casco de acero, las baterías y troneras abiertas, la cubierta rajada. El blindaje verde-azulado, como chapeado de escamas obscuras, está invadido por incrustaciones de mariscos: toda una población submarina hormiguea allí, alimentándose todavía con vestigios humanos que no han acabado de disolverse en el entrepuente y los camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen en torno del anzuelo: véselas, como por el cristal de un aquarium, precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de días y semanas «entibie su ardor». El pescador levanta su caña metódicamente, á ciencia cierta, casi sin mirar si está el pececito enganchado en la punta. Me arrima su cesto lleno para que escoja, diciendo en tono insinuante: «Elija usted las más aceitosas». ¡Aceitosas!... Procuro reaccionar en obsequio del positivismo: repetirme que, según las doctrinas más flamantes, tal es el circulus de la vida universal, en que se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, diariamente, trago sin verlas otras y peores combinaciones ... Me hallaréis melindroso y repulgado: pues bien, decididamente, á pesar de Darwin y su escuela, no probaré las sardinas «aceitosas» de esta nueva Bahía de los Difuntos.
La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como fuera mero reflejo su rápida prosperidad. Por sí misma, nunca valió gran cosa; pero era la puerta de Copiapó—ese efímero Potosí de la provincia de Atacama. Si huelgan estos ingenios y no se escapa el humo de las altas chimeneas; si esta línea férrea que serpea en la montaña—y fué la primera de la América del Sud—no alcanza á la décima parte de su tráfico antiguo, es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio siglo atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña California de la plata, afluyeron emigrantes y aventureros; la aldea capital recibió un empuje de crecimiento increíble; poblóse este desierto, donde al principio el agua era más escasa que el precioso metal. Aquí se recogieron, en pocos años, las grandes fortunas de Santiago. Centenares de argentinos acudieron de las provincias andinas, Catamarca, Tucumán, Salta, y, tras ellos, el grupo de los proscritos de Rosas.—Un antiguo vecino con quien almuerzo (en un caserón vacío que con voz muda refiere la pasada opulencia), me habla familiarmente del abogado Rodríguez, de Alberdi, del doctor Tejedor que enseñaba entonces, en el colegio local, un cúmulo de materias—¡además del francés! También conoció mi huésped á Sarmiento, fantástico mayordomo de la mina Colorada, de donde tuvo que salir por «incapacidad»; todo marchaba á la desbandada, en tanto que el escritor en ciernes incubaba al Facundo, ¡y que el futuro grande hombre soñaba con Buenos Aires ó Argirópolis!
Debería escribir algún poeta—como lo hiciera Bret Harte para su California—la historia psicológica y real, mezcla de cálculos, experimentos y leyendas supersticiosas, de estos modernísimos Argonautas ... Estimulo á mi huésped, y veo encenderse sus ojos apagados al hablar de panizos y de derroteros perdidos. La historia de Juan Godoy, el descubridor de Chañarcillo,—cuya estatua se alza en Copiapó,—es un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y pintoresca del inolvidable Alí-Babá: nada le falta, ni la caverna, ni los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora—ni los «cuarenta ladrones».
La tradición es ingeniosa é interesante: os la referiré menudamente, alguna noche de invierno. Se han recogido en los Folk-lores las leyendas de la selva y del mar: las de las minas son más locales, menos nómadas y trashumantes. Algunas se conservan, en Chile y el Perú, desde los tiempos incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y Kobolds de las grutas subterráneas no han sido inventados todos en Alemania ó Escandinavia: se los encuentra en la Cordillera, más reales si no tan antiguos. La superstición moderna se ha ingerido en el mito. Así, después de los monstruos fabulosos, comunes á todos los tiempos y regiones, que guardan los tesoros ocultos, aparece aquí la india centenaria, la bruja que todo el mundo ha conocido: Flora Normilla, la madre de Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secreto bajo una fórmula enigmática, reservando su descubrimiento para algún Edipo de corazón valiente y espíritu sutil.
Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumerables los antiguos mineros de Caldera y Copiapó que, semejantes á mi huésped, no se han resignado á la ruina, creen firmemente en una vuelta de la fortuna, y, después de perder su resto de vista en escudriñar los polvorientos archivos de las capillas y escribanías, dan al fin con el buscado derrotero, transmitido bajo juramento por un moribundo: invierten entonces sus últimas pesetas en expediciones y cateos, en procura del famoso Reventón del Zorro, fácil de reconocer por una serie de cruces profundamente marcadas á cuchillo en las rocas del sendero, y que viviente alguno volvió á encontrar, ni acaso lo viera jamás ... Después de todo, esa poesía inculta é inarticulada vale más que la nuestra, artificial y vacía como una cavatina: sea cual fuere su sueño en la tierra ¡dichosos los que sueñan, pues vivirán consolados de la realidad!
Antofagasta.
Bahía, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bastante, salvo que aquí la bahía está completamente abierta, el mar siempre picado, y las casas parecen más numerosas y pintorreadas que en las villas del sud. También Antofagasta es un producto minero, y muy reciente: fué el descubrimiento de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede decirse, la población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por los valles de Salta, los gruesos dieces de plata que rodaban por allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy pronto; muchos que acudían desde lejos llegaron tarde. La marea ha bajado y el distrito minero ha perdido mucha población. Con todo, Antofagasta no ha sufrido la suerte de Caldera, gracias á su ferrocarril á Huanchaca—otro Caracoles—y á Oruro, en Bolivia.