También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es en Tarapacá donde se debe observar lo que puede hacer un solo producto exportable con un abominable desierto: Iquique es Nitrópolis.—Aunque la actividad es aquí notablemente menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos son idénticos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso la elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, bajando de la montaña, y descargan la materia bruta, el caliche rojizo, al mismo pie de los aparatos de tratamiento. Sucesivamente triturado, cernido, anegado, el producto disuelto pasa á hervir en grandes calderas sobrepuestas; este líquido decantado deposita la substancia terrosa en el fondo de los defecadores, pasando luego á la evaporación para cristalizar.
Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilones, como de draga; luego se expone al sol en estrechas regueras donde se completa la cristalización. Esa nieve reverberante se recoge con pala y se despacha en bolsas á Europa y Estados Unidos; es lo que comemos, transformado en trigo y legumbres.
Hoy es domingo y, además, marca este día un aniversario memorable en los fastos locales ¡la fiesta de los bomberos! La ciudad entera está de pascua. Encuentro al Intendente de la provincia—hombre de mundo, inteligente y cordial—de gran parada, con la banda roja y blanca bajo el frac. Todas las compañías de bomberos están sobre las armas; hay cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes guerreros, de estandartes multicolores, de cascos resplandecientes. Chilenos disfrazados de yankees, italianos de bersaglieri, ingleses de horse-guards, alemanes con cascos de punta y anchas barbas de Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusiasta. Pero todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso: estos esclavones forman aquí un grupo compacto y obstruyen, con su inevitable vich, las muestras de la ciudad. Han pedido y obtenido el privilegio de sustituir el pendón austriaco por su vieja bandera provincial cruzada de emblemas, y, con orgullosa satisfacción, la despliegan al viento, blanca y triangular, cual vela levantina. Vamos á la iglesia en corporación; las bandas estallan al mismo tiempo que las campanas echadas á vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña, que nos deja helar en la sombra, todos los notables—de que formo parte—rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del palacio de tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los bomberos.
Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablemente las mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, tiesos, marciales, combando el pecho, enganchados á sus bombas relumbrantes, satisfechos y gloriosos como el regimiento de Madrucio[3].—Hasta estos últimos años, Antofagasta, como el resto del litoral, no disponía sino del agua destilada: naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos á la «porción congrua». La institución languidecía, poniéndose sombría la vida. Pero tanto se forcejeó que se dió con el agua. Una compañía ha captado un arroyo en la montaña y lo trae al puerto, atravesando treinta leguas de cañería. ¡Qué entusiasmo, entonces, qué febril impaciencia, en acecho del primer siniestro que se hacía esperar! Y cuando estalló por fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de salvamento, cuánta bomba en batería, cuánta agua! Que d’eau! ...—Lo mismo sucede en Santiago y en Valparaíso; pululan las compañías de bomberos voluntarios: es una vocación irresistible. Conviene agregar que cumplen valientemente con su deber, sin hacerse esperar ni quedar alardeando en las aceras. Bastante los he visto en función, allá, donde regularmente se producía un incendio por noche—¡á veces dos!
¡Al fin, solos! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y su banda oficial; el capitán del puerto—un teniente de navío, instruído y amable—desabrocha espada y charreteras, y corremos al almuerzo. Dos buenas horas de charla. El Intendente, jovial y decidor, no agota sus anécdotas sobre la revolución, los Estados Unidos, que conoce á fondo, los collas que, al apearse de sus cumbres, quedan aturdidos y entusiastas ante el primer palmito blanco que les sale al paso,—en cualquier «venta» que, semejantes á Don Quijote, «imaginan ser castillo». Hacia el champagne, también el capitán acaba de desabrocharse y me desliza sub rosâ confidencias estupendas sobre el reverso de la campaña congresista.
Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del Resguardo nos avisa que el comisario del Laja reclama la salida.—«¡Cómo, su despacho! que espere el bote: saldréis con el señor, cuando concluya ...» Pasa otra hora; al fin, levantamos la sesión y me embarco en la falúa de la capitanía, con una mar alborotada—así es casi siempre en los puertos del Pacífico—que no mueve al vapor en su fondeadero. Y ante los oficiales y pasajeros furiosos por el atraso, me guardo muy bien de hacer alusión á mi calaverada bombo-gubernativa.
Al salir de la bahía de Antofagasta, doblamos la Punta Angamos, en el extremo de una arista pedregosa. Á derecha é izquierda pelícanos enormes, con su ancho pico de teja y su «coto repugnante», como diría Musset, puntean el mar con sus manchas parduscas; vuelan torpemente, rasando las olas y dejándose caer como piedras para asir el pez entrevisto que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda las sardinas de Caldera. Aquí fué capturado el Huáscar, después de muerto el almirante Grau—¡doble desastre igualmente irreparable para el Perú!
En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, así como los chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno y otro—aparte los quilates personales de que no soy juez—consiste en que Prat fué ante todo un ejemplo, un símbolo, mientras que el otro era una fuerza efectiva: la mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El marino peruano fué grande por su vida, como el chileno por su muerte. ¡Invencible tendencia idealizadora de las muchedumbres! Arturo Prat, cuyo supremo sacrificio—contra todas las versiones enemigas—debe ensalzarse como un rasgo de heroísmo igual al del caballero d’Assas, no tuvo más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo, aparece más grande que su émulo quien, durante meses, bastó á detener su patria en la pendiente del abismo. Prat es simbólico, y como tal quedará en la imaginación popular, mucho después que el combate de Iquique y toda la campaña estén casi olvidados.
Para apreciar la magnitud del desastre aquí sufrido, es menester recordar que hasta hoy, entre las naciones del Pacífico, no existe más camino que el océano: quien es dueño del mar se adueña de la tierra. La campaña naval, pues, fué la base y condición de la guerra; no pudiendo ser la terrestre más que su consecuencia y conclusión. He ahí por qué el concurso de Bolivia—aunque fuera efectivo—tenía que ser de escasísimo valor; y por qué también, en el caso de una guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serían del todo distintas.—Á pesar de su ejército inferior y de la pérdida reciente del Independencia en Punta Gruesa, mientras el Perú conservó su rápido monitor para proteger sus convoyes, atacar los de los chilenos y forzar los bloqueos, pudo tentar la fortuna. Después de Punta Angamos, el denselace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida. El ejército chileno podía elegir su hora, su punto de desembarco, bombardear y saquear el litoral, sin temer una sorpresa ni que se cortaran sus comunicaciones.—Todas las publicaciones especiales han celebrado las atrevidas correrías de ese pequeño Huáscar, que vino á ser un enemigo temible, debido á su agilidad y á la audaz pericia de su comandante. Sorprendido, aquí mismo, entre los dos blindados Cochrane y Blanco, se defendió desesperadamente. Derribado y muerto Grau en su torre de mando, por un obús del Cochrane, tres ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y cayeron á su vez. El Huáscar fué tomado en el momento de irse á pique, cubierto de cadáveres y heridos ... Cuando se vuelve á ver el monitor ahora chileno, tan menudo al lado de su enorme adversario, se admira al vencido aún más que al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los valientes de uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.