Iquique.

Nadie sospecharía, por el aspecto, que estamos ya en territorio legítimamente peruano, y otros que el enemigo hereditario—Erbfeind—podrían engañarse de buena fe. Es siempre la misma costa á la vista, árida y desierta entre dos puertos inmediatos, sin una mancha verde en que pueda asentarse la errante fantasía. Todo llega á cansar, hasta el mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de pisar esa nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de sol.—Á la distancia, se manifiesta ya la importancia industrial de Iquique: los muelles cubiertos de vagones penetran en el puerto, hasta el fondeadero donde numerosos buques están cargando,—entre ellos el magnífico velero de cinco palos La France, uno de los mayores del mundo, especialmente construído y dispuesto para el transporte del salitre. Por la falda abrupta de la montaña trepa atrevida la línea férrea: los trenes se suceden con breve intervalo, todos cargados de caliche: contamos hasta seis que bajan juntos, uno tras otro. Las altas chimeneas de los ingenios derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que dan la ilusión de nubes lluviosas.

Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasajeros chilenos tienen tiempo sobrado para devanar el doble relato histórico que tuvo en esta bahía su trágico escenario. En el punto mismo donde nuestro Laja ha fondeado, es donde la corbeta Esmeralda fue echada á pique por el Huáscar: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista de Grau que no le pudo salvar. El mismo día, un poco más al sud, en Punta Gruesa, la cañonera Covadonga, acosada por la Independencia, atrajo á ésta sobre las rompientes donde se perdió. Por fin, es muy sabido que Iquique fué el punto de reunión de las fuerzas revolucionarias y el asiento del gobierno congresista que venció al presidente Balmaceda ... Toda esta costa del Pacífico está sembrada de recuerdos guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas, compensa con su nobleza la indigencia del aspecto físico.—En general, la inferioridad de los paisajes americanos, comparados con los europeos, proviene de estar desnudos de esas huellas humanas, que orientan y llaman hacia lo pasado nuestra imaginación. Aquí la historia es de ayer, pero tan patética, que no requiere perspectiva para ostentar grandeza.

La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de infantil en su alegre decoración: parece una soñada ciudad japonesa de tabla pintada, casi de cartón, cuyos tabiques se vendrían al suelo si les arrimara el hombro «mi hermano Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con verandá y peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un doble techo abierto para pasar la siesta, al resguardo del implacable sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. La playa está cubierta de garitas: tan seco es el aire y tan tibia el agua, que los extranjeros se bañan afuera el año entero. Toda la ciudad tiene el aspecto exuberante y rico de una población minera en su apogeo: las calles enarenadas revelan cuidado y limpieza exóticos; los almacenes y tiendas, llenos de mercancías costosas, rebosan de compradores: chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, señoras de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la vista, por las abiertas ventanas, los muebles y cortinajes lujosos. El salitre da para todo—hasta para los frecuentes incendios que arrasan periódicamente manzanas enteras de estas frágiles construcciones. Oigo decir que la misma arena de las calles, mezclada de salitre, ¡se ha incendiado alguna vez! Lo cierto es que las compañías de seguros perciben el diez por ciento.

La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus calados kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y mejores que en Santiago—lo que, á la verdad, no es mucho decir. Se respira un ambiente de bienestar: la anchura de la vida rumbosa, el dinero que fluye abundante y fácil—en desquite de la rudeza del trabajo. El mes pasado, el Banco de Iquique puso en jaque á los grandes establecimientos de Valparaíso. Almuerzo en casa de un caballero peruano, un tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen recuerdo: servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos legítimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. La casa está bien puesta, confortable, aunque flamante; en el piso alto un espacioso escritorio lleno de cuadros y libros. El dueño de casa, inteligente y cultivado, es el consejero y árbitro autorizado en negocios salitreros. Ha escrito folletos técnicos y una excelente Geografía de Tarapacá; pero se interesa en otras cosas que la «salitrería»: por ejemplo, en las urdimbres políticas de Piérola, para quien me da una carta que pongo en mi cartera, junto á la que llevo desde Buenos Aires para Cáceres.

El centenar de fábricas en actividad—pertenecientes casi todas á compañías inglesas—han exportado el año pasado cerca de 20 millones de quintales métricos de nitratos elaborados: podrían producir el doble sin temer que, antes de un siglo, se agotara la zona explotable. Pero la demanda actual del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped, adversario de la «inflación», ha combatido la formación de compañías nuevas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exportación, sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos veinte millones de pesos: es lo más limpio de la renta chilena; y se comprende cómo el primer y exquisito cuidado del gobierno, en plena guerra, fuese «organizar provisionalmente» el territorio que sponte sua no evacuará jamás.

Tarapacá es el reino mineral: la única planta que allí existe es fósil: el tamarugo, que da su nombre á la pampa salitrera del Tamarugal. Aunque el agua abunda ahora, desde que una sociedad la trae de un valle andino, ningún árbol prospera en la arena hostil que absorbe el líquido—como por una criba—sin humedecerse. Fuera de la plaza principal, donde languidecen algunos pinos raquíticos, no se ve rastro de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de ensueño en que nos transporta el poeta de las Flores del mal,—llena de mármoles y agua vivas, pero donde las piedras preciosas reemplazan á las flores y follajes. Por eso, en Iquique, se tiene como excursión predilecta ir á Cavancha, á beber tisana de champagne bajo un kiosco, donde un europeo ha realizado el prodigio de hacer crecer algunas flores, dentro de un metro cúbico de tierra vegetal importada! Esos rudos trabajadores, americanos y europeos, después de sus faenas en la mina y el escritorio, ejecutan el invariable programa de recorrer tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en tranvía, para aspirar la débil fragancia de algunas rosas ó gardenias que crecen precarias y enfermizas, como niños en un asilo ...

Continúa la navegación; los puertos y escalas se suceden, pero el interés decae: se parecen demasiado unos á otros. Después de Iquique, he aquí á Pisagua: una muralla de conglomerados arcillosos de un millar de metros, á pico sobre la estrecha playa en que la aldea cuelga sus graderías; un borracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los chilenos tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas: es de una audacia inaudita—un irreflexivo heroísmo de araucanos. Con todo, uno se dice que, puesto que la guerra existe, es así como se debe hacer. Son esos golpes de loca intrepidez los que desconcertaron á los aliados—sobre todo á los bolivianos, que pronto abandonaron la partida. Un antiguo oficial—chileno por cierto—me cuenta que algunos pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se daban vuelta para gritar á los rotos feroces: ¡No sea usted grosero!... El dicho caricatural es el residuo y la cruel moraleja de la campaña.

Arica viene en seguida; pero llegamos al anochecer para alzar anclas dos horas después. No bajo á tierra y doy las gracias al gobernador melómano que había pedido por telégrafo que nos preparasen caballos para trepar al Morro.—Como un soldado que custodia una zagala: encima de la ciudadita de ópera-cómica se yergue la masa prismática, inaccesible, duramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de las habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-florida, ese espacioso chalet que resulta ser la aduana, ¡aquel oasis en el desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de hojas verdes que no son de zinc! Todo ello se exhibe muy pegadizo y flamante,—y vienen á la memoria los terremotos, las espantosas marejadas ciclónicas que azotan á las poblaciones y les impiden envejecer.—Luego, un islote fortificado vuelve á traer la nota trágica; los ojos se clavan en ese Morro fúnebre donde, esta vez, la defensa fué tan encarnizada como el ataque; allí unos y otros se batieron furiosamente. Después de rechazar la capitulación con los honores de la guerra, el coronel Bolognesi y casi todos sus jefes cayeron, muertos ó heridos—incluso el comandante Sáenz Peña que se granjeó allí, merecidamente, el rencor indeleble del vencedor.

Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso interés: la costa está lejana, á veces difícil de alcanzar con estas canoas chatas, en que los indígenas traen frutas á vender. Hombres y mujeres llevan el desairado sombrero oval, tal cual se encuentra en las pintadas figuras de otros siglos ... Después de Ilo y Mollendo,—donde embarcamos á una parisiense de Puno y un marsellés de La Paz,—Pisco despliega su ancha vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, se entreven los valles umbríos, plantados de cañaverales y viñedos—los que producen el aguardiente famoso en todo el litoral. Algunas casas blancas, campanarios, chimeneas de ingenios emergen de los follajes. Llegan mujeres en piraguas, como en los tiempos de la conquista; y con los mismos modales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los españoles, nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, tejas de cidra en confite, pasas de sabor exquisito—casi de balde. ¿Qué vale la fertilidad asombrosa del suelo, si está muerto el comercio, y, como ya en Lima, falta la salida que desarrolle la producción?