En los meses de octubre, noviembre y diciembre, he recorrido varias veces los Estados del centro y del este, deteniéndome algunos días en sus más importantes poblaciones, fuera de estancias repetidas en Washington, Boston y Nueva York. Pudiera ahorrarme lo primero en beneficio de lo segundo, pues nada útil he extraído de las rápidas excursiones, y por ellas he tenido que abreviar las permanencias provechosas.

Al viajar desde Chicago á cualquier región del este, el rasgo general que hiere la vista es la densidad creciente de la población, mejor dicho, la multiplicidad é importancia de los centros comerciales y fabriles. Las ciudades populosas se suceden como ganglios á lo largo de la vía férrea; se siente la aproximación de los viejos Estados del Atlántico, de las genuínas colonias inglesas que han sido el núcleo de la nacionalidad y el primer receptáculo de la inmigración europea. Pero, de Cincinnati á Baltimore y Filadelfia, como de Cleveland á Pittsburg ó Buffalo, la uniformidad invernal de la campiña refleja la de las agrupaciones humanas; apenas si, acá y allá, rasga la niebla del vago recuerdo un punto luminoso y alegre,—sólo acaso porque me tocara entreverlo bajo el claro sol de invierno y el cielo azul—así Toledo y su parque á orillas del lago Erie; la blanca Indianapolis, libre del hollín de Cincinnati y Chicago, con su vistoso monumento á los soldados anónimos: ¡Indiana’s silent victors! Pero aun antes de la nieve niveladora, la campiña, en el Ohío y Michigan, carece de la majestad que ostenta la sabana ilimitada, entre el Missisipi y los montes Rocallosos, sin cobrar la amenidad de los valles y colinas de California. Acabado el verano, con sus mieses doradas y sus verdes praderas, el suelo desnudo ha sido despojado de su único atractivo. La cadena de los montes Alleghanies accidenta la monótona Virginia, y su cruzada en ferrocarril abre un paréntesis en el tedioso viaje; en la tarde de otoño, una impresión de dulzura triste se desprende de los montes rojizos, de los enebros y encinas, cuyos follajes herrumbrados contrastan con el verde obscuro de los abetos, sobre el fondo pálido de la helada pradera. Pero muy luego vuelven á sucederse interminablemente las mustias heredades, cubiertas de bañados ó de ralos encinares que rodean las casillas de madera y techo de zinc, fabricadas por millares para ser transportadas y armadas en cuatro días, en cualquier punto del territorio. Son hogares trashumantes, casi tan movibles como la tienda del pastor, y que tal vez no duren bastante para ver florecer los arbustos frutales plantados en su contorno. La tierra americana se cansa pronto, y sus explotadores abandonan sin tristeza el campo arrendado, en cuanto deja de «pagar». Aun en el oeste casi virgen, con el despotismo de los sindicatos compradores de cereales, hase vuelto tan precaria la suerte de los agricultores, que muchos entregan sus campos roídos de hipotecas, y prefieren trabajar á jornal. El seno de la gran nodriza se ha secado al viento de la especulación. Por otra parte, esta nodriza es una mercenaria. Nada hay aquí que se asemeje á la pasión entrañable del labriego francés por su terruño. Aquél, en verdad, se une indisolublemente al campo heredado ó adquirido, que las generaciones han fecundado con el sudor de su afán. Para este rural advenedizo, la tierra vale lo que produce; cuando ella deja de ser remuneradora, levanta sus frágiles penates y los transporta más allá; y por eso no se asienta en sólidos cimientos la casilla sin musgo ni enredaderas, donde los hijos no han nacido ni los abuelos morirán.

Desde mediados de diciembre, el crudo invierno se ha desplomado bruscamente en los Estados del centro; sorda y espesa, la nieve ha caído sin interrupción durante una semana, y el blanco sudario que envuelve campos y ciudades se perpetúa por la congelación. El viajar ahora es melancólica tarea; por lo demás, menos penosa aún que durante el verano. Mejor que en región alguna de Europa—donde el confort se reserva para la vida casera—los yankees han resuelto, amplia y democráticamente, el problema de la comodidad material. Han sacudido el yugo de las estaciones; en verano, con los bloques de hielo y el agua á torrentes por todas partes; en invierno, con la calefacción, tan general é intensa, que envuelve la vida urbana y viajera en una atmósfera aisladora y tibia: á tal punto que, lejos de sufrir por el frío polar, el forastero lo desea, y procura por una hora la tónica reacción, sabiendo que, á cualquiera parte que se dirija, el paseo á pie por las aceras congeladas será un breve paréntesis al confortable ambiente del calorífero.

He dado una última carrera de despedida por el oeste, y, después de Navidad, vuelvo de Chicago á Boston por la orilla de los lagos, deteniéndome en varias ciudades manufactureras; algunos puntos negros sobre el fondo implacablemente blanco: tal es el efecto general del paisaje en la retina; y el residuo sensacional es un despliegue abrumador y monótono de la misma fuerza física. Las ciudades negruzcas que atravieso, asentándome en ellas horas ó días, según el humor (gracias al socorrido unlimited ticket): Detroit, Cleveland, Pittsburg, Buffalo, son inmensos talleres fabriles y febriles, que despiden el potente rumor del esfuerzo humano y evocan imágenes monstruosas de cíclopes fraguando metales en las cavernas volcánicas:

Ac veluti lentis Cyclopes fulmina massis
Quam properant...
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Sucédense los «enjambres» mineros, más numerosos y compactos á medida que se interna el viajero en el New York y Pennsylvania; de noche, por entre el velo espeso de la niebla y el humo que enrojece los focos de gas natural, y hasta la cruda incandescencia eléctrica, esos grupos infatigables é insomnes revisten no sé qué apariencia fantástica. Tienen su enérgica existencia propia, al parecer independiente de la que se adapta al curso de los astros y al cambio de las estaciones; en la muerte universal que cubre las campiñas, y el invierno que aletarga la vida orgánica, los gnomos subterráneos se alimentan sin duda con los metales que extraen y amasan, con los aceites minerales que manan de la roca, sin conocer más sol que los gases inflamados, más brisa que el hálito de sus fuelles gigantes, más nubes que los penachos de humo que se retuercen bajo sus bóvedas de hierro y granito. Y en la fuga nocturna del tren por el campo de nieve, las negras poblaciones atravesadas, que dejan la sensación de bloques de carbón sobre un pavimento de mármol, se llaman—¡amarga ironía!—Roma, Ithaca, Troya, Siracusa: nombres prestigiosos y sonoros que llevan el espíritu á las regiones luminosas y bendecidas, donde la fácil existencia no cuesta tanto afán: á los siglos antiguos, en que á la esbelta humanidad, vagando á sus anchas por el planeta desocupado, bastábale pedir sus frutos espontáneos al suelo intacto y sus peces al mar, para levantar gozosa el himno de la vida y proseguir el sueño de belleza que poblara el universo de dioses y héroes ...

Pero son ociosas las miradas hacia atrás, y casi impíos estos votos regresivos, si en las comarcas antes felices de la vieja Europa la pobreza creciente impone su ley de bronce, y en la misma patria del arte se han secado las poéticas fuentes del pasado al cierzo realista del presente. Bien hacen las tribus proletarias en desdeñar la gleba empobrecida, si es cierto que la exuberante Cibeles americana brinde á las bocas ávidas un seno henchido y desbordante de savia nutricia ... Pero ¡ay! ¡ilusión más triste que la vieja realidad! También la estrechez y la miseria han asomado hoy en los territorios casi vírgenes ayer. Las minas y fábricas conocen las huelgas dolorosas, ya motivadas por la escasez del salario, ya por el exceso de producción. Estos Estados Unidos, que ostentaban orgullosos su desarrollo material, han crecido en efecto con velocidad portentosa, pero también han madurado con asombrosa rapidez; en el mundo nuevo, lo propio que en el viejo, los problemas solemnes é ineludibles comienzan á surgir; las mismas exigencias se formulan aquí, sin que las atenúen, como allá, las tradiciones de la raza y el amor de la patria venerable. La madrastra se ha tornado para muchos tan estéril como la madre; y en Chicago y Pittsburg, en Brooklyn y Filadelfia, como en Birmingham y Roubaix, millares de trabajadores sin trabajo, bajo el viento y la nieve, tienden al transeunte sus pobres manos ateridas que, no sabiendo ya levantarse al cielo en ademán de súplica, se cierran hacia la tierra en actitud de amenaza.

Boston.