La capital del Massachusetts y metrópoli de la Nueva Inglaterra cuenta 500.000 habitantes (900.000 con los suburbios); es, después de Nueva York, el gran emporio comercial del Atlántico; en su inmenso puerto, más de 10.000 buques cargan y descargan anualmente 4 millones de toneladas, que representan un intercambio exterior de 150 millones de dollars; posee 4000 fábricas industriales; después de Londres, es el primer mercado de lanas del globo; tiene 60 bancos nacionales en actividad, y, en las cercanías del Correo y la Municipalidad, el tráfico de Washington street no es inferior al de Broadway; por fin, relativamente á su población, es la ciudad más rica de los Estados Unidos, como es la más antigua y la primera en gloria histórica. Ahora bien: Boston oculta, por así decirlo, el business que Chicago ostenta; se muestra más orgullosa de sus escuelas y librerías que de sus talleres y depósitos. Como un millonario de tradición y gusto, ella no lleva al visitante ante su caja de hierro, sino á su Biblioteca y galería artística; y en los clubs, en los hoteles, en las reuniones sociales—hasta en las salas de redacción de los diarios,—conoceréis que os toman por un viajero «de distinción» si os dirigen al pronto esta pregunta: What do you think of our public schools?[57]
El Massachusetts ocupa, en efecto, el primer puesto en los Estados Unidos, no sólo en la educación primaria y superior, sino tambien en la cultura general. Mejor dicho, la preocupación y el amor de las disciplinas intelectuales forman su característica, como el comercio en New York, la especulación en Chicago y la política en Washington. Desde este punto de vista excepcional hay que mirar á Boston, aceptando con docilidad y complacencia la actitud que ella misma elige, no sólo porque es más noble y elevado este rasgo sobresaliente, sino porque presenta el resumen más exacto de su fisonomía.
El aspecto de la vieja capital es marcadamente inglés, más aún que el de Filadelfia. Desde la cúpula dorada de State House, que domina la colina comunal en que se agrupara la primera población, se contempla el vasto panorama de la calada bahía, con sus importantes distritos suburbanos de Charlestown, East y South Boston, Roxbury, Brookline, Cambridge, que son otras tantas ciudades. Se tiene al fin bajo los ojos algo que no sea el eterno tablero rectangular salpicado de enormes buildings advenedizos: las calles oblicuas se retuercen irregularmente, como las arterias de un organismo, obedeciendo á una ley más profunda que la regla y el compás de un ingeniero; los parques sinuosos—the lungs, como aquí se dice—parecen en efecto «pulmones» vitales y no simples polígonos verdes. Del tumultuoso oleaje petrificado, surgen islotes que son verdaderos monumentos, reliquias históricas impregnadas de humanidad y tradición, y cuyo costo venal no puede valorarse: templos, museos, academias, casas consistoriales, hospicios, mercados, colegios seculares, que algo recuerdan ó remedan con su estilo, y que me guardaré de enumerar ó describir.
Bien sé que no se trata sino de una «Atenas» puritana y colonial, y que fuera excesivo pedir á los peregrinos del Mayflower el fino gusto de nuestra raza: no es de la opulenta Boston de quien se ha dicho que le infligió la suerte el dono infelice di bellezza[58]; y no me empeñaré en demostrar que la estatua del coronel Prescott ó el obelisco de Bunker Hill sean de muy distinto orden estético que otros adefesios americanos. Con todo, y no residiendo la fealdad de las cosas útiles sino en la presencia de elementos incoherentes ó inapropiados, compréndese cómo los años y el desuso tengan una virtud armonizadora; y por esto, sin duda, se desprende para mí no sé qué belleza moral y pensativa de la abandonada Old State House y del macizo Faneuil Hall, regalo agradecido de un hugonote francés que, con su morada de refugio, legó al Massachusetts la cuna de su futura libertad[59].
Reina armonía profunda entre el carácter material de la población y la índole de sus habitantes. El mismo sello de bienestar tranquilo, de lujo sólido, de honrada placidez y satisfacción interna, se deja ver en las gentes, los edificios y las instituciones. El Hub está en su quicio, y los puntos de la circunferencia giran debidamente alrededor del centro de gravedad. Poco se habla aquí de monstruosas fortunas improvisadas por «reyes» de tal ó cual industria ó especulación, pero sí de muchas posiciones holgadas, debidas al largo trabajo metódico, al equilibrado presupuesto casero y, como en Europa, á la fácil economía: las cajas de ahorros (Saving banks) tenían el año pasado más de 90 millones de dollars en depósito. Pero, lo que vale más aún y es más europeo: no se habla del business fuera del escritorio. Los comerciantes y banqueros tienen á tanta honra ser admitidos en St. Botolph Club, donde dominan los abogados, clergymen y literatos, como en el aristocrático Somerset, que blasona de sangre azul (blue blood), es decir, de una inmigración un poco anterior á las otras. Por lo demás, muchos bostonianos pertenecen á uno y otro, y en la misma noche he visitado, fuera de los nombrados, el democrático Suffolk y el Papyrus literario con las mismas personas. Á este propósito consignaré un detalle significativo.
Llegaba á Boston provisto hasta el recargo de cartas de introducción para diferentes funcionarios y particulares; esta paper currency de la recomendación circula tan abundante en la América del norte como en la del sud; regularmente no tiene más efecto útil que mantener las relaciones de cortesía entre mandante y mandatario, desempeñando el portador (¡cuente V. con un amigo! very glad!) un papel análogo al del cartero en día de Año nuevo. En general, una sola, bien elegida, es suficiente, como basta una vela encendida para que se trasmitan lumbre todos los del entierro. Una hora después de mi llegada é instalación en la excelente Adams House (¡plan europeo!), fuí á entregar personalmente en la redacción del Pilot la única carta que de Buenos Aires traía para Boston, dejando dormir en mi maleta todas las demás, dirigidas á personajes encumbrados. La persona destinataria[60] me recibió con una cordialidad que todavía me conmueve, y me presentó allí mismo al primer redactor, Mr. James J. Roche, que ha sido mi agradable compañero y guía eficacísimo en la simpática población. No he necesitado más para que se me abrieran de par en par las puertas de los hogares, de los clubs, de los establecimientos públicos—y formar parte, durante unas semanas, del Todo-Boston ilustrado y social. No digo que en otras partes la incorporación sea más difícil—al contrario—pero se trata de Boston, del Hub civilizado de los Estados Unidos, y he querido hacer una excepción para lo que es de suyo excepcional.
Tampoco debe exagerarse la característica escolar de la antigua metrópoli puritana, ó deducir de ello que se muestre poco amiga de diversiones y elegancias ligeras. En ninguna ciudad americana es más «activa» la vida de club para los hombres, de funciones sociales, artísticas y caritativas para las señoras—fuera, por supuesto, del paseo á las tiendas ó shopping que, en todos los tiempos y regiones, constituye el bonheur des dames. Es broma gastada en toda la Unión, aquello de los inseparables eye-glasses de las muchachas bostonienses: es la pura verdad que ni por sus lentes ni por su belleza y frescura se diferencian sensiblemente de las de San Francisco ó Baltimore. Más distinguidas en general que las del Oeste, menos estrepitosas que las de Nueva York, las reuniones mundanas de Boston nada pierden en punto á brillo y alegría por acercarse más á las europeas. Pero es cierto que aquí se respira en todas partes una atmósfera moral de seriedad y anhelo educativo. Menudean las conferencias científicas, literarias y pedagógicas, casi siempre públicas y gratuítas. Son casi diarias las audiciones musicales de las varias sociedades de profesores ó aficionados; y los programas clásicos de la Händel and Haydn Society, los cuartetos de la Harvard musical Association, sobre todo las ejecuciones de la Boston Symphony Orchestra, revelan una cultura artística tan profunda como difundida. Existen, sin duda, espectáculos teatrales para todos los gustos,—y no revela el peor de todos el éxito inagotable de Jefferson en Rip Van Winkle, ó el de Dailey en A country Sport, la celebrada farsa de Columbia Theatre,—empero, para juzgar del espíritu dominante, debe asistirse á una representación de Irving y Ellen Terry en el Globe Theatre, y comprobar la atención respetuosa, el silencio admirativo de la cuajada muchedumbre ante el Merchant de Shakespeare ó el Becket de Tennyson; Irving, envejecido y tísico, sólo ha conservado la dicción admirable; pero Ellen Terry, aunque también bastante pasada y marchita, guarda siempre su extraña gracia de leyenda sajona, su encanto fantástico de mujer-niña shakespeariana. Sobre todo, es tan perfecta é inteligente la restauración decorativa de la obra maestra, que la función teatral se convierte en una solemnidad literaria y artística. Como en Bayreuth, la sala está á obscuras durante la representación; la mejor sociedad ocupa los balcones y la platea, en traje de calle: visiblemente, se ha venido á escuchar, no á exhibirse; y tan distante está este público de una «Gran Ópera» mundana, como el actor y literato inglés del ridículo cabotinage de un Coquelin.
Los clubs que he frecuentado revelan carácter análogo, hasta en sus mismos instantes de relativo unconstraint, después de media noche; aun entonces están más concurridas las salas de lectura y conversación que las de poker, y si se indulge un poco en el brandy and soda, es casi siempre con un fin recomendable y para estimular una discusión intelectual. Casi todos ellos tienen excelentes restaurants, sin exceptuar el New-England Woman’s Club; el de Somerset lo tiene especial para señoras, á más de un lujoso supper-room. Por supuesto que en las comidas periódicas de otras asociaciones, como las del sábado del Papyrus Club, reina franca alegría, si bien no me ha parecido que degenerase el humor en el horse-play de otras francachelas profesionales, entre las cuales ocupan el primer rango—es decir, el piso bajo—las del Clover Club de Filadelfia[61]. La recepción del St. Botolph, á que asistí, fué al contrario un modelo de cordial urbanidad; se sentaban á la mesa lujosa, al lado del gobernador R., abogados, jueces, banqueros, periodistas, artistas, en fraternal igualdad, y agregaré de paso—como rasgo del espíritu bostoniense—que, á pesar de estar presentes varios extranjeros «de distinción», tocóle al más humilde la derecha del presidente, sólo porque le presentara el periodista y ex presidente del club Mr. J. Jeffrey Roche, á título de literary man[62]. Antes de llegar á los postres, el presidente me advirtió caritativamente en voz baja que me iba á «llamar» (to call), y así tuve tiempo de «improvisar» mentalmente las cuatro frases en mal inglés con que correspondí á su brindis amable. Después de los saludos á los huéspedes y sus respuestas agradecidas, se inició de un borde al otro de la mesa un fuego graneado de chuscadas en prosa y verso, para nosotros incomprensibles, pues estribaban casi siempre en los nombres y apodos de los comensales; y á poco circuló de mano en mano la monumental loving-cup de plata, en que cada good fellow, después de un gran saludo á la concurrencia, absorbía de pie su trago de champagne. Terminada la sobremesa, y en vista de que eran apenas las doce de la noche, se nos llevó en procesión al Suffolk, que pasa por ser el club menos «convencional» de Boston. Y, bajo la nieve espesa que caía en silencio, la larga comitiva, formada en parejas mancomunadas contra el hielo resbaladizo, se desenvolvía, negra sobre blanco, por las aceras de la ciudad pedagógica y puritana.
Antes de resumir las impresiones diversas que han producido en mí las escuelas y facultades del Massachusetts, no dejaré de mencionar sus numerosas bibliotecas públicas y especiales que, junto á las Sociedades científicas y literarias, á los Conservatorios de música y Museos de bellas artes ó historia natural, completan el organismo educativo, y constituyen en conjunto lo que con legítimo orgullo se denomina el cerebro y el espíritu de la ciudad—the brain and the mind of the city.
Cuando la visité, no estaba la Biblioteca pública instalada aún en su palacio en construcción de Dartmouth street, con sus regios salones y sus bóvedas ennoblecidas por las «Musas» de Puvis de Chavannes; pero ya, en su antiguo y relativamente estrecho local, frente al Common, era sin duda, no sólo la mejor de los Estados Unidos, sino una de las instituciones más bellas é imponentes del mundo civilizado. No constituyen, como en la Biblioteca del Congreso, la ancha base de su riqueza cuantitativa, unos trescientos mil volúmenes oficiales é informes administrativos, sino que figuran en su masa enciclopédica, además de las producciones fundamentales de la ciencia, la historia y la literatura de todos los países, verdaderos tesoros bibliográficos, dignos algunos de emular los de la Bibliothèque Nationale ó del British Museum. Casi todos los escritores del Massachusetts han legado una parte ó el todo de su librería á la pública: Everett, su primer presidente, 1000 volúmenes; Bowditch, 2500; Ticknor, 7500, con su inapreciable colección española; otros han multiplicado las donaciones en dinero, ó adquirido valiosas librerías para regalarlas: así los 12,000 volúmenes del fondo Barton, que comprende todas las ediciones de Shakespeare y algunas rarísimas de la antigua literatura francesa. Con todo, lo realmente admirable en el establecimiento, es el servicio interno, así de la casa central como de sus nueve sucursales. Entre sus 150 empleados hay más de 100 mujeres, jóvenes casi todas y admitidas por concurso; en los salones de lectura estudian en silencio centenares de personas, de todas las edades y condiciones; pero el servicio mayor de la Biblioteca consiste en los préstamos á domicilio, que pasan de 1.300.000 obras anuales, de las cuales sólo se pierden ó reemplazan por deterioro, según me afirma el Chief Librarian, unos 800 volúmenes (exactamente 1 por 16.000). No hay catálogo completo encuadernado; pero sí grupos de tarjetas ó fichas, ordenados en el doble orden alfabético y por materias, y que cada lector puede consultar libremente en los casilleros que rodean las mesas: economía en el servicio y comodidad en la investigación.