Existen actualmente (1893) en Boston 585 escuelas públicas generales[63], que pueden agruparse como sigue para nuestro concepto latino: 1º instrucción secundaria (primeros años): una escuela normal, 10 escuelas superiores y de latín; instrucción primaria: 55 escuelas de gramática, 476 de primeras letras y 43 Kindergartens. Hay un personal docente total de 1364 maestros, que se descompone así: 163 hombres; 1201 mujeres[64]. Ahora bien, fuera de la dirección de algunas escuelas de gramática, no existe un solo maestro en la instrucción primaria: está exclusivamente confiada á la mujer. Es la primera explicación de su excelencia. La educación infantil es, en efecto, obra de paciencia solícita y de disciplina casi maquinal, en que la mujer americana (sobre todo la bostoniense) tiene que sobresalir, mayormente cuando su tarea está regularmente distribuída y encajada, por así decirlo, en programas, textos y preceptos pedagógicos de una claridad y eficacia insuperables. Repito que algunas Primary Schools de Boston me han dado la idea de la perfección. Los locales son generalmente agradables y cómodos, sin el relumbrón advenedizo ni las proporciones inadecuadas de otras partes; los educandos, varones y mujeres, evolucionan, material y moralmente, con una precisión metódica y, si vale la expresión, una «autodocilidad» que causan admiración. El material escolar, desde el mueblaje hasta el texto de lectura (tengo en vista, sobre todo, la bonita Franklin serie de lectura, en cinco tomos graduados)[65] es el último eslabón provisional de una cadena de mejoramientos incesantes, estimulados por el interés y la competencia. Las maestras—regularmente, las exportadas no dan idea cabal del género—poseen todas las cualidades profesionales: revelan una convicción profunda en el cumplimiento del deber y un ardor de propaganda patriótica que es producto del medio ambiente. Ni tampoco debe evocarse una imagen de teacher rígida y casi asexuada, que fuera un programa en acción. Desde luego, casi todas las maestras primarias son jóvenes, como los tenientes en el ejército; muchas de ellas elegantes y bonitas; todas correctas, dignas (dignified), criadas las más pobres en esta atmósfera de independencia y altivez, en que entra como elemento principal este triple concepto: 1º que los Estados Unidos son la primera nación del mundo; 2º que Boston es el Hub de los Estados Unidos; 3º que la función educativa es la más noble y honrosa que exista en la República. Dadas todas esas premisas, como decía, la consecuencia era fácil de prever; y causa una suerte de respeto el asistir á las lecciones y ejercicios infantiles, que sin duda realizan el ideal tangible de un pueblo enérgico, activo, mental y moralmente homogéneo, cuyas facultades todas deben converger, desde la primera edad, á la lucha por la vida y á la fortuna,—siendo así que dichas facultades prácticas se robustecen con la poda metódica de la gracia espontánea, de la imaginación creadora y otras ramas «superfluas» de la planta frutal.
Desgraciadamente, el éxito obliga—es decir, encadena. Perseguidos además por la obsesión de superar á la Europa, imitándola,—lo que implica contradicción en los términos,—los Estados Unidos han creído que resolvían el problema con incluir humanidades y ciencias en sus planes de estudios y organizar la instrucción secundaria y superior sobre el modelo de la primaria. Tengo el convencimiento de que, á este respecto, su fracaso es poco menos que absoluto, y claro está que si esta conclusión resulta del experimento efectuado en Boston y Cambridge, será aplicable a fortiori al resto del país.
La Universidad de Harvard.
Como su homónima inglesa, Cambridge es una villa universitaria; pero dicho se está que, á pesar de la acumulación y dimensiones de los edificios: halls, salones de estudios, bibliotecas, museos y laboratorios del famoso Colegio de Harvard, dista mucho el conjunto de recordar la nobleza y serena majestad del alma mater británica. Es propiamente un arrabal de Boston, separado de la capital por el río Charles, que el tramway eléctrico atraviesa en el West Boston Bridge; y, aunque el crudo invierno entristece el camino, es una excursión instructiva y agradable que repetiré casi diariamente. El primer día, el amable presidente de la Universidad, Mr. Charles W. Eliot, me acompañaba á todas partes con una complacencia inagotable, á que daban mayor realce aún la ruda temperatura y la nieve congelada en las aceras. Consignaré de paso un lijero incidente que activó la confianza de nuestras relaciones; uno de mis cien resbalones sobre el hielo fué menos feliz que otros, y como mi solícito acompañante me tomase del brazo para restablecer el equilibrio instable, nos quedamos los dos sentados en el sitio: «Es lo que llamamos en Francia (díjele riendo) rompre la glace». Se rió también y supongo que había entendido.
La universidad de Harvard, la más antigua é importante de los Estados Unidos, comprende, además del Colegio propiamente dicho, las facultades de derecho, medicina y teología; las escuelas de veterinaria, de arte dentario y de agricultura, á más de otros establecimientos casi independientes: museos, bibliotecas, observatorio, gimnasio, jardín botánico, iglesias de todas las comuniones, etc. Es ocioso decir que es institución autónoma; vive de sus rentas, procedentes de donaciones que se acrecen anualmente, y se administra por sus Estatutos y Governing Boards, sin intervención directa ni indirecta del Estado. La población escolar, fuera de los cursos de verano, fué durante el último año académico (1892) de 2658 estudiantes, distribuídos en internados libres; agréguense á éstos un conjunto de 253 profesores, casi todos residentes, y 55 empleados administrativos, y se comprenderá el efecto imponente que produce tal organismo educativo, con su centenar de departamentos aislados, algunos seculares, otros recientes, confortables ó lujosos todos ellos, separados por parques y céspedes, y que se desenvuelven alrededor del Old Cambridge, donde se levanta el Colegio, cubriendo un espacio de una milla cuadrada.
Si bien no hay límite de edad para la admisión, las condiciones exigidas la mantienen entre 18 y 19 años. Los estudiantes más jóvenes ó freshmen son, pues, ya hombres, y hombres americanos, es decir acostumbrados al self-control. Se les trata como tales, dejándoles vivir con la más completa independencia[66]. Ellos mismos se organizan en clubs, para comer, trabajar y divertirse juntos. Por subscripción entre antiguos alumnos se ha erigido un imponente Memorial Hall á «los estudiantes y graduados que perdieron la vida durante la guerra civil». En el vestíbulo revestido de mármol están grabados los nombres de las víctimas, y el interior ¡es un inmenso refectorio estudiantil!
Reina la misma libertad para la habitación; entre otros inmuebles, el Colegio posee vastos buildings de cuatro pisos, divididos en aposentos de dos ó tres piezas para alquilar á los estudiantes, variando los precios, según la comodidad y la situación, entre 25 y 300 dollars; pero no hay obligación de preferir estos alojamientos, y muchos viven en casas particulares; ni tampoco los inquilinos universitarios están sujetos á reglamento alguno. Es costumbre que cada estudiante tenga un compañero de cuarto ó chum, con quien comparte los gastos de alquiler é instalación, pues el colegio no suministra sino el local desnudo. Visito algunos dormitories con el presidente Eliot; los «dueños de casa» nos reciben en su salita, como gentlemen á otros gentlemen, sin que nada revele la disciplina escolar; algunos interiores son confortables y hasta lujosos, con piano, cuadros, tapices; otros modestos, todos cuidados, con mucho orden y aseo, y las paredes están cubiertas de fotografías. Nadie se encoge ante el Rector, por más extraña á los estudios que parezca la ocupación del momento: ello es negocio suyo; uno que está dibujando nos enseña con una sonrisa su empezada caricatura, otro se vuelve á sentar al piano y, á pedido mío, continúa una sonata de Haydn ... Nada menos tieso y gourmé que el trato de M. Eliot, con profesores y alumnos, nada que se aleje más de la solemnidad del Provisor francés.
Me lleva en seguida al monumental Hemenway Gymnasium, también organizado en facultad, donde centenares de jóvenes practican el más variado physical training, desde el clásico trapecio hasta las más complicadas y grotescas dislocaciones «calisténicas», tendentes á corregir en cada caso individual un lapsus de la naturaleza para constituir al «hombre normal». Penetramos en un departamento vecino, donde el director Sargent, rodeado de estatuas y aparatos, examina á una docena de jóvenes desnudos y, con auxilio de dinamómetros, esfigmómetros, espirómetros, etc., les receta minuciosamente la clase de ejercicio adecuado á su idiosincrasia y perfecta armonización. Es la pedantería del atletismo; pero los sajones ignoran el ridículo. El presidente llama á un examinando, que se acerca sin perturbarse y, con la ingenuidad de un joven griego, exhibe su musculosa desnudez. De ahí pasamos á las salas de lucha y pugilato, á los campos de tennis y base-ball, donde se preparan con ardor increíble los matches con las universidades rivales. Mr. Eliot atribuye una importancia que encuentro exagerada á esta faz de la educación universitaria; pero, ante mis objeciones, se ve en el caso de confesar que, de algunos años á esta parte, el training intelectual viene perdiendo todo lo que gana el físico. Vamos adelante; pues el amable rector no acaba de hacerme recorrer sucesivamente las instalaciones materiales de todos los departamentos, bibliotecas, laboratorios, museos científicos, etc., etc., repitiéndome, con una insistencia que casi me envanece, que todo ello había sido muy admirado por mi compatriota, M. de Coubertin. El «laboratorio» de botánica, sobre todo, enciende su entusiasmo: aquí, dos ó tres preparadores especiales viven ocupados en modelar amorosamente en cera y pintura, frutas, hojas y flores de todas las especies americanas,—y me esfuerzo en admitir que ese taller de floristas se relacione estrechamente con el progreso de las ciencias naturales ...
Terminada la larga visita domiciliaria, el presidente me hace los honores del Cambridge histórico, enseñándome algunos sitios memorables: la secular Shepard Church, el olmo famoso bajo el cual Washington tomó el mando del ejército patriota; la Craigie House del poeta Longfellow; los homes de Russell Lowell, Agassiz y otras glorias americanas. Me señala al pasar los cottages de algunos profesores, las estatuas del fundador Harvard, de Josiah Quincy, del puritano Bridge ... La nieve y la tarde de invierno amortiguan el paisaje, pero me figuro sin esfuerzo el encanto atractivo de esta existencia tranquila y estudiosa en la dulzura de los hábitos diarios; así como las galas primaverales de estos parques y jardines, hoy mustios y descoloridos, durante la estación de los gorjeos en los follajes obscuros y de las brisas perfumadas en el ambiente, á la hora de los alegres paseos sobre los céspedes de verde terciopelo.
Tomamos el lunch en la residencia del profesor S., el conocido geólogo. Interior amplio y confortable; la familia nos recibe en un hall lleno de cuadros, flores, bibelots; hay una docena de personas: académicos, cuatro ó cinco señoras y niñas. La dueña de casa y sus hijas han viajado por Europa (el profesor ha residido en Montpellier); su conversación es amena y, para mí, curiosa, por la mezcla de distinción mundana y scholarship bostoniense. La charla deriva inevitablemente á las representaciones que está dando Henry Irving en el gran teatro de Boston, y quedo sorprendido, no tanto por la prevista información literaria de las señoras, cuanto por la apreciación crítica, solemne y «banal» de los profesores. Paréceme asistir á un examen de high school sobre Shakespeare; y como una de las misses parece gastar humor travieso, y recordar que ha pasado algunos años no lejos de Tarascón, me ocurre, por vía de estudio, dirigirle, á propósito de Hamlet, unas galejadas meridionales: «¡Ah! sí, indeed, ¡admirable obra maestra! Pero ¡qué singular monólogo! Un príncipe que coloca entre las amarguras insoportables de la vida la «lentitud de los pleitos» (law’s delay) y «¡la descortesía de los empleados!» Y luego, esa ocurrencia, en la esplanada, á media noche: «¡Mi cartera! ¿dónde está mi cartera? ¡¡Urge escribir (I set it down) que se puede sonreir, siendo un villano!!»—Mis huéspedes se sonrien, sin ser villain, pero de dientes afuera, revelando tan poca afición al joke que baraja sus hábitos mentales como al que revolviese los muebles del salón. Es natural que la gente puritana no cultive la paradoja; pero, en general, el yankee no percibe la ironía sino aderezada con el humorismo elefantino de Mark Twain.