Salimos, y el excelente Mr. Eliot me acompaña hasta el car; después de agradecerle todas su finezas, le expreso mi deseo de volver algunas veces para asistir á las conferencias del Colegio. Me concede el permiso con toda amabilidad; y he podido, en efecto, sentarme al lado de los alumnos durante una semana, no sólo en las clases y anfiteatros, sino también en los eating clubs, como un estudiante libre un poco postergado. Pero paréceme que el digno presidente, sobre todo después de mis herejías shakespearianas, creía que mi misión se limitaba á conocer y admirar los halls de la Universidad—como M. de Coubertin.

El departamento académico, que se llama propiamente el Colegio de Harvard, corresponde en principio á la Facultad de filosofía de los alemanes, ó á nuestras facultades latinas de ciencias y letras reunidas—si se incorporara al plan de estudios el año superior de los liceos. No sólo por el número de sus alumnos (las dos terceras partes de la totalidad), pero sobre todo por el carácter fundamental y educativo de sus asignaturas, es el Colegio el departamento más importante y el que suministra el criterio real de la cultura americana. Fuera de que no podría tener opinión valedera sobre muchas asignaturas técnicas y profesionales de otros departamentos, es evidente que los estudios académicos son los que contienen la característica de la enseñanza superior.

Esta característica, como era de preverse, es la misma que aparece en la organización material de la Universidad, y la que domina toda la sociología americana: la independencia individual y el self-control. En el curso académico, que dura cuatro años, sólo el plan de estudios del primer año es obligatorio en teoría; para los demás, las asignaturas son en su mayor parte electivas. Cada estudiante designa á su antojo, en el árbol frondoso de omni re scibili, las materias sobre que habrá de examinarse al fin del curso, sin distinción de años ni necesidad de vincularlas á sus exámenes anteriores. Puede, como sophomore (2º año), abandonar el griego que desfloró como freshman, substituir la filología clásica por el cálculo diferencial, dar examen de senior (4º año) sobre asignaturas independientes de las que aprobó como junior (3º año), etc. Las cuatro divisiones del colegio se confunden fragmentariamente en los mismos anfiteatros: á la conferencia de «lenguas semíticas» (profesor Toy), por ejemplo, asistían como alumnos: 2 graduados, 4 seniors, 2 juniors, 2 sophomores, 1 freshman y 1 special student. Tratábase de literatura arábiga, y era muy evidente que algunos oyentes (desde luego el freshman) no conocían los elementos de la lengua ni acaso el alfabeto árabe. Y así con todo. No es del caso averiguar el valor científico de los profesores; baste decir que todos ellos dictan tres ó cuatro cursos, fuera de otras atenciones universitarias, para comprender cómo les sea imposible dedicarse á investigaciones personales. Los cursos son orales, sin deberes escritos ni interrogaciones, y cada profesor formula su programa y lo desenvuelve con absoluta libertad. Algunos de los textos clásicos inspiran dudas penosas, si no acerca de la competencia profesoral, al menos respecto de su diligencia: encuentro bajo un flamante disfraz yankee á viejos conocidos míos: muchos autores científicos europeos que han sido desterrados de nuestros colegios secundarios: Ganot, Legendre, Privat-Deschanel; los anticuados alternan con los novísimos, y, por ejemplo, me cuesta creer que la explicación del solo Manual materialista de Lotze contenga un cuadro cabal del pensamiento filosófico moderno. Otros programas de alta literatura extranjera inspiran una dulce alegría: v. g: un curso de clásicos españoles dedicado á Gil Blas; otro de clásicos franceses confiere la igualdad universitaria á Corneille, Racine, Balzac, About, Dumas y ... Amédée Achard (The Clos-Pommier!!). El orden de las materias en los programas suele también ser algo inesperado; encuentro, por ejemplo, que los jóvenes matemáticos estudiarán los logaritmos después de la trigonometría plana, with its applications to navigation; sin duda la trigonometría esférica se aplicará á la agrimensura, en el otro semestre. En literatura clásica, los freshmen se dedican á traducir el texto griego de los trágicos y del mismo Aristófanes, dejando para después á Homero y Jenofonte; lo propio acaece en latín con las Odas de Horacio, que preceden al clarísimo Cicerón ... Pero todo ello, y lo demás, se justifica cuando se asiste á las conferencias, que se componen esencialmente de traducciones hechas con el texto en regard, sin temas ni ejercicios gramaticales anteriores: evidentemente, para quien ignora la lengua, el aprendizaje mnemónico del sentido, por la versión yuxtalineal, no presenta diferencia, ya se trate de Tácito, ya de Cornelio Nepote ...

No creo, pues, que sea aventurado ni excesivo afirmar que no existe en los Estados Unidos lo que en Alemania y Francia se entiende por educación superior universitaria. Ello se explica al punto con saber que no existe tampoco verdadera educación secundaria. Faltando la base, es decir, la sólida preparación del gimnasio y del liceo, la enseñanza universitaria, aunque fuese lo que no es, no hallaría el firme cimiento en que pudiera asentarse. ¿De dónde salen, en efecto, estos freshmen de primer año, que vienen á seguir en Harvard la senda sinuosa que les conducirá al magisterio en artes ó al doctorado profesional? Los más favorecidos, los menos numerosos, traen un certificado de la única Latin School de varones (cuyo plan es idéntico al de la de mujeres); otros lo tienen de las High schools de Boston; muchos, por fin, proceden de otros Estados, donde la organización escolar es muy inferior á la del Massachusetts. Pero los mismos privilegiados, que pudieron desflorar las asignaturas secundarias y saludar de pasada el griego ó la historia literaria, no han conocido otro régimen intelectual que el de la educación primaria, en los primeros cursos, y el mismo de la universidad en los últimos: á saber, la disciplina infantil, por una parte, y, por la otra, la ausencia de disciplina.

El plan de estudios de las High Schools de Boston (varones y mujeres) comprende cuatro años ó classes; el de la Latin School, seis, y corresponde nominalmente á la enseñanza «moderna» de los colegios franceses[67]. Pero, fuera de lo inconexo y superficial de los programas, hay que asistir á las lecciones y recorrer los textos clásicos, para comprobar lo dicho más arriba, respecto del carácter subalterno y mujeril de la enseñanza, con excepción quizá de las matemáticas elementales. Forman la base de la instrucción: la recitación de manuales (Leading Facts of History; Hand-book of Science, etc.) para algunas materias; la traducción yuxtalineal de trozos selectos para las lenguas clásicas y extranjeras (Half-Hours with Greek and Latin authors, etc.); para todas las asignaturas, la absorción pasiva y maquinal de datos objetivos y hechos concretos, sin asomo de gusto, de espontaneidad, de crítica personal, así en los maestros, como en los alumnos de uno y otro sexo. Porque, si no existe ya la coeducation material, funcionando por separado las escuelas de varones y de niñas, persiste en realidad por la identidad de los programas, de los teachers y de los métodos. Aquí los hombres aprenden y saben las ciencias y las letras como las mujeres suelen saberlas, es decir, de memoria. Y ante esa distribución mecánica de la ración pensante, á que diez veces he asistido, nunca dejó de acudir á mi memoria la escena cómica de aquel personaje de Dickens, que se nos muestra visitando una escuela y declamando su profesión de fe positiva y práctica: «No enseñéis á esos varones y niñas sino hechos: ¡es lo único necesario en la vida ...![68]»

Tal es el training que se llama educación, con el aditamento de introducirse en las clases superiores el socorrido sistema de la materias electivas, que deja al alto criterio del alumno el sustituir la historia de Roma por la de Inglaterra ó el griego por el francés, y recíprocamente. Si se recuerda que, en Alemania y Francia, excelentes jueces se oponen á que los estudios clásicos de las Realschulen y del Enseignement moderne (que no admiten comparación con el mecanismo de las High Schools) sean válidos para las carreras universitarias, se comprenderá por qué el kaleidoscopio de Harvard no responde, ni puede responder, sino á una ilustración rápida y dispersa, á un rozamiento superficial de Half-Hours con la literatura, la filosofía y la ciencia pura, y que sólo prepara para el plagio y la mediocridad. Y es así como los Estados Unidos y el mismo Massachusetts han ingerido, en un tronco robusto de instrucción primaria, un deplorable vástago de educación superior, que se prodiga estérilmente en ramas y follajes sin producir el fruto de estación. Faltando la fuerte disciplina secundaria, la enseñanza superior se desploma en el vacío: no pasa de conferencias y programas extraordinariamente variados, que los estudiantes «curiosean» entre una función teatral y una larga sesión en el gimnasio.—«No hay (escribía J. de Maistre) métodos fáciles para aprender cosas difíciles». Los yankees han aplicado á las ciencias y las letras su artificio pedagógico de la primary school; toman ó dan «lecciones objetivas» de matemáticas, física, astronomía, literatura clásica y filología comparada, despachando en algunos meses de pocas horas diarias los estudios que requieren años de ruda labor y sólida iniciación: sunt verba et voces, prætereaque nihil.—El punto en que realmente sobresalen las universidades yankees sobre todas las europeas, sin exceptuar á las inglesas, es el atletismo; el grave problema que preocupa á profesores y estudiantes durante el año académico, la rivalidad en que agotan sus esfuerzos los alumnos de Harvard y Yale—es el championship de las regatas y del foot-ball.

Aunque en páginas anteriores he puesto de relieve la «estéril abundancia» y la falta absoluta de originalidad creadora que caracteriza la mente americana, no puedo dejar de presentar algunas reflexiones más, como prueba confirmativa de la conclusión á que he arribado respecto de la educación superior en la «Atenas» de los Estados Unidos. Claro está, con efecto, que si la alta educación literaria y científica no tiene en sí misma su propio fin, si llevan un objeto exterior y ulterior los grados universitarios, habremos de apreciar su eficacia por el rango que las ciencias y las letras yankees ocupan en el mundo. Ahora bien: este rango, no es posible disimularlo, es de los ínfimos,—y estamos aquí en sitio inmejorable para comprobarlo. Boston—con sus anexas Cambridge y Concord—era en verdad, á mediados del siglo, el gran foco de reflexión del pensamiento europeo en América. Á la distancia, y sobre todo para sus efectos civilizadores en la Nueva Inglaterra, la luz prestada casi desempeñaba el mismo oficio que si fuera propia, y hasta para la Europa originaria se hacía perceptible la vislumbre que el unitarismo de Channing y el trascendentalismo de Emerson irradiaban. La pléyade literaria del Massachusetts no tiene sucesores en estos enormes Estados Unidos, cuatro veces más poblados que entonces, y cubiertos de universidades, escuelas y bibliotecas. De este mar de hombres, que leen diarios y libros desde que saben andar, no surge una cabeza iluminada por el sol del genio. Más que nunca, el pueblo norteamericano viene siendo, según el dicho intraducible del menos yankee de los bostonienses, el más «deletreado» y el menos culto del orbe[69]. La decadencia es visible, y si bien la explica en parte el carácter de la enseñanza superior, tal como lo he bosquejado ante la mejor universidad del país, cumple preguntarse, para no exagerarla, si ella entraña una nueva manifestación regresiva, ó si es simplemente la agravación democrática del estado anterior.

Creo que no es sino la evolución natural que, para ser claro y breve, he llamado antes la preponderancia del Oeste. El desarrollo físico del país y el fausto exterior de los «sepulcros blanqueados» acentúan sin duda el contraste, entre el cuerpo que ha crecido asombrosamente y el espíritu que ha mermado un poco: lo que antes fuera dudoso y discutible nos deslumbra ahora con su evidencia; pero, en el fondo, ha habido cambio en la proporción, mucho más que en la esencia. Aun en el apogeo de la «Academia» bostoniense, la característica del pensamiento americano ha sido siempre la ausencia de originalidad. La novedad del escenario ha podido en algunos casos producir ilusiones; en realidad, la influencia de Walter Scott es tan notable en Fenimore Cooper, como la de Barante en Prescott, la de Hoffmann en Hawthorne y la de todo el mundo en Longfellow. Parece al pronto que hacen excepción los dos ilustres bostonienses Emerson y Poe, y ello es cierto en alguna manera, pero no es sino para corroborar la ley general. Con hondas diferencias en su manifestación intelectual y su destino, ambos significan igualmente el aborto del genio «virtual», fuera de su medio propicio. Pudo todavía el humus colonial de la Nueva Inglaterra hacer brotar acá y allá la planta soberana, predestinada á ser roble soberbio en su patria de origen,—y sin duda no es casual la agrupación de los talentos americanos en el Massachusetts[70];—pero el talento creador es árbol de familia y, lejos del ambiente favorable, había de detenerse en su crecimiento y languidecer. Tenía Poe, más que el instrumento, el instinto genial del arte,—y así lo prueba su rudo batallar contra Longfellow y otros pálidos «moralistas» de la poesía,—pero era superior á su producción desigual y enfermiza, finalmente sumergida en el delirium tremens, como la de Baudelaire en la parálisis general. Poe es en América lo que sería Baudelaire en Francia, á no tener éste á su lado, y muy arriba de él, á los genios robustos que, por la diferencia de estatura, enseñan lo que va de la realización á la tentativa, de la originalidad al «excentrismo», de la salud á la enfermedad.—En cuanto al trascendental y simbólico Emerson, es muy sabido que fué una suerte de Carlyle americano, sin el estilo agudo ni la prodigiosa visión histórica del escocés[71]: éste suele tornarse obscuro á fuer de profundo; temo que á veces el otro parezca profundo á fuerza de obscuridad; en todo caso, nunca logró sacudir la fascinación que ejercía el que era sobre el que pudo ser; y sólo la ingenua vanidad de sus paisanos pudo igualar con el maestro al discípulo modesto que conservó hasta el fin, en frente de aquél, algo de la actitud respetuosa de Eckermann delante de Goethe[72].

Con todo, así desmedradas ó fragmentarias, las producciones de Emerson y Poe quedan aparte y aisladas, distinguiéndose por su carácter personal de otras voluminosas imitaciones europeas que no necesito enumerar. Poesía, novela, historia, crítica: todo el stock literario americano forma un conjunto de tentativas plausibles, honradas, no pocas de indiscutible utilidad por el asunto, pero subalternas y sin belleza artística. Algunos modernos, para salir de la huella imitativa, han dado un brusco tirón hacia el monte tupido, y la originalidad yankee revienta en el enorme balbuceo de Walt Whitman (the true laureate of Democracy!) ó el clownismo humorístico de Mark Twain ... Entre tanto, los convencidos apologistas del American Thought, Stedman, Richardson y otros, inclinados sobre el estanque nacional, describen á sus paisanos maravillados el brillo y magnitud de los astros que aparecen en su cristal: y es la verdad que nada les falta para poblar un firmamento y alumbrar la tierra—nada más que ser visibles á la distancia y convertirse, de reflejada imagen, en alta y perenne realidad.

Esta carencia de personalidades geniales, tratándose sobre todo de una democracia en evolución, podría en suma explicarse y confundirse con el reposo fecundo de la incubación, si otros síntomas inquietantes no obscureciesen el diagnóstico. Los espíritus originales, en la ciencia y en el arte, no son un accidente, sino la manifestación esporádica de la substancia nacional. Los «reventones» metálicos que brotan á flor del suelo tienen un valor representativo muy superior al suyo propio: suelen ser indicio del mineral subterráneo que ramifica á todos rumbos sus vetas ignoradas. Por otra parte (si me es lícito prolongar la imagen), no se trata, en el caso actual, de un cantón desierto, vagamente entrevisto y cuyos prospects admitan cualquier sorpresa; sino de una vasta región explorada en todos sus repliegues, sondada paso á paso en sus capas superficiales y profundas, cuyo plano de relieve revela sus menores detalles y accidentes con insuperable exactitud; en tal situación, las innumerables muestras y ensayos cobran una importancia poco menos que absoluta; y si, después de millares de experimentos repetidos, el resultado del análisis acusa idénticamente la ausencia de metal puro y la invariable mediocridad de la combinación, es legítimo inferir que no existe la capa aurífera.