Hace un siglo que las generaciones sucesivas de los Estados Unidos, en número creciente de diez, de veinte, de sesenta millones de individuos, han instituído la experimentación, al parecer más completa y decisiva, para descubrir y sacar á luz el espíritu nacional; cubierto el territorio de universidades y colegios, empapelado de libros y periódicos; admirablemente preparada la exhibición inmediata del talento presumible por la igualdad en las leyes y las costumbres, y suscitada su aparición por el anhelo general,—nada se ha producido que entrañe una promesa viable, una lejana esperanza de ver surgir, algun día, la teoría científica ó la obra de arte original que arranque al mundo un grito de admiración. Y bien, la sentencia se formula por sí sola: la democracia absoluta, la tabla rasa de las tradiciones y el desdén de toda preocupación ideal, se traducen en lo especulativo por la mediocridad uniforme é incurable—que es la forma más perfecta de la igualdad.—Y ante el aborto evidente de la tentativa secular, acaso parezca más triste que la robusta inconsciencia del Oeste, sólo preocupado de crecer y engordar, esta estéril pertinacia del Hub bostoniense, empeñado infatigablemente, como Wagner, el fámulo de Fausto, en aprender las fórmulas y recetas de la ciencia, en juntar, dentro de la redoma de vidrio, los elementos que sólo producirán el homúnculo irrisorio y caricatural[73].

Una nación, como un individuo, puede desarrollarse próspera y feliz, sin aspirar á la gloria suprema de ser en la noche de los siglos una de las antorchas que sirvan de guía al resto de la humanidad: bástale para ello encerrarse en su optimismo egoista, y desechar como un vano juguete todo culto desinteresado é ideal, entonando el prosaico «Salmo de la vida», que es la negación de toda belleza y la demostración ad absurdo de su inutilidad:

Trust no Future, howe’er pleasant!
Let the dead Past bury its dead!...
[74]

Ese futuro de que se desconfía es la esperanza inmortal; esos muertos, que el pioneer advenedizo no se digna enterrar, se llaman la tradición, el recuerdo entristecido, la mirada pensativa y dulce á lo que fué y pasó, para no revivir sino al llamamiento mágico del arte evocador—es decir, el sentimiento del misterio y del ensueño que es toda la poesía. ¿Á qué vienen, entonces, esos ridículos é impotentes remedos de la cultura europea, esos aprendizajes, sin convicción ni éxito posible, de las altas disciplinas intelectuales, y esos aldabonazos importunos á las puertas del templo donde el profano no quiere orar? Más lógico y plausible, lo repito, es el rush materialista del Oeste, que limita sus deseos y no mira más allá del objeto que su mano puede alcanzar; y por eso dije antes que era Chicago la ciudad más representativa de los Estados Unidos, aquella de cuya robusta y simplificada «plataforma» está proscripto el ocioso fantaseo artístico.

Me vuelve á la memoria una extraña palabra de Heródoto, que, soltada de paso por el narrador ingenuo, reviste para mí la belleza profunda de un mito; después de describir á los «anónimos» y los fabulosos Atlantes, el «padre de la historia» termina con este rasgo inesperado: «y se dice de este pueblo que no sabe soñar ...»[75]. El dón del ensueño, la visión y el anhelo de lo ideal ¿no es también lo que falta á la moderna Atlántida?


XX

LA ÚLTIMA EXCURSIÓN