EL NIÁGARA.—NUEVA YORK
En lugar de correr derechamente á Nueva York, vuelvo sobre mis pasos: después de una larga disputa entre mis dos yo,—el viajero un poco snob en busca de «impresiones», y el crítico avisado que de antemano prevé una decepción, éste se declara vencido: ¡voy á visitar las cataratas del Niágara! Se sabe que han sido apenas descritas durante los 273 años transcurridos desde el viaje de Charlevoix ... Á pocos peregrinos, felizmente, les ha ocurrido elegir el mes de enero para esta excursión, y, sin creer que sea nueva en absoluto, espero que mi «vista» del Niágara congelado no se parecerá del todo á un extracto de la guía oficial.
De Boston hacia Buffalo rehago el trayecto conocido; por otra parte, á cualquier rumbo que fuera, el cuadro sería idéntico: los mismos esqueletos vegetales sobre el informe manto de nieve, entre las masas negruzcas de las poblaciones. Con agregarse la monotonía accidental del paisaje á la permanente de las ciudades, el viajar por estas regiones se vuelve tan poco útil como agradable. La naturaleza está de máscara blanca, y es tan imposible hacer diferencia entre el sitio más pintoresco y el más desolado erial, como elegir entre dos damas turcas cubiertas de su yachmak. La nieve niveladora, que borra todo rasgo y color, aun más que el frío hiperbóreo, es lo que apresurará mi vuelta á Europa, quitándome el deseo de visitar el Canadá[76].
Enfilamos en Rochester el ramal de Niagara Falls, donde llegamos al obscurecer; todos los hoteles de la ribera canadiense (nadie ignora que el río es frontera de los países) están cerrados, pero del lado americano ha quedado abierto por este invierno la confortable Prospect House. Además de un excelente menu, me encuentro allí con un mozo francés, ex zéphyr de Argelia (hum!), que me sirve con veneración y, á los postres, no resiste al placer de sentarse un momento para contarme su vida y milagros. No hay más huéspedes en el comedor y en toda la casa que una joven pareja en pleno viaje de novios, y éstos ¡lo que se cuidan del viajero, y del zéphyr, y aun del menu!...—Interrumpo la interesante sesión de sobremesa para ganar mi cuarto deliciosamente entibiado por el calorífero, y, después de esta jornada de ferrocarril, solicito el dulce sueño, leyendo una traducción inglesa de la Atala, de Chateaubriand, que he encontrado en una librería de Boston; en tanto que afuera la tempestad de nieve sacude los abetos seculares, arrancándoles gemidos que, por instantes, cubren el ronquido lejano del Niágara[77].
Al día siguiente, bien reposado y dispuesto, fleto un pequeño trineo y me deslizo sin apuro á las cataratas inevitables; siento que estoy cumpliendo un deber sagrado para con mis lectores futuros, y este consuelo altruísta conforta mi ánimo. Es tanto más imprescindible un nuevo esbozo de las caídas famosas, cuanto que ha sido mil veces intentado en todas las lenguas y en todas las formas, desde la del estudio geológico hasta las de la oda pindárica y del anuncio comercial: omitirlo, sería singularizarme. Se habla vagamente de otras cataratas en la América del Sur, mucho más rumbosas—quiero decir, de mayor «desprendimiento»: por ejemplo, la de Kaieteur, en la Guayana inglesa, que cae de 226 metros—ó infinitamente más pintorescas, como la nuestra de Iguazú, en razón misma de su división y escalonamiento en medio de todas las opulencias vegetales del trópico. Pero el Niágara queda incomparable y único, en la pobreza de su marco natural, vulgarizado aún por el sórdido parasitismo explotador, porque es enorme la napa líquida que se desploma, y el espíritu utilitario de los yankees ha sabido juntar en un haz compacto aquellas mil rapsodias descriptivas. Sin perjuicio, pues, de calcular los 5 ó 6 millones de caballos-vapor que aquí se desperdician (wasted energy), sacan provecho en el presente de su maravilla mammoth ... Felizmente estoy solo; es la buena estación que ninguna guía señala; casi todos los hoteles están cerrados; no haré parte de ninguna procesión de turistas á la «Cueva de los vientos», ni pisaré el vaporcito tradicional: el invierno solícito ha espantado las moscas.—Pongo pie á tierra cerca del puente colgante, dos ó tres cuadras abajo de la caída, y procuro templar mis high spirits, vagando al aire frío y tónico, bajo el claro cielo azul donde el sol irradia su tibia caricia, sin una mancha blanca, como si todas las nubes de ayer se hubiesen descolgado para cubrir el congelado suelo. Camino entre los árboles del monte, cuyas ramas cargadas de festones y astrágalos remedan candelabros de cristal. Trae un gozo físico la soledad, el ambiente puro, el débil crugido de la nieve bajo mis pies. Pero diviso el tablero de Suspension-Bridge; ha llegado el momento: evoco á Chateaubriand, á José María de Heredia,—no el nuestro, sino el anterior («¡Templad mi lira!»), al Appleton Guide ... Hago lo posible por exaltarme y ponerme á nivel de la situación.
Es muy sabido—como todo lo que á la catarata se refiere—que el río Niágara derrama las aguas del lago Erie en el Ontario; desde Buffalo, donde comienza, hasta más allá de Lewiston, donde desemboca, este río de comunicación no tiene 60 kilómetros; pero el enorme desnivel de 101 metros, en tan breve distancia, produciría una corriente vertiginosa, á no tropezar el raudal, en la mitad de su camino, con la muralla vertical que lo represa. Entonces la napa superior, dividida en dos brazos desiguales, se desploma de 47 metros de altura, en la vasta y profunda hoya encajonada que este puente domina, uniendo con un tablero de 400 metros las riberas americana y canadiense. Desde mi observatorio, abarco la escena en su conjunto, si bien no percibo aún los rasgos verdaderamente conmovedores de la caída. Los dos barrancos rocallosos, con su vegetación petrificada, despliegan sus desgarradas paredes hasta los extremos de la doble catarata: á mi derecha, la canadiense encorvada en herradura (Horseshoe Fall) alarga su lomo obscuro hasta la mitad de la cuenca; la otra se estrecha á mi izquierda, entre la orilla y la «isla de la Cabra» (Goat Island) que se prolonga en el thalweg superior. El desarrollo total de la barrera pasa de un kilómetro; pero las nubes de agua pulverizada, que se levantan como humareda blanca del hondo hervidero, impiden medir su profundidad; cerca de las orillas y la isla medianera, como en un inmenso crisol, se acumulan los bancos de hielo, las adheridas concreciones que desmenuzan la napa colosal en veinte cascadas parciales. Á mis pies, el río coagulado extiende hasta la catarata su rugosa bóveda sobre la masa líquida que fluye invisible hacia el distante torbellino (Whirlpool), donde se estrella contra las rocas y disloca al fin su rajada corteza en mil carámbanos flotantes ... No experimento decepción, pero no siento que suban á mis labios los borbotones de adjetivos entusiastas. El espectáculo tiene grandeza y majestad, si bien, á la distancia, la inmóvil uniformidad del color y de las formas acolchadas por la nieve le infunde cruel monotonía; el invariable rumor persistente equivale al silencio universal, y, por sobre el acompañamiento profundo y casi insensible de las caídas, percibo el grito agudo de un pájaro que hiende el aire sobre mi cabeza. Después de algunos minutos, dejo mi puesto y remonto la ribera americana, hasta el puente que la une con Goat Island y domina á plomo la misma catarata.
La montuosa isleta que divide el ancho río, y forma promontorio sobre el abismo, es un óvalo de unas dos millas de longitud, cuyo eje mayor rellena el thalweg, con un relieve de diez ó doce metros sobre la superficie; está cubierta de árboles y espesuras, con sendas sinuosas que se cruzan y pierden á todos rumbos; pero el mismo manto invernal envuelve hoy arces y abetos, rocas y malezas, barrancas y edificios lejanos, en un solo lienzo incoloro é informe. La nieve reciente ha redondeado de blanda matidez alabastrina los prismas y cristales de hielo, impidiendo que los rayos del sol irisen sus aristas, y apenas si, acá y allá, algunas agujas centellean sobre el albo campo deslumbrador. Desde aquí diviso el pretil de madera que permite inclinarse sobre la vorágine y contemplar el horror grandioso de la pesada masa desplomada; pero, desde luego, quiero darme cuenta de la formidable avenida, antes de su violenta bifurcación en la punta de Goat Island; y, por la vaga depresión que indica el camino terraplenado, me dirijo hacia el extremo superior.
Me he acostumbrado tan pronto á creerme único visitador de este reino hiperbóreo, que la vista de algunas huellas humanas en la nieve casi me produce el mismo efecto que á Robinson. ¿Será un caníbal, ó Friday, el que ha invadido mis dominios y me precede en el itinerario? Pero, acaso el uno y el otro, pues son dos personas las que caminan delante de mí. Sin ser un consumado rastreador, distingo las dos huellas; las unas, anchas y profundas, se adelantan un poco á las otras, un tanto más delgadas y con el tacón más agudo. Caminan muy juntos, como si el «ancho» llevase preso al «delgado»; y á trechos bastante próximos parecería, por la nieve pisoteada y los rastros confundidos, como si se hubiese empeñado un violento corps à corps entre el feroz caníbal y su desventurada víctima ... ¡Qué horrible misterio!... ¿Estaré acaso sobre la pista de un drama pasional?... Sigo caminando una cuadra más y, de repente, á diez pasos, un doble bulto negro—todo es negro sobre la nieve—se destaca vivamente de un esconce de la roca. Son mis novios de Prospect House. Al verme vuelven al camino—the right way, sir!—y los encuentro en la punta de la isla, sumergidos en la contemplación del horizonte. Él es un buen yankee robusto y seco; Mrs. Friday es más agradable; esbelta y rubia, no hace mal efecto en el paisaje, con su jaquette azul ceñida al talle y su sombrero de ala recta sobre el cabello empolvado de nieve. Esbozamos un vago saludo y, después de una mirada involuntaria á los dos pares de zapatos reveladores, me alejo, para no hacer de guardia civil; y escucho esta reflexión filosófica que saluda mi retirada discreta: a biting cold!... ¡Sí, mucho frío les hace á los novios!...
Desde el extremo de la isla, en cuya aguda proa rompe la corriente con estruendosa violencia, se contempla el caudaloso río desde su salida de Great Island: amplio como un estuario hacia el fondo del horizonte, tumultuoso y veloz como un torrente al acercarse y tropezar sobre las raudas ó rápidos que obstruyen el lecho, dos kilómetros más arriba de la represa. Eriza el lomo en la pedregosa pendiente, rompe su oleaje en los barrancos coronados de bosques, y vuelve, en espantoso turbión, á chocar sobre la carena delantera en que estamos, cual si quisiera derruirla ó arrasarla; pero, casi bruscamente, contienen su ímpetu vertiginoso, más que este rompeolas de peñascos, las masas profundas de la doble esclusada, donde los carámbanos de hielo y los troncos arrancados á las playas giran en lentos remolinos, vacilantes y como conscientes del peligro próximo. Trepando á un morro de piedra, con la nieve al tobillo, puedo explicarme la marcha del drama elemental, desde la peripecia de los rápidos hasta la catástrofe, siguiendo el breve destino de cualquier astilla abandonada á la corriente. El raudal monstruoso asoma por el sud, como precipitado del cielo, arremete espumoso por la rápida y accidentada pendiente, estrella su triple frente en los estrechados barrancos y la muralla á pico de la isla, para retroceder, despedazado é impotente, y luego incorporarse rendido al inmenso depósito; aquí se retuerce la oleada viajera, sacudida por los hondos estremecimientos de la resaca; pero la tregua es breve, y, entre arranques y sofrenadas, como el corcel que ventea al enemigo, tiene que arrastrarse, empujada por otra nueva oleada, y llegar finalmente á la cornisa llena de vapores donde bruscamente se desploma al abismo ...
Aquí el espectáculo es realmente soberbio y fascinador; se tiene la conciencia de asistir á un formidable conflicto entre las fuerzas naturales: uno de esos dramas colosales é informes de Esquilo, en que son protagonistas la Fuerza, la Violencia, las olas monstruosas del Océano, y en cuyos cataclismos gigantescos no puede el hombre figurar, sino como víctima pasiva y ludibrio de las energías elementales:—á manera de estas ramas inertes que el viento arroja á la corriente, que pasan delante de mí, una tras otra, y que no me canso de seguir con la mirada como un melancólico emblema del destino humano. Oigo cerca de mí las risas alegres de la pareja enamorada, que el aire sutil me trae por entre el rumor de la catarata: son felices porque son jóvenes, y su vida ensaya el corto y rápido vuelo en alas de la ignorancia y la ilusión. Creerían acaso, si me vieran, que mi cabeza gris tiene envidia á sus cabellos rubios, y pensarían que media otro abismo entre mi madurez pensativa y su rozagante juventud: media el mismo intervalo que entre aquella astilla, que pasó hace un minuto, y la que flota ahora delante de mí, y dentro de otro minuto dará el propio salto en la vorágine donde todas se juntan y confunden ...