Cerca de mediodía, como á menudo sucede en estos climas, el cielo se ha nublado, ó más bien, un uniforme velo gris se ha tendido sobre el cielo, del horizonte al cenit, apagando de paso el sol resplandeciente y envolviendo la tierra en una vislumbre amarillenta. Es una tempestad de invierno que se acerca, y, junto con la primera ráfaga que sacude por los aires la nieve suelta de los árboles, oigo los gritos de los conductores que llaman desaforadamente á sus viajeros. Felizmente estamos cerca de los trineos y no muy lejos del hotel; bajo la capota y «corriendo parejas con el viento», llego sin novedad á la posada,—donde oiré contar á mi zéphyr, durante el almuerzo, las historias más espeluznantes del Niágara, desde Blondin y su tortilla preparada en la maroma, hasta el capitán Webb que se lanzó al abismo tremendo y logró salir de él, yendo á despedazarse en una roca del Whirlpool.

Después de dos ó tres horas de furioso huracán, aunque sin nieve, el cielo se despeja, el frío recrudece, y, en la calma perfecta de esta tarde de invierno, asisto desde el mirador del hotel á la magnífica puesta del sol sobre los montes enrojecidos. La noche baja lentamente; mejor dicho, es un crepúsculo blanquecino que se eterniza y no llega á empañar los objetos, pues la luna llena aparece en el horizonte y, como un espejo redondo que reflejara el terrestre disco de hielo, se alza, divinamente pura y nítida, sobre el obscuro firmamento, lustrando de claridad boreal la mate blancura de los campos. ¿Qué hacer esta noche, hasta la hora decente de procurar el sueño, sin más sociedad que el mozo francés ni más lectura que la disfrazada Atala, que he vuelto á saber de memoria? He dado una vuelta por la aldea de Niagara Falls, sin más atractivos en esta estación que su docena de fábricas en movimiento, y no siento el menor deseo de volver á leer sus carteles de anuncios gigantescos. De todos los consejos pegados en las paredes, el único que estaría dispuesto á seguir es aquel de Take the Erie railroad! en todas partes repetido ... Y el Herald de Nueva York, que anuncia, para mañana á la noche, Carmen en francés, con Jean de Reszké, Lassalle, la Calvé de gitanilla y la Eams de Micaela ... Pero me falta ver «lo mejor» de la catarata: el salto mismo, desde la cornisa de Goat Island, ya que no visitar la «Cueva» húmeda, donde correría riesgo de quedar congelado. ¿Cómo conciliar tantos «deberes»? Sino me marcho mañana temprano á Nueva York, pierdo una interpretación ideal de mi obra preferida; si me voy, dejo de ver llover el Niágara ... ¡Horrible ansiedad! ¿Quién resolverá este conflicto de armonías?

Pido la colaboración de mi paisano para estudiar los horarios, aunque sé de antemano que es imposible resolver esta cuadratura de círculo. De repente, entre serio y blagueur: «¿Por qué no vuelve V. á las Falls esta noche, con la luna?»—Le miro un momento, boquiabierto, deslumbrado por el descubrimiento. ¡El Niágara de noche! Por esta vez creo que he dado con una novedad ... Pero (sé la guía de memoria) ¿qué es esa historia de rejas que se cierran al ponerse el sol ...? «¡Bah! contesta el zéphyr, en invierno ... y luego ...», desliza su dedo pulgar sobre el índice ... Asunto concluído. Como un bocado, me envuelvo en mi ulster, enciendo un cigarro, me alargo de nuevo en el trineo de marras, y, sin el menor tropiezo, me encuentro á las ocho de la noche en el puentecito de Goat Island, bien seguro esta vez de no verme perturbado, á no ser por las almas de los que aquí cerca han perecido ... ¡Incomparable zéphyr! Le debo la sensación más extraña de mi vida: una hora inolvidable, supraterrestre, cruzada de visiones fantásticas y terrores innominados que no intentaré reproducir, pues no encuentro palabras legibles para sustituirlas á las incoherentes y alucinadas que, esta misma noche, á la vuelta de la excursión, he garabateado con lápiz en mi cartera de viaje. Me limito á resumir algunas impresiones objetivas.

Desde el puente que une Goat Island á la ribera y domina el salto americano, tengo la luna al frente, hacia el este: tejo de hielo nítido sobre el obscuro fondo sideral; ni una nube en el cielo, ni un soplo de brisa, ni un halón flotante en torno del satélite; parece como si la atmósfera, oreada y rarefacta por el frío polar, transmitiera con intensidad insólita las vibraciones sonoras y los rayos de luz. El rumor de las ondas se hincha y retumba solemnemente, tan continuo y pleno que forma una armonía. Entre el resplandor lunar y el vasto reflejo de la tierra blanca, la visión de los objetos cercanos es tan detallada y perfecta como de día; sacudida la nieve suelta por el huracán, los cantos de las rocas resplandecen; los árboles tienen aspecto de cactos cirios, y, de sus ramillas coaguladas en espesas raquetas anacaradas, cuelgan franjas y lambrequines de plata, cándidas filigranas que la vislumbre azul irisa vagamente. El paisaje cristalizado ostenta una rigidez marmórea y funeral; y tan habituado está el espíritu á asociar las ideas correlativas de calma nocturna é inmovilidad, que entre el mugido atronador de las cascadas se tiene la ilusión de un vasto silencio.

Me dirijo un poco más allá, hasta una roca maciza (Luna Island) que parte exactamente las dos caídas; camino sin cuidado, pues, además de la claridad, arroyos y derrames están sólidamente congelados y la capa de nieve rugosa salva de cualquier resbalón. Casi á mis pies, á uno y otro lado, los dos inmensos cilindros líquidos giran eternamente, arrojando al vacío cien chorros tumultuosos que parecen caer en un abismo sin fondo, pues se remontan nubes espesas de agua molecular que se adhieren á los séracs vecinos. Á la base de mi barranco en desplome, que deja entre la napa curva y la ahuecada pared de esquisto la ancha cornisa llamada «Cueva de los vientos» (Cave of the Winds), se acumulan esos bloques caóticos de hielo, que se transforman y crecen hasta el fin del invierno, como dotados de no sé qué vida monstruosa en medio del letargo universal; más allá comienza la bóveda espesa que cubre la corriente, y se prolonga hasta el Suspension Bridge, que perfila en el cielo su esqueleto metálico. El astro vierte sus raudales de plata sobre los raudales de agua, enciende las espumas, jaspea de reflejos opalinos la glauca masa torrencial, dibuja sus arco iris de cambiantes matices sobre las ondas pulverizadas ...

El cuadro reviste soberana magnificencia; pero yo también comienzo á sentir la atracción del abismo: quisiera descender, sin guía, sin las grapas de hierro que aseguran la pisada en el hielo, por esa vecina torre de madera cuya escalereja en espiral conduce á la cueva. En suma, con tiento y precaución, y, si necesario fuese, bajando sentado, una por una, las gradas más resbaladizas, no ha de ser empresa sobrehumana; según las guías oficiales, no hay peligro en ningún tiempo, la luz exterior penetra por las troneras abiertas en cada piso ... Me resuelvo: preveo que me maldeciría después por haber retrocedido. Y, efectivamente, la doble operación, más fácil aún á la subida, resulta un poco larga, pero sin inconveniente mayor. Doy fondo al cuarto de hora, y, por un pasadizo algo accidentado á mi derecha, me encuentro en la gruta famosa, debajo de la catarata: deslumbrado por el cuadro, aturdido por el rumor potente que nace aquí mismo,—acaso un tanto nervioso y dotado de esa mórbida lucidez que casi linda con la alucinación. El frío es intensísimo, y con la humedad congelada en mi sobretodo paréceme que revisto una coraza. Para reaccionar,—ó persuadirme de que reacciono—enciendo un cigarrillo y me pongo á «batir la suela» á lo largo de esta esplanada polar.

El espectáculo, según todos han dicho, es asombroso en pleno día de verano: en esta soledad nocturna, al resplandor de la luna boreal, reviste una irrealidad de fantasmagoría, una extrañeza única. Pero lo único es por esencia lo inefable, puesto que, siendo todos nuestros balbuceos simples reminiscencias, aquí falla cualquier término de comparación. Más vale entonces, sin empeñar una lucha imposible, procurar la expresión breve y sencilla que, si no presenta á la vista el mágico cuadro, lo sugiera al menos á la imaginación fecunda[78].

El ancho cobertizo abovedado en que me encuentro se desploma ocho ó diez metros fuera de la pared vertical, levantándose cerca de veinte sobre el resalto en talud que desciende hasta la sima: es el caveto colosal, formado por erosión en la arcilla esquistosa, de una cornisa ciclópea cuya platabanda superior, de estratos calcáreos duros como granito, forma hasta el mismo salto el lecho del río. En el receptáculo de la catarata, que cae delante de mí con un tumulto atronador, el choque formidable roe la blanda capa arenisca (sandstone), cavándola sin tregua hasta que por su propio peso se derruya el resalto que me sustenta ahora; y así continúa la obra de mina hasta que el borde superior se derrumbe á su vez, trasladando la catarata unos dos metros por año hacia los rápidos y el lago Erie, y, por tanto, reduciendo progresivamente su altura[79].

Á la gloriosa luz de un día de verano, consiste sin duda la belleza del cuadro en ver despeñarse el enorme raudal de 10.000 metros cúbicos por segundo, y contemplar el sol al través de la líquida masa irisada y transparente que se aplasta en el hondo hervidero. Muy otro es el carácter de la escena presente.—La napa americana, relativamente delgada, y dividida ahora por los séracs de la cornisa, abre sus diez cascadas parciales que sólo juntan sus espumas en el embudo receptor; es sobre todo la catarata canadiense la que levanta á la izquierda el formidable estruendo. Pero no hay esplendor veraniego ni gala primaveral que pueda equipararse, por la novedad del conjunto y la emoción intensa que produce, al fantástico palacio del Invierno que me rodea y cuyos prodigios sobrenaturales parece que sólo se desplegasen para mí. Forman amplio propíleo de hielo, al borde del abismo, altísimos pilares estriados y truncas columnas salomónicas, en cuyos intervalos azulados flotan los cortinajes de las reverberantes cascadas, tendidas y rayadas como largas urdimbres en sus telares gigantescos. De las grietadas paredes y peñascos laterales que obstruyen la corriente, se escapan cintas diáfanas que los destellos lunares animan y colorean á manera de fuentes luminosas. Junto á los bloques informes que se acumulan en este peristilo, y parecen escombros del edificio interrumpido, redondeadas estalagmitas yerguen sus ánforas y balaustres; otras remedan candelabros enormes, cipos de mármol sepulcral,—y la imaginación enfermiza evoca leyendas seculares, catástrofes antiguas y recientes que podrían tener aquí su panteón ... Pero hacia la bóveda de concha es donde se ostenta la caprichosa riqueza de esta arquitectura invernal: las mil estalactitas destiladas por la roca calcárea se han cubierto de florones y arabescos, coagulando durante meses los vapores que la catarata difunde por la atmósfera, y, desde la cornisa invisible, se descuelgan fajas y bandas en festones, suntuosos mantos de armiño, doseles y caladas cenefas en los intercolumnios, lámparas de alabastro que destilan diamantes líquidos y cuyos caireles cristalinos espejean al resplandor astral ... Esta, en verdad, es la hora propicia é ideal para admirar la mágica platería de escarcha: por incoloros y débiles que fueran, paréceme que los rayos del sol alterarían su marmórea sublimidad. Todo es aquí glacial y funerario, las mismas sombras proyectadas irradian palidez crepuscular: sólo la fría y casta luna puede agregar una armonía á la helada pompa nocturna, abrillantando de satinada blancura la blanca matidez del ventisquero, y derramando sobre el paisaje fantasma el misterio de su poesía espectral ...

Pero es tiempo de volver, si no quiero quedar adherido al pavimento y agregar una estatua de hielo á la colección. Al encontrarme arriba, pisando el suelo firme de la isla, me confieso in petto que también tiene su poesía el calorífero del hotel. Me meto en el trineo y, durante los minutos del trayecto, evoco no sé por qué á ese extraño peregrino perturbado y perturbador, acaso el mayor poeta del siglo con su prosa cantante y rítmica, en todo caso el más sincero y conmovido, á despecho ó á causa de su engañosa imaginación: al que vino aquí mismo hace un siglo, vivió algunos días entre los indios del Niágara y preparó, silencioso é ignorado, en la entonces virgen soledad, esa paleta rutilante con que iba á deslumbrar al mundo. Él era joven; escuchaba la voz de su «silfo» augural que le decía: ¡Tu serás rey! Relámpagos de esperanza iluminaban su precoz desencanto, y sabía ya que la gloria le devolvería «lo que el viajero deja de su vida en los lugares donde pasa» ...[80]