Nueva York.
Pensé quedarme una quincena en la ciudad «imperial». Después de una semana, tomo pasaje para Europa en el transatlántico La Bourgogne, persuadido de que una estancia más prolongada agregaría muy poco á mi concepto general de los Estados Unidos. Esta metrópoli del comercio y del capital americano es cosmopolita, más europea que yankee; y esto no sólo por la presencia del numeroso elemento extranjero, sino por la orientación general del pueblo neoyorkino. Aquí, ricos y pobres viven en Europa, unos por el recuerdo, otros por la esperanza, todos por los gustos, los hábitos, el lujo importado, el incesante contacto de los viajes y de la imitación. Su sola originalidad consiste en deformar por la exageración el modelo que es más fácil exceder que igualar; sustituyen por el lujo chillón la elegancia discreta, traducen la armonía estética por el boato llamativo: revelan sus aficiones artísticas empedrando con dollars las jiras de los histriones y comprando cuadros célebres para ponerlos bajo vidrio, en marco dorado más ancho que la pintura. En suma, este es un París para chicagoenses. Medio europeo, medio americano, este grupo híbrido nada nuevo me puede enseñar, si no es la prosaica realización del ideal á que aspiran las ciudades-hongos del Oeste. Pero todo esto lo tengo visto ó previsto ya; y después de visitar concienzudamente algunos sitios interesantes ó representativos:—la Bolsa y dos ó tres bancos de Wall Street; algunos docks sobre North-River y otras tantas fábricas de Brooklyn (entre ellas los talleres de Appleton); el building del New York Times y la torre de Babel del World, el Columbia College y la hermosa biblioteca de Astor, etc. etc.,—me siento tan incapaz de añadir á mis apuntes americanos un rasgo que, mutatis mutandis, no se encuentre referido, ya á Boston y sus anexos, ya á Chicago y su Exposición, ya, por fin, á otras metrópolis del centro ó del oeste, que considero ocioso prolongar estas visitas en tranvía ó elevated, por entre el viento y la nieve.
La actividad urbana de Nueva York tiene que asombrar al viajero europeo, mucho más aún que el tamaño de sus buildings y el lujo exterior de sus residencias: Broadway es más genuinamente americana que la regia Quinta Avenida ó el magnífico Central Park, ahora despojado y cubierto de escarcha. Para mí, sin desconocer el carácter de fuerza y riqueza, más grandioso aquí que en cualquiera otra ciudad de los Estados Unidos, nada de lo que veo supera ni alcanza, como manifestación desnuda y significativa, lo que tengo ya descrito. Lo he dicho y lo repito: Nueva York es hoy una amalgama por partes iguales de América y Europa; ahora bien, el primer elemento, es mejor observarlo allá donde se encuentra en estado nativo; el segundo, sólo podré saborearlo, sin adulteración ni contraste, en esa Europa materna que siento está llamando, hace ya tantos días, á su envejecido hijo pródigo. ¡Basta ya de contar las copias infinitas de un falso original que nunca me ha gustado plenamente!
Libre de consigna me entrego al agradable vagar callejero, asisto á algunas conferencias y funciones teatrales que, como casi siempre, se liquidan por una buena dosis de decepción. Á más de que me siento cada día menos apto para soportar la inevitable vulgaridad de la realización escénica, siempre defectuosa en conjunto,—hasta en la misma «Casa de Molière»,—lo que florece naturalmente en Nueva York es la función de «estrellas», con compañías formadas de dos ó tres celebridades europeas, sobre un fondo de cómicos de la legua en disponibilidad. Por supuesto que la compañía de ópera es la que más se ajusta á la regla, y la exhibición de Carmen (por que tanto bregué) ó de Romeo y Julieta (con los Reszké, la Melba y Plançon—el mejor de todos) no me causa sino segundos de placer entre minutos de irritación. Los mismos protagonistas, excelentes en París ó Londres, abultan sus efectos para la exportación, y la Calvé,—á pesar de su hermosa voz y su belleza expresiva—hace una Carmen francamente insoportable. Luego ¡la orquesta ambulante y los coros de baratillo!...
Pero no estoy aquí para reflejar anticipadamente impresiones europeas, y prefiero mencionar dos performances, algo diversas por el asunto, aunque igualmente características y, en el fondo, reveladoras del mismo gusto americano, del mismo «estado de alma». Me refiero á una conferencia del coronel Ingersoll, el famoso libre pensador profesional, y á la recepción del champion Corbett, despues de su reciente victoria internacional en Jacksonville.
Ab Jove principium. La vuelta de Jim Corbett, al día siguiente de dejar hecho unas gachas al pobre champion inglés Mitchell, ha sido una marcha triunfal desde Florida hasta Nueva York—un «¡triunfo de Heliogábalo!» exclamaba el New York Herald, esta mañana. El ilustre boxeador venía en tren especial para detenerse en cada punto del trayecto y arengar á las poblaciones entusiastas. Todos los diarios de la Unión traen sendos reportages telegráficos, en que se describe la vida casera del héroe, de la cocina á la alcoba. Esta noche recibe á todo New York en el inmenso hipódromo de Madison-Square Garden, completamente lleno. Aparece al fin en la plataforma circular, donde debe dar una «repetición» de su último match, haciendo de unglorious Mitchell un simple aficionado. Jim es un gran diablo flaco, todo nervios y tendones, con cara lampiña y mirada de tigre, sin la belleza animal ni la apariencia de fuerza del ex champion Sullivan; viste calzón y camiseta obscuros, lo que acentúa aún su apariencia mefistofélica. Á raíz de una entusiasta ovación, el público, naturalmente, le pide un pequeño speech; balbucea algunos clichés con voz delgada y gesticulación de pugilista, y luego entra á representar. La esgrima del boxing es una simplificación de la del Bourgeois gentilhomme: no se trata siquiera de dar sin recibir, pues uno y otro adversario dan y reciben. Lo que asegura el triunfo es la resistencia; fuera de tres ó cuatro golpes terribles que el uno procura dar y el otro evitar, lo demás no se cuenta, y aquí mismo Corbett recibe cinco ó seis moquetes sin pestañear. Pero, es match de broma, con guantes rehenchidos: un simulacro tan insípido como una corrida con toros embolados y sin la muerte. En uno y otro caso, sólo el peligro, la sangre es lo que apasiona y estimula la crueldad bestial. El público, tan entusiasta momentos antes, se fastidia en seguida y nos escurrimos casi todos en medio del segundo round.
La conferencia á que aludía tuvo lugar, al día siguiente, en Broadway Theatre; pero en el público, casi tan numeroso como en Madison Square, casi dominan las señoras, viejas y jóvenes, sueltas ó acompañadas. El ilustre orador está solo en la escena, alto, de pie, en traje de etiqueta, elegante y hermoso á pesar de sus sesenta años, afeitado como un actor, combando el pecho robusto y de aspecto mucho más atlético que Jim Corbett. Acerco ambas celebridades porque el coronel Robert Ingersoll es otro champion, tan notable y oficialmente reconocido como el otro: el campeón de la oratoria racionalista; y tan es así, que suelen organizarse matches con apuestas—una tuvo lugar en el Nineteenth Century Club—entre Ingersoll y cualquier ministro protestante dispuesto á take the bet. Tiene aprendidos y publicados cuatro ó cinco discursos, mechados de lugares comunes y bufonadas yankees, que transporta hace veinte años de ciudad en ciudad, como Mark Twain su Jumping Frog: ello se titula los «Errores de Moisés»; y con esa vulgar parodia de la Biblia, Robbie tiene asegurados cuarenta mil dollars de renta y vive en la Fifth Avenue. Esta noche se trata, como siempre, de Some mistakes of Moses. Llego para asistir á la triunfal peroración que levanta una ovación entusiasta. Es una rapsodia de bajísima ley, en que la crasa ignorancia supera la grosería del charlatanismo, la necia risotada del esprit fort de aldea que reprocha á la Biblia no ser un tratado de física y de derecho constitucional. Luego, según la moda yankee, la letanía de los «rivales» de Moisés se prolonga interminablemente, grotesca y extravagante, desde Cavalieri «que casi completó la ciencia de las matemáticas», y Franklin, Morse y Trevethick, «pioneers of progress», hasta Esquilo, Burns y ... Béranger «the poets of the world!!» ... ¡Inspirado por Dios, Moisés, que no conoció el diámetro ni el peso de Neptuno, ni siquiera tenía idea del tamaño del sol (any idea of the size of the sun), ni acaso sospechara el sistema de Copérnico!... etc.» Una de las gracias que arrancan carcajadas inextinguibles á las mujeres consiste en llamar á Moisés, cada cinco minutos, that inspired gentleman: este aticismo es simplemente irresistible. Pero recita su boniment con voz sonora, exuberante gesticulación, muecas y guiñadas de monologuista profesional: es el Barnum del libre pensamiento.
Y entre los aplausos de la concurrencia, procuro figurarme el estado mental, no sólo de los snobs de uno y otro sexo que han pagado cuatro dollars para escuchar y aplaudir esas facecias de clown envejecido, ¡sino de la prensa que saluda invariablemente al «gran pensador», al greatest living orator de América! Bajo las diferencias superficiales se llega aquí á tocar nuevamente la capa profunda, la misma tosca popular en que hace medio siglo se asentaba el grosero mormonismo: el incrédulo Robbie corre parejas con el crédulo Joe, y esta exégesis vale exactamente tanto como ese misticismo.—Y me convenzo más y más de que, respecto del pensamiento puro, del concepto del arte y de la ciencia, del puro gusto estético, de la nobleza del espíritu y la delicadeza del alma, de todo lo que constituye la civilización y da su alto precio á la vida, estos «hijos de Tubalcaín» difieren por esencia de los hijos de Seth, y que, entre esta América que abandono sin melancolía y aquella vieja Europa adonde voy, con la tristeza de volverla á dejar en pocos días, se extiende un abismo moral tan ancho y hondo como el Atlántico.