Si con nosotros se contuvieron de algun ultraje personal, fué porque velaban en nuestra seguridad el viejo cacique Lincon y el cacique Ranquel Quirusepe, á quien la antigua amistad con el Comisionado le indujo á abandonar su casa, al O de la sierra, con el objeto de hablarle y prestarle los auxilios que su sincera amistad le ofrecia, sirviéndole con sus respetos y crédito para influir en la paz con los disidentes. No habia acudido con su gente, porque ninguno de su tribu lo habia hecho: pero su opinion era conocida. Vino acompañado con su muger è hijos, y estos fueron obsequiados por la Comision del mejor modo posible: desde el 2 hasta el 6 inclusive nos acompañó, y a nuestra despedida se retiró con su familia, ofreciendo á la Comision algunos indios de su tribu que la custodiasen hasta las fronteras. Este hombre singular, y talvez el mas racional entre todos los que habitan este pais, ha estado infinitas veces en esta ciudad: su génio, carácter y amabilidad lo hacen apreciable y digno de habitar en otra sociedad mas ilustrada. Se viste como cualquier otro hombre; su figura y fisonomia no indican que es indígena, sino un paisano decente: al mismo tiempe que su ceño es amable, es tambien respetable; su rango es cacique de los principales Ranqueles, compañero del célebre Quintileu que fué asesinado por sus compañeros por haber coadyuvado á las empresas de Carreras, cuando este se refugió bajo de su proteccion, y demoró algun tiempo en la Sierra de la Ventana. Este amable sujeto jamas ha invadido, ni menos prestado su [{138}] consentimiento y auxilios á sus compañeros, que constantemente lo han hecho.
Con rumbo ENE rompimos la marcha, y con él hicimos las 4-½ leguas hasta los toldos del cacique Lincon, en donde hicimos alto á las 7 de la noche. Nos acampamos en el lugar anterior, y pasamos la noche con tranquilidad[46].
Permanecimos en este punto desde el 6 hasta el 15. Daremos las causas de esta demora y demas sucesos.
El 7[47] estuvimos aguardando al intérprete de la Comision, que el cacique Neclueque se habia llevado consigo para tratar particularmente con él, antes que emprendiésemos la retirada. La Comision obsequió al desinteresado viejo hospedario, para afianzar mas su amistad: aunque no habia necesidad de hacerle presente, porque su opinion era bastante conocida por la Comision, pues le habia dado pruebas que la confirmaban en el buen concepto que siempre habia formada de él.
Repetimos la observacion de la variacion de la aguja y la latitud del lugar, porque hubo proporcion de hacerla: la primera resultó 18° 55' 25", mayor que la observada en la sierra, y en la latitud, menor: por lo que repetimos lo que aseguramos anteriormente, que las variaciones de la aguja no son constantes; que en menos latitud es mayor que cuando esta se aumenta, y vice-versa: aunque la práctica de otras muchas observadas nos habia manifestado lo contrario, que, cuanto mas se aumenta de latitud, tanto mayor es la variacion; pero el caso anterior nos manifiesta lo contrario, y lo mismo otras observaciones.
En el establecimiento de Rio Negro la variacion es 17' en la latitud de 41°, y en la Sierra de la Ventana es 18' 30", en los 37° 50', lo que prueba la razon anterior.
La latitud resultó[48] de 37° 43' 12" austral, y 15' 1" de longitud occidental del meridiano de Buenos Aires.
El dia 8[49] aun no habia llegado el intérprete para marchar. En la retirada debiamos confereciar con el cacique Aveuné sobre la respuesta que quedó en dar á la Comision á su vuelta, sobre las cautivas que tenia en su poder: aunque creiamos que la contestacion seria la mísma que dió el cacique Neclueque (que fuè ninguna), despues que se ofreció hacerlo el dia que se trató sobre el particular. Su objeto sabiamos que era desentenderse de tratar este punto definitivamente, no entregarlas legítimamente por medio del pacto, sino por su contingente correspondiente. Tenemos á la vista la razon de las cantidades que han pedido por el rescato de mugeres é hijos: ellas ascienden á 400 y 600 pesos (al que mas favor le hicieron), no precisamente en dinero, sino en varios artìculos que hacen un contingente igual á aquella suma. Estos y otros infelices aldeanos y labradores de la campaña, que han visto la precisa condicion que se les pone para conseguir sus familias, han perdido la esperanza de rescatarlas.
Los que nos acompañaban, desesperados igualmente de no haber conseguido sus deudos en la segunda conferencia, en donde creyeron que el cacique contratante operase de un modo análogo á los principios que habia manifestado, porque lo creyeron de buena fé, trataban talvez de sacrificar su existencia, antes que dar vuelta y dejar en poder de los bárbaros sus caras prendas, objetos de sus afanes, que derramando arroyos de lágrimas, se despedian de sus esposos, rindiendo sus débiles brazos á sus cuellos; y pronunciaban el postrer adios, quedando desmayadas en el suelo: los hijos abrazados de sus padres, era preciso que sus verdugos los arrancasen de sus brazos, para prolongar su cautiverio, en donde recibian todo género de vejaciones y mal trato. Era un cuadro lastimoso el que presentaban estos infelices al darse el ultimo adios. ¡Cuantas escenas se nos presentaron muchas veces, á las que no pudimos menos que rendirles el justo tributo que la naturaleza prescribe á la sensibilidad de los hombres! ¿Cuan aflictivos momentos, por nuestra desgracia, presenciamos, al ver esclavizada por la poblacion indígena á la usurpada en la nuestra? Jóvenes hermosas de 15 á 20 años de edad, mugeres ancianas de 40 á 50, y criaturas de ambos sexos de dos á ocho años: las primeras arrastrando su hermosura é inocencia en miserables gergas, que por todo socorro les daban sus opresores, á quienes servian de esclavas en los serrallos [50]. Las segundas, despreciadas por su vejez, servian en el interior de las inmundas habitaciones de sus señores, y eran tratadas con mas rigor. La tercera clase era tratada del mismo modo: los muy jovencitos olvidaban su idioma natal, y aprendian el que le enseñaban en su nueva educacion, sirviendo de esclavos á sus amos, y las jovencitas, á las mugeres de sus señores, hasta que se hallasen en edad de aumentar el número de aquellas.
El 9[51] aun no parecia el intérprete: teniamos todo preparado para marchar, y habiamos desistido de tener entrevista con ningun cacique; aguardabamos solamente la oportunidad de marchar, evitando toda demora, pues que no haciamos mas que perder el tiempo inutilmente. Pero parecia que no solamente se empeñaban en conseguirlo, sino en que recibiesemos peores ratos aun que los que hasta entonces nos habian mortificado.