Yo concibo el invierno en esta capital de la Mancha. Nada me importan las pulmonías, ni los demás inconvenientes de la inclemencia del vecino Guadarrama.—Abrígase uno lo mejor que puede; permanece en la cama arropadito hasta que se pone el sol, esto es, hasta las tres de la tarde; envuélvese en la capa ó abotónase el gaban, y échase á la calle en busca de pajaritas de las nieves...

(Así llamo yo á todas las madrileñas, á causa del valor impertérrito con que arrostran los cuatro y los seis grados bajo cero, con tal de lucir en el Prado ó en el Retiro una capota nueva ó un manguito recien llegado de París, cuando no las botas y hasta las medias.)

A las cinco sube uno por la calle de Alcalá, soplándose las puntas de los dedos, en busca del café ó del Casino, donde le aguarda una compacta y animada concurrencia que pregunta á cada momento:—¿Qué hay?

Y hay mucho.—Hay el baile que se espera, la cena de la noche anterior en un baile de máscaras, las intrigas amorosas que sorprendieron los desocupados, lo que ha pasado entre bastidores en el Congreso, la ópera nueva, la claque y la contra-claque, Fulano que ha llegado (porque en este tiempo todos llegan, ninguno se va), lo que le pasa á Zutano, el desafío en ciernes, el libro que acaba de publicarse, la reunión literaria á que se asistió, la tertulia de la marquesa, las ostras que recibió Farrugia, la bailarina que va á debutar, la quiebra de tal banquero, la boda proyectada, el suicidio de vuestro amigo, la mozuela de moda, los anuncios de guerra europea, la joven que se escapó con su amante; el caudal que perengano ha dejado al morirse; la perdurable crisis ministerial que resulta de tanta vida, de tanta animación; el periódico que dice esto; la proclama que añade lo otro; la Gaceta que se calla; el diputado que anuncia: ¡Verán Vds. mañana!...; el literato que recita su última sátira contra las instituciones...—¡Oh! es una vida magnífica...: vida febril, artificial, necia si quereis; pero que mata las horas, ocupa la imaginación y distrae el hambre canina del espíritu más soñador y melancólico.—A las ocho la fonda;—á las nueve el teatro;—á las doce la tertulia, el té, la buena conversación en torno de la chimenea;—á las dos el tête á tête con la dueña de la casa en que tenéis el privilegio de quedaros rezagado;—á las tres la última vuelta por el Casino, el chocolate final, salpimentado con la noticia fresca, con lo que mañana no traerán aún los periódicos, con lo que se acaba de ver ú oir en Palacio, en el ministerio ó en el baile de la embajada;—y, en fín, á las cuatro, á casa, á leer La Época, á escribir dos ó tres cartas y á dormir el dulcísimo sueño del invierno.

Repito que concibo esta vida en Madrid.—Pero ¡la vida del verano!...—¡No volveré á pasar otro bajo la tutela de San Isidro, mientras no traigan el Lozoya!

¡Qué calor! ¡qué polvo! ¡qué fetidez!—Ni un arbol, ni una flor, ni un chorro de agua, ni un pájaro, ni la sombra de una peña..., nada que solace los sentidos!—Los teatros, cerrados ó convertidos en baños rusos, llenos de pretendientes, y dando las funciones sobrantes de la temporada: los cafés..., desanimadísimos; como que se va á ellos á refrescar y á descansar, no á agitarse y divertirse: las tertulias..., suspensas: el Gobierno, aletargado; las mujeres de primera fuerza, en Biarritz; las personas que más se aman y se necesitan, hablándose á tres pasos de distancia, á fín de no derretirse mútuamente; el Prado, hirviendo en un gentío que se queja del mal día que ha pasado y busca en un paseo de trescientos metros frescura y espansión para diez mil pulmones; el tabaco, que reseca; el vino, que estraga; la comida, que sienta mal; el amor, que está vedado en los meses sin r; la cama, que brinda con una vigilia espantosa; y no más baños que el río Manzanares ó un pilón del tamaño de un ataud!...—Tal es el cuadro del estío madrileño.—¡Oh! ¡Qué diferencia entre este verano y el verano que yo pudiera pasar, si no fuera por lo que no es!

Cuando esta noche, sentado en el Prado, esperaba la llegada de una brisa respirable, levanté los ojos al cielo; y, al verlo cuajado de estrellas, recordé las noches pasadas en el campo, bajo los árboles, sin otra luz que la de la luna, al lado de personas queridas, oyendo el rumor melancólico del agua y respirando un ambiente cargado de esencias de tomillo y de romero.

—¡Felices (dije) los que están así en este momento, descansando de la campaña del invierno pasado, y disponiéndose para la del invierno futuro!

Creí entonces oir dulces y apacibles pláticas, cantos divinos, aprendidos de labios de la Gazzaniga ó de la Didié desde la butaca de un teatro, y regalados suspiros de amor, nuncios de matrimonios venideros...

Luego se trasladó mi imaginación á la orilla del mar..., y allí estaba también la luna, rielando en las soñolientas olas, que murmuraban bendiciones bajo las caricias del cielo.—Allí mis amigos, mis contertulios, mis madrileñas del alma, se aprestaban á entrar en un bote para dar un paseo veneciano.—Y oí la barcarola improvisada, y el golpe de los remos, y el canto lejano del pescador, y el alerta de los centinelas tendidos por el muelle, y el pito del carabinero de mar, que corría por la costa, tomándolos por contrabandistas...