O bien me imaginé un baile improvisado en una Casa de Baños, donde todos se desconocen, donde brotan tan súbitas y ardientes las simpatías; donde cada cual es distinguido por su buena educación, por su gracia, por su figura, por su caridad, por su elegancia, por todo menos por su nombre.

Si pensaba en Andalucía, oía la patética rondeña y la tristísima caña, que con sus interminables cadencias traen á la imaginación los páramos infinitos de los desiertos de Africa.—Si en Aragón ó Valencia, creía escuchar la bulliciosa jota, enérgica, brusca y apasionada, como aquellos pueblos indómitos, valientes y amantes de su clásica tierra.—Si en Galicia ó las provincias Vascongadas, escuché aquella inefable melodía de los pueblos montañeses, triste y alegre como la alborada después de la tempestad; melodía que llora y ríe á un mismo tiempo, y que es igual en Cantabria que en Suiza, en el Cáucaso que en los Drofines.

Tal soñé por dos cuartos que me costó sentarme en una silla desvencijada del Ayuntamiento.—Alamedas, campiñas, bosques, ríos, lagos, estanques, parras pomposas y aristocráticos lechos de jazmines, todo pasó ante mi vista en variada confusión, mientras que los chicos y las mujeres gritaban en torno mío: ¡Agua, merengues y azucarillos, agua!—¡Fósforos y cerillas!

VI.
MÁS DELICIAS DE MADRID.—UN PASEO MATINAL.

Sábado 24 de Julio.

Esta mañana me levanté á las seis.

El sol, que había madrugado mucho más que yo, llevaba ya hora y cuarto de trabajar en su oficina.

Hallé, pues, la tierra perfectamente caldeada, sin que esto sea decir que se hubiese enfriado durante la noche anterior.

Fuí al Retiro en busca de frescura; pero aquellos raquíticos árboles no llegaron á darme sombra. Me acerqué al estanque para recrear mis calcinados ojos con la contemplación del agua, y el olor á peces muertos me hizo retroceder más que á prisa.

—¡Basta por hoy de placeres del campo! me dije.