Y tomé el camino de mi casa.

Como era tan temprano, los barrenderos estaban haciendo de las suyas en las calles y plazas de la capital.—En cambio, de trecho en trecho, había sobre la acera un charco de agua infecta ó de otra cosa peor.

Era, cuando menos, que algún honrado vecino, para cumplir con la orden del Ayuntamiento, que manda regar las calles dos veces al día por cabeza, había vaciado allí una aljofaina de espuma de jabón, después de hacer las abluciones matinales.

Las burras de la leche, que siempre me recuerdan el cuadro de la Caridad romana, volvían al hogar doméstico, después de haber restaurado pulmones y bronquios en los cuatro ángulos de la villa de Felipe II (suponiendo que esta villa tenga la forma cuadrangular).

Montañesas, gallegas, asturianas y demás variedades del bello sexo macizo, conferenciaban sobre economía culinaria en las avenidas de los mercados.

Derribaba, en fín, por su parte casas viejas el gremio de albañiles, sin consideración á la hora ni á las circunstancias de las calles, poblando la atmósfera de nubes de polvo, portadoras á veces de granizos de un tamaño más que regular.

Agréguense dos ó tres mil coches de alquiler que ya estaban en movimiento; las tiendas nómades establecidas al paso del transeunte; los carros de yeso y de ladrillo, andando como dicen que andan las tortugas; los treinta grados de calor que ya marcaba el termómetro á la sombra; los relojes, dando cada uno la hora que se le antojaba; el ruido de los talleres; las tropas que, á lo mejor, se atravesaban en la embocadura de una calle, obligándole á uno á presenciar el desfile..., y se formará idea de las delicias de un amanecer de la corte, de una mañanita de verano de esas que cantan los poetas sentimentales, de lo que es, por último, la hora más soportable de las quince que permanece ahora el sol en nuestro horizonte.

VII.
CARACTERES DE UN DOMINGO.—SOBRE LOS MARIANOS.—LA VIDA EN ABREVIATURA.

Domingo 25 de Julio.

Esta mañana abrí el Calendario de Castilla la Nueva, y leí estas palabras: