Tengo hecho el equipaje, la carta de vecindad en el bolsillo, la bolsa de viaje pendiente del cuello, el dinero... donde yo me sé, las pistolas en la faltriquera, un guante puesto y el otro quitado, el libro de memorias debajo del brazo izquierdo, el mapa de Europa en la mano derecha, cuartos para los pobres en el bolsillo del pantalón, cartas de recomendación... no las quiero ni las necesito; provisiones de boca en un cesto muy grande, pasaporte para el extranjero en la cartera, espolines en su estuche, y agujeros para ellos en las botas.—Nada me falta: puedo marchar inmediatamente...

Pero ¿á dónde? (vuelvo á preguntarme). Cómo? ¿En qué forma? ¿Hasta cuándo? ¿Para qué?

Pláceme mucho hacer cosas nuevas; de modo que, por mi gusto, este viaje, que emprendo en busca de árboles, de frescura y de agua en qué meter el cuerpo, lo llevaría á cabo, si pudiera, de un modo raro y extraordinario.

Recapitulemos, á ver si doy con algo original.

Yo he viajado ya en barco de vela,
en barco de vapor,
y en barco de remo...

Por consiguiente, no es cosa de embarcarme en el Canal de Manzanares.

Tambien he viajado en ferro-carril,
en diligencia,
en posta,
en coche particular..., ajeno,
á caballo,
en galera,
en calesa,
en carro de bueyes,
en mula,
y en asno.

(De todo lo cual me alegro mucho, yo el editor de el Diario de un Madrileño, porque, escribiendo así, en parrafitos tan cortos, cunden mucho los artículos literarios).

He patinado y andado en trineo.

He sido llevado á cuestas para pasar algunos ríos.