(De este todavía digo lo mismo que del anterior).

¿De cuál de estas maneras emprenderé mi viaje?

De ninguna.

Recurramos, pues, á lo ya conocido.

Me marcho en diligencia.

El dónde no lo sé; pero ello dirá. Por lo pronto me dirijo al Norte, cosa muy natural en quien busca fresco.—Mañana á estas horas estaré en Valladolid.

No siento pena por lo que dejo en la corte. Tengo la seguridad de que, yéndome, no me privo absolutamente de nada agradable. De aquí al otoño, que pienso volver, todo seguirá como se encuentra hoy,—dormido, asfixiado, muerto, y enterrado en polvo por añadidura.

¡Dios mío, que me salgan ladrones; que volquemos; que encuentre alguna compañera de viaje muy bonita; que pasemos hambres y tormentas!—¡Emociones, Dios mío, emociones á toda costa!

¡Conque esto es hecho!—¡Adios, Madrid! Te dejo ensayando zarzuelas y discursos parlamentarios; disponiéndote á levantar la Puerta del Sol y á reunir un nuevo Congreso de diputados; esperando la del cielo, esto es, agua llovediza que temple el rigor de tu caliginoso ambiente, y confiando en la venida del Lozoya y de una buena compañía de ópera italiana.—¡Que Dios escuche tus votos!

¡Adios, noches del Prado, tardes de la Fuente Castellana, mañanas del Retiro! ¡Adios, sol de la Mancha, luna de Julio, horchata de chufas, pretendientes que concurrís á los cafés, bailes del Tíboli, baños del ex-Manzanares!—¡Hasta las Ferias, si el tiempo lo permite!