Tanto correr por esos caminos, los billetes del correo y de la diligencia tomados con anticipación, la confluencia espantosa de viajeros que vió Madrid á fines de Setiembre, la actividad que se notaba en el comercio y en casa de los sastres y modistas, los encargos hechos por telégrafo, las mil disputas en las aduanas, aquel afán porque todo estuviese concluido y por hallarse todos presentes en la corte para un día fijo, para un día dado, para el 1º de Octubre, no significaba otra cosa (puerilidad parece, pero apelamos á la conciencia de cada uno) sino que en ese día se inauguraba la temporada del Teatro Real.
Y, pues el Teatro Real abrió ya sus puertas, dicho se está que ha principiado un nuevo año madrileño.
Esto que digo no es opinión exclusivamente mía, sino proverbio ya, que corre de boca en boca: «hasta que se abre el Teatro Real, Madrid no es Madrid.»
En vano es que deje de hacer calor; que truene y que llueva; que se abran otros teatros; que se haga la vendimia; que aparezcan algunos abrigos; que dé la oración á las seis y media; que se cuajen de noticias los periódicos; que empiecen ó acaben las ferias; que vengan los estudiantes y los pretendientes; que se caigan las hojas de los árboles, y que el Prado, el Casino y los salones estén llenos de gente...—Parece que hay un convenio tácito en no dar importancia á estos hechos hasta que se entra oficialmente en Madrid; esto es, hasta que se aparece en el Teatro Real.
Esta es la gran cita, el gran congreso, la hora solemne en que se toma posesión del cargo de madrileño y se abre la legislatura de la sociedad elegante.—Después de esta sesión inaugural, ya puede uno decir en voz alta que ha llegado. Ya recibe: ya visita: ya está en la corte.—Decirlo antes, fuera exponerse á hacer sospechar que no se ha salido, y esto es imperdonable.
Por lo demás, la apertura del regio coliseo ha sido este año tan solemne como de costumbre.
Desde ocho días antes no se encontraba un billete ni por un ojo de la cara, y la Contaduría y la casa del empresario hallábanse sitiadas por filarmónicos de ambos sexos que mendigaban hasta una delantera de palco.
¡Tratábase de la Traviata, ópera popular como pocas, que tiene el privilegio de sacar de sus palacios y de sus casillas (entiéndase buhardillas) á los habitantes de Madrid, sobre todo á las señoras de medio pelo!
A las siete de la noche, ya batían las puertas del suntuoso teatro las oleadas de la muchedumbre, que, habiendo de conquistar su asiento por derecho de prioridad, se disponía á subir de seis en seis los doscientos escalones que conducen al paraiso.
A las ocho, esta marea creciente había ya inundado aquel sotabanco del templo de la música; y rugía, silbaba, reñía, gritaba ¡sentarse!, reía, golpeaba en la madera y palmoteaba á compás, como en la plaza de toros, mientras que la orquesta templaba y concertaba los instrumentos...