Ya se había calmado esta tempestad de amor y lágrimas en que zozobro, y mi cabeza reposaba tranquila en el regazo de la paciencia, ceñida con las flores melancólicas de los últimos y verdaderos amores.

¡Yo era ya un esposo, un padre, el jefe de una casa, de una familia!

El fuego de un hogar desconocido ha brillado á lo lejos, y á su vacilante luz he visto á unos seres extraños que me han hecho palpitar de orgullo.

¡Eran mis hijos!...

Entonces he llorado...

Y he cerrado los ojos para seguir viendo aquella claridad rojiza, aquella profética aparición, aquellos seres que no han nacido...

La tumba estaba ya muy próxima... Mis cabellos blanqueaban...

Pero ¿qué importaba ya? ¿No dejaba la mitad de mi alma en la madre de mis hijos? ¿No dejaba la mitad de mi vida en aquellos hijos de mi amor?

¡Ay! en vano quise reconocer á la esposa que compartía allí conmigo el anochecer de la existencia...

La futura compañera que Dios me tenga destinada, esa desconocida de mi porvenir, me volvía la espalda en aquel momento...