Y figúrase ver á la amada doliente y valerosa de quien acabará de separarse su amigo y que habrá sido la causa de que tarde algunos minutos en acudir á la cita: oye el último adios confundido con el último beso: vé la solemne tranquilidad de aquella despedida, en que la palabra honor habrá contenido los ruegos y el llanto en el fondo de dos almas: cree escuchar, en fín, estas supremas frases, con que la heróica mujer acompañaba el regalo de su pañuelo:—«Toma... para la primera cura...»
¡Ah! ¿Principiáis ya á comprender toda la importancia del pañuelo? ¿Creéis todavía que es justo llamarle mouchoir?
¡Ese mouchoir, ese moquero, será en el desafío una mujer en persona, una mujer á quien ni su sexo ni su posición permiten restañar la sangre de su amado en el campo de batalla, ni tampoco verlo durante toda la curación! ¡Ese pañuelo será ella, algo de ella que impedirá que el alma se escape por la herida; que hará, en fín, lo que ella quisiera hacer con sus manos, con sus labios, con sus cabellos!
Y si desgraciadamente muere el amante, aquel pañuelo será..., no ya ella, sino él; ¡él, su sangre, su cuerpo, su vida, su muerte, toda una ignorada historia de amores, el secreto de una mujer, el epílogo de un drama, el testamento de una pasión,—que dormirá primero bajo su almohada; luego irá con ella al teatro; después asistirá á los bailes, oculto entre blondas y flores en un hueco del corsé; en seguida ocupará una cajita de palo de rosa; y, por último, pasará á manos de otro hombre, que lo mandará lavar..., como prueba de que Artemisa ha olvidado á Mauseolo!!!
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Mudemos la decoración; que no siempre el teatro representa un cementerio.
Demos que sois Sultán de Constantinopla.
¿Quién á los quince años no ha deseado serlo?—A los veinticinco ya es diferente.
Cien odaliscas os rodean... Arrojáis vuestro pañuelo..., y lo recoge una hija de la Georgia.
¡Cátala sultana!