Pero arde la guerra; cogen prisionero á un anciano; el anciano insulta al Gran Turco; el Gran Turco lo condena á la horca; no se halla una cuerda á mano, y lo ahorcan con un pañuelo... ¡con el mismo pañuelo que convirtió á la odalisca en Sultana!

Así las cosas (¡qué horror!), se descubre que el prisionero ahorcado era padre de esta gran señora...

¡Franceses! ¡ved ahí un mouchoir que ha estrangulado á su suegro!

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Y basta ya de infieles: volvamos á la cristiandad.

¿Cuál será el hombre insensible que, por más que se haya prendado de la filosofía escéptica, leyendo v. gr. María ó la hija de un jornalero, por Ayguals de Izco; si entra en un templo católico (¿á qué diré yo?...) á tomar el fresco, y se encuentra con que es día de la Asunción y con que ha principiado la solemne Misa, no se detenga una media hora..., siquiera sea por el mero placer de oir la música de la capilla?

Y, una vez atento al sagrado rito; aunque nuestro filarmónico volteriano sepa también de memoria las Ruinas de Palmira, ¿quién os dice que, al ver al anciano sacerdote cubierto de oro y pedrería, arrodillado al pié de la Cruz, abatiendo la encanecida frente ó alzando con mano trémula el Pan de la Comunión, brindis de alianza entre la eternidad y la vida, entre los cielos y la tierra, no sentirá despertarse en su corazón algo que le hable de la brevedad de la existencia, de la grandeza del universo, de la injusticia de los hombres, del porvenir de nuestra alma inmortal, de las creencias de su infancia, de la existencia de un Dios? ¿Cuál será, cuál puede ser el corazón de piedra que no tiemble, cuando tiemblan simultáneamente la piedra de aquellas bóvedas, aquel pueblo arrodillado que se golpea el pecho, aquellos millares de luces, aquel aire poblado de las religiosas armonías del órgano y del repique triunfal de las campanillas de oro, aquellas nubes de incienso, aquellas voces que cantan, y aquellas lenguas de bronce que, desde la erguida torre del templo, levantan una oración tan poderosa que detiene las nubes en su carrera?

En verdad os digo que nuestro racionalista sacará el pañuelo, como primer síntoma de contrición, y pondrá sobre él la rodilla, diciendo con el profeta: Cor mundum crea in me, Deus...

Pero es lo malo que hoy casi nadie sabe latín.

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