Y la niña espera entre tanto..., y tanto espera, que de todos modos llegáis á tiempo...
¡Ah... jóvenes! ¡Con pañuelo y todo, no merecéis los ratos que hacéis pasar!
En cambio, los pasáis bien tristes.
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Y, á propósito: ¿Habéis llorado alguna vez á solas? ¿Os habéis perdido en ese desierto de veinte palmos, muy más desconsolado que las arenas del Zahara, y llamado á pesar de todo Casa de huéspedes? ¿Habéis luchado á brazo partido con la sociedad, con las necesidades de la vida, con una ambición sin objeto, con un amor sin esperanza y con la dueña del establecimiento? ¿Os habéis convencido, al cabo de muchos días de prueba, de que el patrón es enemigo de su huésped, de que el pupilero está en abierta lid con su pupilo? ¿Sabéis lo que es esa lucha á muerte, en que vuestro antagonista ruega á Dios que enferméis, á fín de que no comáis? ¿Os han llamado alguna vez El de la sala... El del gabinete... El número 18? ¿Habéis estado solo en una casa habitada por cien inquilinos; solo, como el enterrador que se pasea por un cementerio? ¿Os han despedazado como al tártaro que amarran á cuatro potros salvajes, el deber por un lado, la pasión por el otro, la ira y la generosidad arrastrandoos en opuesto sentido? ¿Habéis echado de menos en esas horas de amargura á la mujer que ofendisteis, á los padres que abandonasteis y á los amigos que colmasteis de favores, alejándolos así para siempre de vuestra antesala? ¿Os habéis arrepentido entonces del bién que hicisteis, del mal que dejasteis de hacer, de no haber seguido engañando á la una, de no haber adulado al otro, de haber guardado, en fín, consideraciones á un mundo que tan ingrato os abandona en vuestro dolor?
¿Sabéis, sabéis lo que es llorar á solas?
Mas ¡qué digo á solas! ¡Esa misma soledad sale á vuestro camino, como la Verónica salió al encuentro de Cristo en la calle de la Amargura, y os pone un lienzo en la cara para enjugar las lágrimas que la inundan!
Sí; el pañuelo, sólo el pañuelo, viene entonces á consolaros. Él seca vuestro lloro, él sofoca vuestros gritos; él guarda (como nadie lo guardaría en un caso semejante) el secreto de vuestra miseria y debilidad...
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¡Oh!... ¡Bendito sea el pañuelo!